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SURFEANDO PANAMÁ (Primera Ola)

Si Costa rica fué un visto y no visto, Panamá resultó ser todo lo contrario… ¡Cuatro meses fueron!.

Todo empezó en Bocas del Toro, la capital de Isla Colón, un destino idealizado, un punto obligado en nuestro camino. Su arquitectura caribeña de casistas de madera sobre pilotes y su población principalmente negra hacen de Bocas del Toro la Jamaica de Panamá.

Los bocatoreños no son especialmente abiertos, amables o simpáticos. Ignoran bastante a los turistas, a no ser que vean la forma de sacarle dinero, sólo en ese caso empezarán las sonrisas. Hablan su propio idioma, créole panameño, es una mezcla de inglés mal hablado con algunas palabras en español; es ininteligible, no hay dios que se entere de lo que dicen. Claro, que hay tanto chino como negro, porque todos los supermercados son de chinos. A diferencia de España, aquí los chinos contratan locales para trabajar. Los súper son de chinos, las tiendas de muebles de españoles y los hoteles o restaurantes son de europeos o gringos, muchos de ellos judíos. Hay muchísimos judíos en Bocas.

Llegamos a Bocas un día de lluvia. Y al día siguiente llovió, pero en cuanto escampó un poquito nos fuimos a la archiconocida Playa de las Estrellas. Y nos entusiasmamos. Después de tanto aguacero descubrimos una playa estupenda, tranquila, hermosa y con decenas de estrellas de mar.

Y el entusiasmo nos animó a contratar un tour para el día siguiente. Y apenas salíamos rumbo a lo que sería un día fantástico, empezó la lluvia. Y ahí comenzó la pesadilla, cosa que hay que agradecer a nuestro capitán, a quien su dilatada carrera no le permitió ver la que se nos venía encima.  Fueron cuatro horas empapados, calados hasta los huesos, algunos llegando, incluso, a la hipotermia, donde una bolsa de basura cotizaba más que las acciones de Apple (entiéndase que las bolsas eran usadas a modo de chubasquero). Así que tras una dura negociación, a mitad de tour nos regresamos y quedamos emplazados de nuevo para el día siguiente, con la esperanza de encontrar un día soleado y apacible. A pesar de todo, nos reímos bastante y, como anécdota, ahí queda.

Y al día siguiente pudimos completar el tour, que en definitiva es esto:

Avistamiento de delfines
Pudimos vislumbrar apenas un poquito de la espalda de lo que supuestamente eran dos delfines, pero estaban tan lejos que podrían haber sido besugos, o atunes, o vaya usted a saber…

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Snorkeling
Apenas dí la primera zambullida le dije a Alma: “No merece la pena que gastes las lentillas.”

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Almuerzo
Nosotros llevábamos el nuestro, el de a diario: lata de salchichas picantes y lata de sardinas picantes. Algunos comieron langosta, pero al parecer era todo cáscara. Eso pasa por no comprar sardinas, ellos se lo perdieron.

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Camino al restaurante.

Cayo Zapatilla
Reserva natural. Un paraíso donde está prohibido adentrarse por razones de seguridad (los bichejos y esas cosas). Allí se arma la pelotera con todos los demás tours. Fué allí donde se grabó yo no sé qué edición de supervivientes.

Pero para nosotros quedará en el recuerdo por haber presenciado esta maravilla de la naturaleza.

Avistamiento de osos perezosos
Con suerte los ves. Con mucha suerte además se mueven, muuuuy despacio. Eso sí, los verás desde el barco, porque viven en los manglares.

Con tres días en Bocas nos dimos por más que satisfechos y partimos destino a Ciudad de Panamá. Debido a las largas distancias, en el camino hicimos parada en la ciudad de David y allí fuímos recibidos por Hugo, paisano de Albacete, quien ya nos ponía en aviso sobre la forma tan particular de trabajar de la gente de por acá. Por cierto, David no tiene nada interesante, cero, conjunto vacío.

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Con Hugo.

Y llegamos a Panamá City. La ciudad no está mal del todo, tampoco es súper, pero un par de días se pueden pasar por allá. Nosotros estuvimos en feriado, lo que es malo, pues cierran todo, no venden alcohol y todo se vuelve un poco aburrido. Aún así anduvimos para ver la Ciudad Vieja, desde afuera, eso sí, porque el precio se nos antojó prohibitivo para visitar un montón de piedras. Por supuesto, visitamos el Canal, que, la verdad, es que es alucinante. Muy recomendable. Nos comimos un “pescado a lo macho” en el mercado de mariscos y buscamos torneos de póker por todos los casinos de la ciudad. Lástima que no había.

Y mientras debatíamos en el Hotel “Red Room” acerca de la vida y sus más y sus menos, una ola nos hacía volver hacia atrás, teníamos un correo del helpX de Boca Brava:

– ¡Ostia, que nos ha contestado el de Boca Brava!
– ¡Dile que si nos paga el viaje vamos!

Y en un minuto, en menos de un minuto, pasamos de comprar unos billetes a Colombia, a unos de autobús a Horconcitos, a dónde pusimos rumbo para vivir nuestra segunda ola en Panamá.

