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SURFEANDO BRASIL

Entrábamos al país carioca casi de milagro, porque las colas en la aduana de Tabatinga eran insufribles. Embarcamos los últimos en el barco, por lo que el registro, aunque exhaustivo, no llegó a los límites que leímos en internet, aunque volverían a repetirse varias veces más a la llegada a otros puertos. Y como fuímos los últimos, ya no quedaban buenos sitios para colgar la hamaca.

En estos barcos, el viaje se hace en un espacio común donde cada cual cuelga su propia hamaca. Hay que tener cuidado con las cosas, pero el ambiente es agradable y es fácil encontrar locales y viajeros para pasar el rato. Pero eso de navegar el Amazonas suena mucho más romántico y aventurero de lo que en realidad es.  El paisaje es monótono, aunque los atardeceres y las estrellas son espectaculares. La comida no es mala, pero el tercer día ya resulta pesadita. Se pueden avistar delfines, y bajar en cualquier puerto a beber, porque en el barco el alcohol está prohibido. Para nosotros los tres días y sus noches resultaron el escenario perfecto para la lectura.

Son casi 2.000 kms los que separan Tabatinga de Manaos. Para nosotros es el Amazonas, para ellos es el Solimões, que sólo cuando se une al río Negro es puramente Amazonas. Y es ahí, en ese encuentro entre los dos ríos, ya casi llegando a la capital del Estado de la Amazonía de Brasil, cuando ocurre la magia.

La unión de los ríos Solimões y Negro es un verdadero capricho de la naturaleza. El uno es color café con leche, el otro negro (color té negro); el uno transporta sedimentación alcalina, el otro la arrastra ácida; el uno es tibio y lento, el otro es frío y rápido. Aunque sean almas gemelas, el encuentro, con tales diferencias, es harto difícil. Por decenas de kilómetros luchan sin mezclarse, hasta que finalmente se funden dando origen al Amazonas. Pero nosotros no llegaríamos tan lejos.

Bajamos en la recalurosa Manaos, una ciudad que bien podría ser la capital del caos. Y aunque está plantada en el corazón de la selva amazónica, ofrece bastante poco a nivel turístico, y lo que ofrece no está dentro de nuestro interés o bien de nuestro presupuesto.

Las ganas de volver a España se hacían más y más grandes y las ya cercanas fechas navideñas hicieron que nos decidiéramos a volver directamente a casa y dejar Brasil marcado como un enorme e interesante país al que  volver, sin lugar a dudas. Así que nuestra estancia en Manaos estuvo marcada por la compra del vuelo de regreso a España.

Pasamos con Marcel, nuestro couchsurfer, una agradable semana, donde hubo espacio para la compra del vuelo, para experimentar de nuevo con la Ayahuasca y para manifestarse en las calles.

La compra del vuelo resultó harto difícil, hubo que solicitar inclusive ayuda desde España, pero lo conseguimos, y así el día 30 de diciembre volaríamos desde Sao Paulo a España. La sorpresa estaba preparada, llegaríamos la noche del 31 de diciembre gracias a nuetros amigos Koke y Lara.

Nuestro paso por Brasil coincidía con un momento político bastante intenso. Hubo una macromanifestación en todo el país, que sorprendentemente en este caso era para apoyar al Gobierno; la derecha no conforme con el resultado de las elecciones amenazaba con un golpe de estado, pero esta vez ganó la calle por goleada.

Entretanto, tuvimos nuestra ceremonia de Ayahuasca en una comunidad religiosa; aquí lo llaman Daime, por aquello de “daime luz”. Íbamos todo emocionados, pero para Alma no pasó de un ataque de risa y para mí, ná de ná again. Probablemente los cantos en portugués no nos guiaron al trance; y es que el portugués hablado despacito se entiende, pero de corrido no pillas ni jota. Quien sí se fué tres pueblos fué nuestro compañero Marcel. Muy buen cocinero, por cierto.

Y como había que esperar unos diítas más para nuestro vuelo a Sao Paulo, nos fuímos a casa de Stefan, un couchsurfer alemán. Esto fué ya el relax total; la casa para nosotros solos, porque Stefan apenas paraba más que para dormir. Nuestro aire acondicionado, nuestra piscina; rabia nos daba de tener que salir a comprar.