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SURFEANDO CHIAPAS (Segunda Ola)

Y nos fuímos al que para nosotros sería el último gran Pueblo Mágico que visitaríamos en México. Uno de los que más nos gustó, San Cristóbal de las Casas.

Jaime, nuestro nuevo couchsurfer nos recibió con un día de turisteo a lo grande, que dió para visitar museos, grutas e iglesias en ruinas.

Con esto bastaba para adivinar que en San Cristóbal  nos esperaban muchas emociones. Así que, decididos estábamos a alquilarnos un cuartito por unas semanas cuando Jaime nos dijo:

– Yo no les estoy corriendo, se pueden quedar el tiempo que quieran.

Y nos quedamos.

Además de la belleza arquitectónica de San Cristóbal, nos impresionaron bastante sus habitantes. Sus calles se llenan de color con los ropajes de las etnias de toda la comarca, predominantemente tzotziles (mayas); gran parte de ellos hablan su lengua materna. Es curioso cuando los escuchas hablar y de cuando en cuando se oye alguna palabra en español. Para experimetar esto no hay más que subirse en una combi abarrotada, el único que hablará español serás tú.

Una visita obligada estando en “Sancris” es a San Juan Chamula. Este pueblito es de lo más pintoresco y auténtico. Sus habitantes siguen siendo en su mayoría tzotziles. Lo más atractivo de Chamula es su iglesia, donde aún a día de hoy se mezcla la santería de sacrificio de animales con la religión católica, razón por la cual está prohibida la toma de fotos en el interior de la iglesia. Se intentó, pero Interior iglesia de Chamula.no se pudo. Aunque se puede rescatar alguna de San Google. Se conoce como la “Iglesia de los Santos Gordos“, porque cuando les ponen ropa nueva no les quitan la que llevan ya puesta, y así van engordando. Además de la iglesia, en Chamula hay que visitar su cementerio.

Si algo nos llamaba de Chiapas eran “los zapatistas”, ese movimiento libertario constituido por agricultores e indígenas, que había conseguido dejar al gobierno, al mal gobierno, fuera de juego. Pero el movimiento en estas fechas está un poco aletargado, y aunque resuenan rumores de un nuevo levantamiento, a nosotros nos tocó en hibernación. No había marchas, ni asambleas, ni información, ni nada. Ahora estaban más preocupados peleando los unos con los otros por razones de religión que luchando juntos contra el gobierno vendido a la corrupción, los narcos y las grandes corporaciones. Además, resulta que entrar en terreno zapatista no es ni mucho menos fácil, es más, puede ser bastante peligroso, y es que no quieren a nadie en su territorio, ni gobierno, ni extranjeros, ni nada de nada. Para entrar en un pueblo zapatista hay que pedir permiso, esperar largo rato a ver qué deciden, y entonces, si es que te dejan entrar, te niegan la palabra. No les interesa explicar sus inquietudes políticas. No permiten hacer fotografías.

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Nosotros nos acercamos al pueblo zapatista de Mitzitón. La combi nos dejó en la carretera, y nos encontramos con un pueblo vallado a ambos lados de la misma, ya que los vecinos de uno y otro lado andan a la gresca. Nos limitamos a dar un paseo por el entorno y cuando nos cruzamos con una muchacha le preguntamos si podíamos pasear el pueblo, y ¿cuál fué su respuesta?:

– Si solo van a pasear, sí, siempre y cuando no ….

Siempe y cuando no ¿qué?. ¿Qué otra cosa íbamos a hacer? . Y es que estos zapatistas son bastante cerraos de mollera. No nos sentíamos cómodos y nos volvimos por donde habíamos llegado. Al final sientes lo mismo que cuando entras a USA, eres un puto indeseable en terreno hostil. Así que poco “zapatismo” experimentamos.

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Los llamados “usos y costumbres” están vigentes en los pueblos y comunidades indígenas de Chiapas. Ya los mencionamos en otra entrada. Este sistema está, incluso, por encima del Estado mexicano. Os contamos, a modo de ejemplo:

1 – Si atropellas una gallina te saldrá a precio de oro, ya que habrás de pagar por la gallina muerta lo que estime el granjero, dependiendo de lo buena que fuese la susodicha, pero además, habrás de pagar por toda su posible descendencia, ya sean huevos o pollos. Y si el atropellado es una persona, se han dado casos de linchamientos. Aquí no se andan con tonterías.

2 – Todos los miembros están obligados a ir a las marchas (concentraciones) que se convoquen y vestidos con el atuendo étnico de procedencia.

3 – Los niños y adolescentes tienen que cursar sus estudios en las escuelas de la comunidad. Se dió el caso de un chico que asistía a un colegio estatal y por orden del consejo de su comunidad tuvo que abandonarlo y cursar sus estudios en el colegio de la misma; no le quedó otra opción, pues para continuar en el colegio estatal, éste último debía pagar al consejo una suma considerable de pesos.

4 – El uso horario de estas comunidades no cambia ningún día del año, por lo que existe una diferencia horaria de una hora entre las grandes ciudades de Chiapas y sus pueblitos. Durante 6 meses, aquí son las cinco y a diez minutos son las seis. Ahora vas y lo cascas.

Jaime nos brindó la oportunidad de hacer varias escapadas interesantes y así nos fuímos a la Selva Lacandona. La carretera es de las más pesadas que pueden existir, si  no me equivoco cada 25 metros existía un tope (resalte), por supuesto, sin señalización…

Las primeradas paradas fueron para ver las Cascadas de Agua Azul y la de Misol-Ha. Y por primera vez en el viaje, por no decir en nuestras vidas, llegamos en temporada seca, por lo que los ríos y cascadas lucían un hermoso azul turquesa increíble.

La Selva Lacandoa está poblada por el pueblo maya Lacandón, de ahí su nombre. El día que llegamos al lugar estaba todo el pueblo de reunión. Tristemente. Y digo tristemente porque desde hace poco el gobierno de México ordenó que el pueblo Lacandón fuera evangelizado, y éste y no otro era el motivo de dicha reunión. Parece mentira que eso de la evangelización obligatoria llegue aún a nuestros días; gracias a dios dejaron atrás la espada, pero siempre haciendo uso de medidas cohercitivas. De hecho, hay tanta evangelización últimamente que hasta a los pueblos les están cambiando sus nombres, como es el caso de las actuales Belén y Betania, que no sabemos como se llamaban antes, pero seguro que así no.

Las ruinas arqueológicas de Palenque basta con mencionarlas, porque a pesar de ser unas de las más famosas y visitadas de todo México, a nosotros nos resultarón más, más…; no puedo definirlas. Pero quisiera que os hiciéseis una idea de lo que significan otras ruinas cuando llevas tantas y tantas en el cuerpo, ya dejan de impresionar, es como ir a una playa nudista, los dos primeros cuerpos chocan, impresionan, ponen o avergüenzan, después de poco rato, ya no ves ni a gente desnuda. Pués lo mismo.

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Nuestros últimos días en Chiapas los pasaríamos en Comitán de Domínguez, donde visitaríamos las expectaculares Lagunas de Montebello. Estas lagunas están tan cerca de Guatemala que la frontera cruza por una de ellas. Es divertido cuando las fronteras sólo son unas bollas en el agua, o unos monolitos en el suelo, sin policía de inmigración, cambio de monedas, duty free shops o barreras y vallas. Las lagunas forman parte de un ejido, es decir, son administradas de forma colectiva por los vecinos del lugar, que van rotando periódicamente en sus funciones. Otra forma peculiar de organización comunal que predomina en la zona.

Y el último día de despedida lo dedicamos a las casacadas de El Chiflón, la más famosa de ellas llamada Velo de Novia.

Y éste fué nuestro último spot en México. Sin lugar a dudas, un hermosísimo lugar para llevarse un hermosísimo recuerdo de un país extraordinario.

SURFEANDO CHIAPAS (Primera Ola)

Cuando tienes muchas expectativas sobre un lugar o una persona, o lo que sea, raras veces estas expectativas se ven satisfechas, muy raras veces. Chiapas se convirtió en una de esas raras veces. Para nosotros este estado era como lo más de lo más, lo muy de lo muy de México; tanto habíamos oído hablar de su belleza, de su cultura, de sus gentes, de su zapatismo, que ya llegando nos temíamos una decepción, un “bueno, está bien, pero no es para tanto”. Pero no, definitivamente, Chiapas es la caña de España, la neta del planeta. Tiene tanto que ofrecer…

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“Chiapasiónate” reza el eslogan promocional del estado, y nosotros nos “chiapasionamos”. Primero en Tuxtla Gutiérrez, su capital (Tuxtla significa coneja, y Gutiérrez viene de algún gobernador de por allá). No es que sea una bonita ciudad, y el calor es de lo más sofocante, pero sí es cierto que tiene algo especial. Lo más vendido allí es el Cañón del Sumidero en el río Grijalva, no en vano es la imagen del escudo de Chiapas. A nosotros no nos pareció tan impresionante como nos lo vendieron; nos tocó en temporada seca, por lo cual sin casacadas estaba bastante deslucido. Quizá por eso nos pareció un poco caro.

En cualquier caso, si visitas Tuxtla hay que dar el paseito en barco por allí.  La lancha en cuestión zarpa de Chiapa de Corzo, otro de los Pueblos Mágicos, muy cercano a la capital, en el que pudimos comer los mejores tamales de México, unos tamales de mole con pasas, cortesía de Ricardo, nuestro couchsurfer, que quitaban el hipo.

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Tan bueno estaba el tamal que pa cuando saqué la cámara ya sólo quedaba esto.