Y llegó el día 24 y pasamos la Nochebuena de aeropuerto en aeropuerto: 3 aviones y cuatro depegues con su cuatro aterrizajes. Nuestra cena de Navidad fueron unas empanadas para Alma y una hamburguesa para mí.

A la llegada al aeropuerto de Sao Paulo estaban esperando nuestros nuevos couchsurfers, Diego y Aline. Nos encantó que vinieran a buscarnos. Con ellos estuvimos el tiempo justo para terminar el Call of Duty, pasar un par de veladas encantadoras y mentalizarnos de la vuelta a casa, una mentalización que casi nos lleva al divorcio porque ya empezábamos a sufrir la crisis que se avecinaba tras dos años outside the system.

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Con Diego y Aline.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SURFEANDO COLOMBIA (Segunda Ola)

Esta vez habíamos reservado plazas con antelación en la cabina de la pickup y en la ruta más corta y más decente, ¡sólo 5 horas!. Cómo cambió el cuento esta vez. Lo más chungo del camino eran los puentes en las quebradas, a base de tablones. Y esta vez pudimos disfrutar del hermoso paisaje verde, constituido en su mayor parte por grandes fincas de ganado, a la par que de los desgarrados temas de “amor y despecho” que la emisora de radio emitía, a los que siguieron temas del archiconocido vallenato colombiano (salsa para los apócrifos en la materia). Pero lo más espectacular del viaje fué la facilidad con la que los colombianos y colombianas hablan de sus flirteos extramaritales, es algo como muy asumido el papel de cornuda de la mujer y del de mujeriego del hombre. Pocos son los matrimonios que siguen largos años con el primer núcleo que se formó.

No me cansaré de repetir la cantidad de buena gente que hay en el mundo. Fué termiando el trayecto cuando una de nuestras acompañantes de viaje nos invitó a pasar la noche en su casa para continuar el viaje al día siguiente a Bogotá. Y así fué como sin proponérnoslo pernoctamos en El Paujil gracias a Dina y a Estela.

La vida de Dina no ha estado marcada por la fortuna, su hermano fué asesinado por los paramarilitares y su padre desaparecido. Y recientemente ha superado un cáncer de ovarios gracias a las hierbas que le dió su yerbatero.

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Con Dina y Estela.

Y llegamos a Bogotá, ciudad que no teníamos previsto visitar, ya que nos habían hablado no muy bien de ella, y, sin embargo, nos sorprendió muy gratamente.

El sistema de transporte en Bogotá nos fastidió un poco la llegada, los autobúses que nos llevaban a casa de nuestro couchsurfer solo  admiten pasajeros que porten la tarjeta de la compañía, así que ahí estábamos viendo como pasaba uno y otro y otro… sin poder subirnos, hasta que un buen señor con el que estábamos conversando hizo uso de la suya y nos pagó el viaje. De nuevo, la gente buena abunda.

Nuestra estancia en Bogotá estaba determinada por la compra del vuelo a Leticia, así que la estancia nos dió casi para dos semanas.

En la primera semana David, nuestro couchsurfer, nos sorprendió con la visita a la Catedral de la Sal, construida en el interior de las minas de sal de Zipaquirá. ¡Sorprendente!.

Y en la segunda semana, en casa de Mauro, nos dejamos sorprender por el bonito casco histórico de Bogotá, el barrio de La Candelaria, donde degustamos el té de coca. Mauro no es couchsurfer, Mauro fué uno de los compañeros de fatigas en la parte trasera de la pickup en el dificultoso viaje de San Vicente a La Macarena, y no dudó en invitarnos a pasar unos días en su casa (ya se sabe, los momentos difíciles unen mucho).

Hubiéramos podido ver y hacer mucho más, sin duda, pero a estas alturas del viaje, ya solo queremos descansar, descansar y descansar; además que Bogotá no es una ciudad fácil para moverse, los trayectos se hacen eternos debido al tráfico y los autobúses megaabarrotados y la inseguridad y…

Y, por fin, llegó el día D y nos fuímos a Leticia, ciudad fronteriza con Brasil. El aterrizaje en Leticia ha sido, sin duda, el más bonito que hayamos hecho nunca. El paisaje desde el avión es una auténtica belleza, no cabe un alfiler entre tanto árbol, y es que estamos hablando del mismísimo Amazonas.