De Chiapa de Corzo es originario el traje o vestido de chiapaneca. Algunos afirman que es el más bello de México. También son famosos los Parachicos, danzantes tradicionales. Cuenta la historia que una mujer guatemalteca, o quizá española, una mujer “de maneras y pudientes” veía a su hijo enfermar más y más cada día. Visitó doctores, curanderos y brujos, pero el niño no mejoraba. Álguien le dijo que en Chiapa de Corzo podría encontrar por fin remedio. Y lo encontró. Y se puso recontenta, y lo celebró. Y los habitantes del pueblo celebraron con ella, se pusieron sus mejores vestidos, y máscaras blancas para no desentonar con la piel de la señora. Bailaban y cantaban a su alrededor. Cuando la señora entregaba los regalos a los bailarines en agradecimiento decía: “para el chico”. Hoy se sigue celebrando la festividad, pero sin señora.

La marimba, instrumento musical 100% chiapaneco, es motivo de orgullo, símbolo y referente del estado. Nosotros tuvimos la inmensa suerte de ser atrapados por sus ritmos en el Parque Jardín de la Marimba de Tuxla. Bailamos y gozamos de un excepcional ambiente festivo, de una verbena popular y populosa, donde todos, jóvenes y no tan jóvenes, locales y extranjeros, virtuosos y torpes se hermanan con las melodías cantadas por la marimba.

Y después, extenuados con tanto baile y tanto calor nos refrescamos con la mejor agua de horchata en “La Michoacana”.  No es más que leche de arroz, pero ¡Dios, qué sabor!. Son muy populares en México las aguas frescas: de pepino, de sandía, de tamarindo, de limón, de jamaica… Estas aguas surgieron como contrapartida a la excesiva adicción de la gente por la Coca-Cola y similares. Pero si hay una bebida típica de Chiapas es el pozol, bebida refrescante a base de cacao y maíz, también lo hay blanco (sin cacao). Nosotros tomamos el de cacao y tiene regusto a maíz tostado. No nos apasionó mucho, la verdad.

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Agua de horchata con nieve de tuna (chumbo).

Al poco nos fuimos a San Cristóbal de las Casas. Nos esperaba el último de los Pueblos Mágicos que visitaríamos en México. Quizá el más mágico, es difícil evaluarlo, y las comparaciones son odiosas. Nos esperaba también Jaime, nuestro último couchsurfer mexicano.

SURFEANDO PUEBLA

Puebla está ubicada entre la Ciudad de México y el puerto de Veracruz,  esto hizo que creciese como la espuma; llegó a ser la segunda ciudad en importancia de la Nueva España (así se llamaba México antes de la independencia) .

Nosotros la pasamos sin pena ni gloria. No fué más que una ciudad de tránsito, una parada entre la capital y Oaxaca. Es cierto que es una bonita ciudad, siempre y cuando hablemos del centro histórico, pero ya veníamos un pelín resabiados de arquitectura colonial, de mole poblano y de esas cosas que, por muy de allí que sean, las encuentras por todo México. Para marcar un poco la diferencia cabe decir que sus edificios coloniales destacan por sus fachadas de azulejos y que es fácil encontrar una iglesia justo en frente de otra.

Muy cerquita de Puebla está San Pedro Cholula, otro de los pueblos Mágicos de México. Aquí le bastaron solo seis días al bueno de Hernán Cortés  para aniquilar a la población civil, dignatarios y oficiales. Al parecer, cuenta Cholula con 365 iglesias coincidiendo con los días del año. Nosotros no las visitamos todas. Ni las contamos, de modo que no podemos confirmar el número exacto. Si damos fé de que hay muchas, muchas.

El mayor atractivo de este pueblito es su gran pirámide, especial por la superficie de su base, una de las más grandes que se conocen. Durante mucho tiempo permaneció en el olvido, creyéndose que era una montaña, sobre la cual fué construida la Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios. Cuentan que eran los propios nativos quienes cubrían las pirámides para evitar su destrucción por parte de los nuevos colonizadores, ya que una vez que eran descubiertas las destruían y con sus piedras se edificaban los nuevos edificios coloniales, y las iglesias católicas, por supuesto. Éste fué el caso del Templo de Quetzalcóatl (la serpiente emplumada), que se situaba junto a la Gran Pirámide.

Lo má divertido para nosotros fué el poder recorrer el interior de la Pirámide a través de sus corredores.

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Pero el verdadero motivo que nos trajo hasta aquí no fueron sus ruinas, sino la impresionante vista del volcán Popocatépetl tras la Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios que te venden por doquier. Íbamos a ver esto

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Y nos encontramos con esto.

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Internet es maravilloso, es casi, casi, el mejor compañero de viajes, pero a veces… a veces, no es del todo sincero. Y acabamos el paseo, desilusionaetes, con la visita al Container City, barrio construido a base de contenedores.

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Nos fuímos a Oaxaca.

SURFEANDO MÉXICO DF

Al principio el DF no estaba en nuestros planes, pero la ola nos lanzó hasta allí. Y nos alegramos, y mucho, el Distrito no es una ciudad cualquiera, tiene mucho que ofrecer, muchísimo. De entre las grandes ciudades que hemos visitado hasta ahora, ésta es decididamente de las mejores.

Llegamos por la tarde a casa de Yoshi. Nuestro primer encuentro con un “chilango” (natural del DF) y resulta que es japonés. Cuando menos curioso, ¿verdad?.  Pasamos pues unos días turisteando el DF y aprendiendo cosas del Japón. Lo diré cien millones de veces: el couchsurfing es maravilloso. A los pocos días, quedando aún mucho por ver, nos mudamos con Enrique y Adria, bueno y Alex, que siempre andaba por allí.

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El centro histórico de México DF lo conocimos en un free tour. La verdad es que hay que agradecer a Trip Advisor esta labor. Los free tour son una delicia, especialmente cuando no hay nadie más en el grupo, como fué nuestro caso, y además ¡era el primero en español!. Durante este paseo conversamos, bromeamos y aprendimos un montón de cosas.

Por ejemplo, que la palabra México significa “Ombligo de la Luna” en Náhuatl. Y es que los Aztecas fundaron su capital, la gran ciudad de Mexico-Tenochtitlán, en una isla ubicada en el centro (ombligo) del lago Texcoco (lago de la luna). Aunque hay otras versiones, nosotros nos quedamos con ésta, que fué la que nos contaron.

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Y como resultado de construir sobre lagos y zonas acuíferas es fácil ver suelos desnivelados o incluso “ondulados”, y edificios inclinados. El terremoto del 85 hizo mella en el DF. Muy pocos edificios superan los tres pisos.

También aprendimos que el archiconocido Zócalo, en el mismo centro, es llamado así por una estatua inconclusa de la que sólo se llegaría a construir el zócalo, aunque el zócalo en sí ya no existe. Este nombre se ha generalizado en México para designar el centro de las ciudades.

A finales del siglo XIX y principios del XX México tuvo un presidente por más de treinta años: Porfirio Díaz (el que construyó el susodicho Zócalo). Quizá parezca que esto es un pelín antiguo ya, pero os aseguro que no lo es. Esta figura política aún está en boca de todos los mexicanos, partidarios o detractores. Este hombre hizo muchas cosas por y para México, era un enamorado de Francia y quiso emular a “la ciudad de las luces”, motivo por el cual invirtió mucho esfuerzo, tiempo y dinero en modernizar el país, en especial el DF. Así trajo el teléfono, la red eléctrica y cosas de ese tipo que gustaron mucho. También construyó todo lo construible, siempre con un estilo muy rococó, muy parisino. Pero en su afán de modernismo olvidó a un pueblo castigado por el hambre, dejó a los indígenas sin tierras… y sucedió una enorme crisis económica, social, cultural y política. ¿Os suena? .

Bueno o malo, este presidente fué derrocado mediante un conflicto armado en 1910. Ésta es la revolución que tan famosos hizo a Emiliano Zapata o a Pancho Villa. Con ellos empezó lo que es México hoy en día.

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Pero para conocer la historia de México hay que visitar el Museo Nacional de Antropología. Es alucinante la riqueza etnográfica de este país, actualmente hay como 60 etnias diferentes, con sus respectivos idiomas: Nahuas, Mixtecos, Zapotecos, Mixes, Tzotziles, Tzeltales, Mayos, Mayas…; todos ellos, además de sus lenguas, mantienen costumbres, gastronomía, vestimenta y tradiciones. Un total de 12 millones de indígenas, que ya os podeis imaginar la riqueza que aportan al país. Aunque no lo creáis, hay enormes dosis de racismo por aquí, no todo el mundo quiere a los “indios”, que es como los llaman peyorativamente. Ellos, en cambio, desean que los llamen “nativos”. Y, evidentemente, las instituciones no facilitan la convivencia.

Los Nahuas son descendientes directos de los Aztecas, pero antes estuvieron los Toltecas, y antes los Mayas, y antes los  Teotihuacanos, y antes los Zapotecas, y antes los Olmecas y antes… bueno, algún siberiano despistado cruzó el puente de Beringia (estrecho de Bering). Todas estas culturas se asentaron en diferentes partes de lo que hoy es México, algunas coexistieron, algunas ya estaban extintas y otras en ciernes cuando Cristóbal Colón partía de Huelva. Los Aztecas estaban pegando fuerte, muy fuerte. Era un pueblo guerrero, nada místico. Pero vino el bueno de Hernán y les “pinchó la pelota”. Algún día hablaremos de lo bonito que lo hicieron los españoles cuando se dejaron caer por aquí.

Teotihuacán es la ciudad precolombina de mayor tamaño descubierta hasta la fecha porque, aunque parezca mentira, queda mucho por descubrir, pero el Gobierno no está por la labor de financiar tales trabajos. Teotihuacán es famosa por las piramides del Sol y la Luna, las más altas que se conocen, excluyendo las egipcias. Y cada solsticio de verano cientos de miles de personas vienen a ver el espectáculo de los rayos del sol descendiendo sobre las pirámides y a cargar sus obsidianas para todo el año.