Llegábamos un domingo y como contraste nos encontrábamos con una ciudad sucia y casi desierta, la visión era bastante deprimente. Pero todo cambió al día siguiente, las calles cobraron vida y amanecieron mucho más adecentadas. Hicimos nuestras pesquisas para averiguar sobre el trayecto por el Amazonas hacia Manaos, Brasil, y de camino contratamos un tour por la zona, después de disfrutar de un maravilloso desayuno a base de jugo de lulo, al que somos adictos, con buñuelos (unas bolas de masa dulces de queso que nada tienen que ver con los buñuelos de España). Y al atardecer disfrutamos en el Parque de Santander de la llegada de los loros. Impresionante algarabía y baile acrobático de centenares de loros. Y por la noche descubrimos las tapiocas, pan de harina de yuca, que nos comimos bajo una tromba de agua.

Como siempre, huyendo del turisteo, hicimos un tour fuera de lo convencional, de hecho, íbamos solos con el guía. Gracias a dios, el enemigo público número uno, los mosquitos, fueron bastante amables con nosotros y el paseo por la selva fué bastante agradable. Vimos al mono más enano de América, el mono leoncito; conocimos al árbol caminante; visitamos la Reserva Natural Victoria Regia donde crece la planta victoria regia, su única hoja puede alcanzar los 3 metros de diámetro, aunque ahora no estaban muy grandes, posee la flor mas grande de los lirios de agua, también se la conoce como flor de lotto; y fuímos espectadores de la espectacular llegada de las golondrinas, miles y miles se aglomeran en un punto en el espacio para ir bajando ordenadamente en grupos a sus respectivas ramas a dormir. Está claro que a las 5 de la tarde todos los pájaros se van a la cama. A todo esto hay que añadir las historias del lugar, llenas de seres de otros mundos que a veces se dan un garbeo y cofraternizan con el personal.

Y a la mañana siguiente, entre carreras entre oficinas de migración, y dos horas de cola, llegamos milagrosamente justo cuando el barco se  disponía para zarpar rumbo a Manaos. Ya estábamos en Brasil.

Atrás quedaba Colombia, un país muy bacano. Cuando se dice Colombia lo primero que viene a la mente son las palabras en mayúsculas VIOLENCIA y DROGA, un lastre que les pesa muchísimo. Para hacer honor a la verdad, algo de violencia sí que hemos encontrado. En Medellín, nada más llegar, aún con las mochilas a cuestas fuímos testigos a la entrada del metro de un enfrentamiento entre jóvenes y policías, y otro de los días que fuímos a jugar al casino, estando nosotros dentro, asesinaron a un hombre de un disparo en la avenida que pasa justo al lado. Pero ésta es toda la violencia que hemos visto. Y en cuanto a la droga, sí, es verdad, hay, y a precios ridículos.

Colombia es grandiosa por su gente y tiene mucho por explorar, pero no solo por los turistas sino por los mismos colombianos, que prácticamente no la conocen, no en vano es un país donde el gobierno no interviene en el 60% de su territorio. Tiene una variedad inmensa de frutas: el sabor dulce de las granadillas es espectacular, el tomate de árbol es una fruta con  gusto final a tomate, el jugo de lulo es impresionante, y así un sinfín. Al café lo llaman “tinto” y al café con leche “perico”; pero, para su desgracia, ellos toman solo el café malo porque el bueno se destina a la exportación. Encontrarás comidas como el ajiaco, el sancocho, la lechona, la mazamorra; y bebidas como el masato, preparada con maíz o el guarapo, hecho de panela. La panela, el azúcar sin refinar de la caña de azúcar, es un pilar base en la alimentación colombiana. El pan que venden suele ser dulce, encontrarás una gran variedad, entre ellas las almojábanas, e innumerables panaderías, pero es difícil encontrar pan salado, debes de ser muy explícito porque inclusive las pizzas tienen su masa dulce. En fin, mucho bueno en este inmenso país de gente amable.

Y ahora comenzaba nuestra ÚLTIMA OLA.