Las gentes cargan las  obsidianas en Teotihuacán y las pilas en el Bosque de Chapultepec, que, para que nos entendamos, es como el Central Park de México. Tiene su laguito, sus museos, sus restaurantes, miles de puestos de comida y bebida, su zoológico, sus fuentes, sus monumentos e, incluso, su castillo. Sí, un castillo que, por lo visto, es el único de América Latina, convertido en Museo Nacional de Historia. Y es que después de independizarse de España, México fué un imperio con su emperador, un imperio muy efímero, apenas de unos pocos años. Maximiliano I de México fué ejecutado en Querétaro  tres años depués de llegar a estas tierras desde Austria. Empezaría entonces la era de otro de los grandes presidentes: Benito Juárez.

Pero lo más significativo del Castillo de Chapultepec es la historia de los “Niños Héroes”, hoy ya deformada y convertida en mito, símbolo patrio de honor y valentía. No en vano en cada pueblo de México hay una calle “Niños Héroes”. Resumiendo bastante: durante la invasión norteamericana a México el castillo era una academia militar y fué tomada por el ejército de Estados Unidos. Durante la batalla cayeron cinco cadetes, uno de ellos, Juan Escutia, se cuenta, que para impedir que el enemigo obtuviera la bandera mexicana se la enrolló en el cuerpo y se lanzó al vació. Parece que la historia no fué así, pero así la cuentan…

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Mural a la entrada del Castillo de Chapultepec, sobre la escalera, justo sobre el techo, en la que se representa a Juan Escutia envuelto en la bandera mexicana el 13 de septiembre de 1847.

También hay en DF un lugar ideal para descargar tensiones y estreses, un lugar ideal para celebrar y, como no, para ponerse pedos: Xochimilco, que significa “el lugar del terreno fértil de flores”. Xochimilco tiene particular importancia por la existencia de las chinampas, testimonio de una antigua técnica agrícola; entre ellas dejaban canales de agua para transportar los alimentos en canoas.  Hoy son populares los paseos en trajineras, y lo más llamativo en el lugar es la Isla de las Muñecas, pero por razones del destino no pudimos ir, solo dió para ver una pequeña réplica.

LLegamos al DF con cierto recelo por la inseguridad que venden, pero no es para tanto; es cierto que apenas entramos en las zonas “densas” o “pesadas”, como las llaman ellos. Cuando estábamos con Enrique y Adria, la parada del metro más cercana era un punto caliente y ellos preferían dar un rodeo para ir por zona segura, pero a nosotros nos valía madre. Nunca tuvimos un problema.

Así como también nos preparábamos para lo peor en cuanto al metro. Se supone que, al menos en hora punta, el metro es impracticable. Qué queréis que os diga, después de Beijing y Shanghai, a nosotros nos pareció de lo más normalito.  Lo que sí resulta muy particular y divertido son los vendedores, vendimias de todo: comida, bebida, helados, alargaderas, medicinas, libros, raseras…, todos con la misma cantinela:

– Traigo paletas de naranja y limón. Cinco pesos le vale, cinco pesos le cuesta.

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Pero ésta es la tónica general en cualquier transporte público, en cualquier calle, en cualquier semáforo… Eso nos gusta, por lo menos la “raza” se puede buscar la vida. En España, ya se sabe, necesitas permisos, licencias, carnet de manipulador de alimentos, pagar autónomos…; no hay dios que pueda salir adelante con tanta normativa estúpida e inservible.

Nos quedaban muchas cosas por ver en el DF, pero decidimos no perpetuarnos allá. Imperaba continuar con la ruta, seguir surfeando este maravilloso mundo. Y cogimos una ola que nos llevó a Puebla.

SURFEANDO TAILANDIA (Primera ola)

No sé si he venido a este país tres veces porque me gusta mucho, o si me gusta mucho porque he venido tres veces, la cuestión es que soy un enamorado de Tailandia.

En esta ocasión tocó entrar por el noreste, cruzando la frontera con Laos. El destino era Kanchanaburi, pero disponíamos de tiempo suficiente para explorar un poquito la Tailandia menos turisteada y disfrutar unos diítas en alguna de sus increíbles playas antes de recluirnos en el Templo del Tigre.

Hemos parado en Ubon Ratchatani, Buriram, Phi Mai, Bangkok y Hua Hin antes de llegar a nuestro destino. Hemos conocido funcionarios, granjeros, masajistas, prostitutas y empresarios, que nos han ayudado a conocer mucho más profundamente la cultura de este país que, por cierto, ahora está tomado por los militares. Las diferencias entre la derecha y la izquierda políticas son brutales, los altercados se venían sucediendo cada vez con más frecuencia en una incansable lucha por el poder. La corrupción es de proporciones magnas y el ejército tomó el poder, por un periodo no superior a un año, dicen ellos, pero nadie les cree. Nadie habla del asunto, ahora nadie quiere tomar partido en política, pero todos quieren que vuelva la democracia.

Pero no os creáis que esto está muy cambiado, apenas se nota, no se ven militares por la calle, ni la presencia policial es “sospechosa”, aunque, para mi desgracia, sí han puesto límites a los horarios nocturnos, los bares cierran antes y el ajetreo que antes había de madrugada ya no existe. De hecho, he tenido que salir corriendo en un par de ocasiones para no tener problemas con la policía, nada grave, pero impensable antes del golpe de estado.