 

SURFEANDO COLOMBIA (Primera Ola)

Por fin, despés de 4 meses, llegábamos a Colombia, la desconocida y tan vilipendiada Colombia. Hubo que ir en avión porque el paso terrestre entre Panamá y Colombia no existe, solo es selva.

Aterrizamos en Medellín, ciudad natal de Fernando Botero,  porque a buen seguro nos iba a gustar, pero tristemente como ciudad no es especialmente destacable. Eso no quitó que disfrutarámos de sus gentes y de su gastronomía, y de sus precios (estábamos de nuevo en un país económicamente asequible). Nos volvimos fanáticos de las arepas paisas, por desgracia no volvimos a encontrarlas con facilidad en el resto de Colombia.

El primer día en Medellín nos tocó ir de bautizo (encantados, por supuesto); la gran mayoría de asistentes eran emigrantes colombianos en España o lo habían sido, así que estábamos como en familia. Fué en este evento familiar donde trazamos nuestra ruta por Colombia, porque no teníamos ni idea de qué hacer ni a dónde ir.  Caño Cristales y el Amazonas se convirtieron en nuestros próximos objetivos, sí o sí.

Y como Colombia es muuuuuy grande, y las carreteras muuuuuy malas, en nuestra ruta hacia Caño Cristales tendríamos que hacer varias paradas.

La primera de ellas sería en Neiva. Tampoco Neiva es una ciudad para tirar cohetes. Y no digo ná con la numeración de las calles y carreras, porque no es lo mismo una calle que una carrera, las calles son de norte a sur y las carreras de este a oeste. ¿Por qué coño en estos países no ponen nombre a las calles?, todo es a base de números, y para complicarlo aún más, si cabe, tenemos la calle 33, la calle 33a, la calle 33b…, y es que ni los mismos vecinos se las conocen. Bueno, todo este lío para decir que no fué fácil encontrar la casa de nuestro nuevo couchsurfer, de hecho, la búsqueda fué casi motivo de divorcio.

Aprovechando la cercanía, nos fuímos a acampar una noche al Desierto de la Tatacoa. Íbamos a ver las estrellas como nunca, pero estaba nublado. Nos dijeron que en la noche refrescaba bastante, así que cargamos la mochila con toda nuestra ropa de abrigo, pero el calor dentro de la tienda era insoportable. No resultó la noche como esperábamos.

La segunda parada fué en San Agustín, con un parque arqueológico del que pasamos tres kilos. Íbamos buscando experiencias con indígenas y ayahuasca (yagé en colombiano). El jefe indígena estaba de viaje, y el yagé… bueno, parece que estaba con el indígena. Nos fuímos sin ver nada.

La última parada del camino era San Vicente del Caguán. Ya nos adentrábamos en zona roja, territorio de la guerrilla, pero ahora están en período de negociaciones y todo está muy tranquilo. Nos estábamos convirtiendo en pioneros, ni los mismos colombianos conocen la zona y todo el que vá para allá lo hace en avión.

El viaje desde San Vicente a La Macarena podemos considerarlo como uno de los peores que hayamos hecho en nuestra vida, tan solo comparable al que una vez hiciéramos en África, entre Burkina Faso y Mali. Hicimos un trayecto de 110 kms subidos en la parte trasera de una pickup en ¡tan solo 7 horas!. El camino no está asfaltado y  es un puro bache, llegamos con tierra hasta en el páncreas. Muchos controles del ejército en el camino, controles preparados con tanques y bien atrincherados; pero nos trataron con una amibilidad extraordinaria. No deja de ser chocante el que un soldado te desee buen viaje y encima te despida con bendiciones; alguno incluso se alegró por ver a los primeros extrangeros viajando por tierra en aquellos lares. ¿Os acordais de Íngrid Betancourt?, pues muchas veces le dijeron : – No te acerques por allá Ingrid, que es peligroso. Nosotros tampoco hicimos ni puto caso.

Y llegábamos a un pequeño pueblo tomado por el ejército, donde todavía se respira cierto ambiente tenso, donde los precios son más caros, porque de cada refresco que se vende 200 pesos son para los muchachos. Donde existe una tremenda falta de organización en cuanto al turismo, y donde algún que otro guía quiere sacarte bien los cuartos.