A pesar de todo, las gentes de este país son extraordinarias, quizá es por su condición de budistas, o simplemente por su cultura milenaria, porque nunca han sido colonizados, y eso se nota. Siempre tratan de ayudarnos cuando nos ven perdidos, siempre se interesan por nosotros y tratan de hacernos sentir bien. Hay gilipollas, como en todas partes, pero os aseguro que por aquí están menos generalizados que en España. Nadie se mete en la vida de nadie, no les importa demasiado a qué te dediques, o con quién folles, les da igual que adores a un dios o a otro, o a ninguno, si tienes más o menos dinero les es indiferente, y mucho más en qué te lo gastes. Cuando miran a una persona ven a una persona, y todo lo que acabo de decir es secundario para ellos, por eso nos gustan. Ojo, muchos son pobres, muy pobres, y nosotros, los occidentales, somos su única esperanza de obtener algunas pelas para comer, es fácil entender que eleven los precios para (“timar” ) a los turistas tanto como puedan.

En Ubon no hicimos nada interesante, no es una ciudad muy atractiva, y aprovechamos casi todo el tiempo para buscar couchsurfers en el camino a nuestro destino, playas interesantes que no se desviasen demasiado del trayecto, aprender cuatro palabrejas de Thai, y buscarnos la vida para viajar barato. Hay trenes gratis para los locales y con precios casi simbólicos para los turistas (a veces unos cuantos céntimos); son viejos, lentos, paran en cada estación y no tienen aire acondicionado, sin embargo para nosotros tienen un saborcito muy especial. Apenas encuentras extranjeros y los locales que viajan en ellos son gente humilde y muy auténtica: los niños se acercan a jugar con nosotros, y un vecino de asiento nos sorprende cuando compra galletas de piña y nos las regala, nos avisan cuando hay algo interesante al otro lado de las ventanas (monos por ejemplo), nos cuentan a dónde van y nos preguntan a dónde vamos.

En el tren
En el tren.
¡Que peste!...
¡Qué peste!…

En Buriram estuvimos unos días con Mary y su madre. Fuímos a clase de yoga, al funeral de un pariente (toda una experiencia), a comer a los mejores sitios, al nuevo mercado y al de toda la vida, paseamos por la ciudad y visitamos las ruinas de Phanom Rung National Park.

A casa de Supaporn llegamos después de un tren, dos autobuses y la pickup de un granjero; y es que esta mujer de 70 años nos dió alojamiento en mitad de ninguna parte. Con ella cocinamos, charlamos largo y tendido, y fuímos de compras a la ciudad, lo que implicaba ocho kilómetros en bici hasta la parada del autobús, para ello hicimos acopio de bicis entre sus familiares. Y allí estaban las bicis a la vuelta, sin un sólo candado, y es que en Tailandia no parece que el personal sea amigo de lo ajeno.

Y en tren llegamos a Bangkok. Una extraña sensación nos invadió cuando llegamos a una estación de tren conocida y llena de recuerdos felices. Además nos alojamos en la misma guesthouse de Khao San en la que estuviéramos dos años atrás.
Había llegado el momento de deshacerse, ¡por fin!, de la ropa de invierno que cargamos desde los inicios del viaje. Dejamos algo en las mochilas, por si las moscas, pero enviamos un paquete de ocho kilos a España. ¡Ocho kilos!.
En Bangkok asistiríamos a nuestra primera fiesta de couchsurfers, convocada por un polaco, en la super terraza de un hotel de lujo, donde no pudimos beber ni agua porque los precios eran también de lujo. Nos acompañaron nuestros amigos de Cap Pressa, una parejita de Barna que andan viajando por Asia en bici. Allí conocimos a Bay, un tailandés con quien pasaríamos la velada y cuyas recomendaciones nos llevaron a nuestro siguiente destino: Hua Hin.

Hua Hin es una ciudad costera, no masificada por turistas, pequeña, barata y con una playa bastante aceptable. Nos esperaban unos días de completo relax, comiendo, durmiendo y… comiendo y durmiendo. La guesthouse estaba casi a pie de playa, en el centro del meollo, por lo que al caer la noche yo podía ir caminando a tomar una cerveza sin miedo a perderme. Tuve la suerte de conocer a Tian, una masajista thai con la que forjé una estrecha amistad en muy poco tiempo. No penséis mal, entre nosotros no hubo sexo, ni dinero, sólo unas cuantas partidas de billar, unos cuantos bailes, y unas cuantas horas de conversación que han servido para que vea a las “chicas” de Tailandia desde un prisma mucho más cercano a la realidad.

Ahora estamos en Kanchanaburi, a pocas horas de enclaustrarnos en el Templo del Tigre, a pocas horas de pasar un mes completo sin fumar, sin berber, sin follar y sin cenar. Y es que me he propuesto pasar este mes como un auténtico monje budista, a fin de cuentas es sólo un mes, y no hay mejor manera de entender algo que experimentándolo de lleno.