Pese a todo, al fin veríamos Caño Cristales, el río de los cinco colores, porque en su fondo se reproducen plantas acuáticas de diversos colores, la especie Macarena clavigera. Maravilla de la naturaleza. Un paraje excepcional, único en el mundo.

Y ahora tocaba el Amazonas, pero desde La Macarena no hay camino hacia adelante, y tampoco es posible llegar por tierra a Leticia, en el Amazonas; una vez más la selva no nos dejaba paso, así que no quedó otra opción que volver por donde habíamos venido con destino a Bogotá, donde cogeríamos el vuelo a Leticia.

 

SURFEANDO PANAMÁ (Tercera Ola)

En Bocas del Toro, contra todo pronóstico, vivimos un pequeño infierno.

El trabajo en el barco venía a trompicones: cuando no era la lluvia era la falta de materiales, o la falta de dinero para pagarnos. La cuestión es que el tiempo pasaba y nosotros, lejos de hacer dinero, gastábamos y gastábamos.

Al poco hice un trato con un canadiense para diseñarle unos flyers, fotos y vídeos de un tour en catamarán, el Jade Dragon. El trato era bueno, pero el canadiense se fué de viaje y nos dejó el pago a medias. Y si a esto añadimos la lluvia, la falta de turistas y factores ajenos a nosotros, el trabajo se quedó sin finalizar. 

El asunto del dinero no nos era favorable y Bocas es, sin duda, el lugar más caro de todo Panamá, pero estábamos viviendo en un velero. ¡Qué romántico!.

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El “Shadok II”.

Nos visitaron incluso unos amiguetes españoles que conocieramos en el hotel. ¡Qué bonito!.

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Empezamos a pescar para autoabastecernos de comida. ¡Qué chulo!.

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Pero a medida que el tiempo pasaba, el velero se hacía más y más pequeño, los contras superaban con creces a los pros: sin internet, sin corriente eléctrica (apenas una batería para las luces), sin apenas agua potable… Aprendimos a usar el agua de mar para casi todo, a ducharnos aprovechando las fuertes lluvias, a maximizar el uso del iPad y del ordenador. Pero los inconvenientes empezaron a pasar factura en nuestro estado de ánimo, y día a día perdíamos fuerzas para continuar. Si al menos hubiésemos tenido un dingui para ir al pueblo. Si al menos nos hubiesen enseñado a arrancar el motor del barco para generar electricidad. Si al menos nos hubiesen dicho dónde cargar bidones de agua potable…

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Hacíamos guardia en cubierta por si algún vecino de barco pasaba con su dingui a tierra, de esta manera ahorrábamos 4 dólares en taxi y cargábamos los devices y mirábamos internet, y veíamos las mismas caras en los mismos sitios, y comprábamos la misma mala comida en los mismos supermercados. En una de éstas Brad, el dueño del Hotel Boca Brava, nos contactó por e-mail y nos propuso volver a terminar su bote, ¡esta vez pagándonos!. Tardamos algo más de 15 segundos en decirle que sí y una semana en marcharnos.

Una semana que dió para suplicar por agua potable en cada negocio y casa del pueblo. Una semana que dió para comprar tranchetes sueltos (el precio del paquete es prohibitivo). Una semana que dió para pelearnos con los desagradables taxistas, para…

Nos íbamos con regomeyo; atrás dejábamos a Roger solo, trabajando (o no) en el “Marita”. Dejábamos un trabajo casi hecho y a medio cobrar, y la ilusión perdida de generar fondos para viajar por Sudamérica.

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También dejamos atrás bonitos recuerdos, como dormir mecidos por las olas, o el momento de descubrir como funciona el báter, las extraordinarias noches de placton, las jornadas de trabajo y charlas con Roger y las laaargas conversaciones con mi compañera…

Y así fué como un mes después, una segunda ola nos llevó de nuevo a Boca Brava.

SURFEANDO PANAMÁ (Primera Ola)

Si Costa rica fué un visto y no visto, Panamá resultó ser todo lo contrario… ¡Cuatro meses fueron!.

Todo empezó en Bocas del Toro, la capital de Isla Colón, un destino idealizado, un punto obligado en nuestro camino. Su arquitectura caribeña de casistas de madera sobre pilotes y su población principalmente negra hacen de Bocas del Toro la Jamaica de Panamá.