SURFEANDO LAOS

Pensábamos que cualquier cosa sería mejor que China, pero a Laos llegamos con un poquito de miedo por aquello de poder encontrarnos más de lo mismo. Pero no, en absoluto. Laos es un país auténtico. Hemos encontrado bastante turismo, pero de ése que no chirría los dientes, en su mayoría mochileros, respetuosos con las costumbres, las gentes y la naturaleza del país. No es el mejor destino si lo que buscas es desparrame, fiesta y locura. Aquí se viene a mezclar uno con las gentes de los pueblos, con la jungla, los animales… La vida nocturna es casi inexistente, teniendo en cuenta que vida nocturna se puede considerar de siete de la tarde a doce de la noche. A partir de las diez ya es difícil encontrar nada abierto, pero a las cinco de la mañana empieza la vida.

Hemos visitado Luang Namtha, Oudomxay, Luang Prabhang, Vang Vieng , Vientiane, Champasak y Pakse. Las dos primeras semanas nos acompañaron las lluvias monzónicas, no es que nos importe demasiado que nos llueva, más bien nada, a estas alturas, pero hay que reconocer que se desluce un poquito el viaje. Por otro lado, cuando no llueve hace un calor del copón, y al final no sabe uno si prefiere acabar empapado en agua o empapado en sudor.

Lo ideal por estos lares es hacer trekking, pero a Alma, eso de caminar durante horas por la jungla como que no. Así que lo que hicimos fué explorar pequeñas aldeas, a las que llegábamos por caminos intransitables, comer, o tratar de comer, en lugares inhóspitos donde seguramente ningún guiri había ido a parar jamás.

El couchsurfing en Laos apenas funciona, y los pocos que hay están en la capital, de modo que decidimos intentar nuestra primera experiencia en Helpx, y en Luan Prabhang nos contestaron. Buscamos “La pistoche”, una piscina con bar regentada por Nathalie. Pero para nuestra desgracia no tenía nada interesante que ofrecernos, bueno, algo sí que tenía, el contacto de un tipo canadiense que tenía un resort a media hora de la ciudad.
– ¿Os interesa?
– Síííííí
Dos días después estábamos en Zen Namkhan Boutique Resort, fantástico lugar en mitad de la jungla, para reparar la instalación eléctrica del complejo, traducir su web al castellano, inventariar la lencería del hotel y  hacer todo aquello de lo que fuésemos capaces, eso sí, a ritmo de Laos, tranquilamente, sin prisa pero sin pausa. Era nuestra primera experiencia en Helpx, y también para Luc y para Moon, por lo que al final casi resultó una experiencia de amistad más que de intercambio de “intereses”. Yo, concretamente, encontré en Luc a uno de los míos, y cada tarde nos juntábamos en la mejor cabaña para charlar, “fumar” y beber gintonics. Podíamos haber estado un mes, o un año, o dos…, pero el propósito de este viaje es darle la vuelta al mundo, y cada país tiene su tiempo limitado (por las visas). A la semana nos fuimos. No echaremos de menos a los mosquitos, las hormigas carnívoras, las  superarañas y todo tipo de insectos king size con los que convivimos y compartimos dormitorio. Nunca olvidaremos a San, a Meng, a Monk y todo el staff con el que compartimos momentos deliciosos.

Por el camino, hemos visitado cascadas, templos, junglas, ruinas milenarias, mercados nocturnos y diurnos, y, por supuesto, el rey de Laos, el río Mekong, que lo atraviesa de norte a sur y  resulta impresionante en cada rincón que lo descubres. Hemos pasado un montón de horas en autobuses locales, aunque no hayamos hecho demasiados kilómetros. Hemos dormido en habitaciones de ensueño y en otras frías y tristes, pero en ninguna parte nos hemos encontrado un Meliá, Hilton, Mcdonalds, Starbucks, KFC, Zara, Louis Vuitton o cualquier tipo de corporación transnacional chupasangres. No los tienen y no los necesitan, quizá los conozcan,  incluso álguien los pueda desear, pero he podido ver como consumen sus propios alimentos, manufacturan sus vestidos y son la mar de felices. De la Cocacola no nos libramos.

Y como siempre, hemos conocido gentes alucinantes. Unos pocos españoles se nos han cruzado en el camino y, la verdad, es que todos han sido de lujo. Quizá es porque ya llevamos seis meses viajando, y han sido tantos los “hola y adiós”, que hemos aprendido a vivir intensamente los encuentros, máxime cuando nos une el idioma.

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Me voy de Laos enamorado de Vientiane, la capital, no porque tenga mucho que ver, porque la verdad es que ofrece muy poco en lo que se refiere a interés monumental, museístico, arquitectónico y esas cosas que hacen de las ciudades destinos ineludibles. Me enamoré de su calma, del tráfico lento, de la amabilidad de la gente y de sus noches mágicas. (No tiré ni una sola foto)

Es momento de que os vengais pa Laos, no porque nosotros nos vayamos, sino porque sobre toda su pureza planea la sombra de un imperio capitalista llamado China, porque ya se pueden adivinar vestigios de una industria turística que , ojalá me equivoque, convertirán este bello país en otro prostíbulo del Sudeste Asiático.