Los bocatoreños no son especialmente abiertos, amables o simpáticos. Ignoran bastante a los turistas, a no ser que vean la forma de sacarle dinero, sólo en ese caso empezarán las sonrisas. Hablan su propio idioma, créole panameño, es una mezcla de inglés mal hablado con algunas palabras en español; es ininteligible, no hay dios que se entere de lo que dicen. Claro, que hay tanto chino como negro, porque todos los supermercados son de chinos. A diferencia de España, aquí los chinos contratan locales para trabajar. Los súper son de chinos, las tiendas de muebles de españoles y los hoteles o restaurantes son de europeos o gringos, muchos de ellos judíos. Hay muchísimos judíos en Bocas.

Llegamos a Bocas un día de lluvia. Y al día siguiente llovió, pero en cuanto escampó un poquito nos fuimos a la archiconocida Playa de las Estrellas. Y nos entusiasmamos. Después de tanto aguacero descubrimos una playa estupenda, tranquila, hermosa y con decenas de estrellas de mar.

Y el entusiasmo nos animó a contratar un tour para el día siguiente. Y apenas salíamos rumbo a lo que sería un día fantástico, empezó la lluvia. Y ahí comenzó la pesadilla, cosa que hay que agradecer a nuestro capitán, a quien su dilatada carrera no le permitió ver la que se nos venía encima.  Fueron cuatro horas empapados, calados hasta los huesos, algunos llegando, incluso, a la hipotermia, donde una bolsa de basura cotizaba más que las acciones de Apple (entiéndase que las bolsas eran usadas a modo de chubasquero). Así que tras una dura negociación, a mitad de tour nos regresamos y quedamos emplazados de nuevo para el día siguiente, con la esperanza de encontrar un día soleado y apacible. A pesar de todo, nos reímos bastante y, como anécdota, ahí queda.

Y al día siguiente pudimos completar el tour, que en definitiva es esto:

Avistamiento de delfines
Pudimos vislumbrar apenas un poquito de la espalda de lo que supuestamente eran dos delfines, pero estaban tan lejos que podrían haber sido besugos, o atunes, o vaya usted a saber…

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Snorkeling
Apenas dí la primera zambullida le dije a Alma: “No merece la pena que gastes las lentillas.”

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Almuerzo
Nosotros llevábamos el nuestro, el de a diario: lata de salchichas picantes y lata de sardinas picantes. Algunos comieron langosta, pero al parecer era todo cáscara. Eso pasa por no comprar sardinas, ellos se lo perdieron.

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Camino al restaurante.

Cayo Zapatilla
Reserva natural. Un paraíso donde está prohibido adentrarse por razones de seguridad (los bichejos y esas cosas). Allí se arma la pelotera con todos los demás tours. Fué allí donde se grabó yo no sé qué edición de supervivientes.

Pero para nosotros quedará en el recuerdo por haber presenciado esta maravilla de la naturaleza.

Avistamiento de osos perezosos
Con suerte los ves. Con mucha suerte además se mueven, muuuuy despacio. Eso sí, los verás desde el barco, porque viven en los manglares.

Con tres días en Bocas nos dimos por más que satisfechos y partimos destino a Ciudad de Panamá. Debido a las largas distancias, en el camino hicimos parada en la ciudad de David y allí fuímos recibidos por Hugo, paisano de Albacete, quien ya nos ponía en aviso sobre la forma tan particular de trabajar de la gente de por acá. Por cierto, David no tiene nada interesante, cero, conjunto vacío.

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Con Hugo.

Y llegamos a Panamá City. La ciudad no está mal del todo, tampoco es súper, pero un par de días se pueden pasar por allá. Nosotros estuvimos en feriado, lo que es malo, pues cierran todo, no venden alcohol y todo se vuelve un poco aburrido. Aún así anduvimos para ver la Ciudad Vieja, desde afuera, eso sí, porque el precio se nos antojó prohibitivo para visitar un montón de piedras. Por supuesto, visitamos el Canal, que, la verdad, es que es alucinante. Muy recomendable. Nos comimos un “pescado a lo macho” en el mercado de mariscos y buscamos torneos de póker por todos los casinos de la ciudad. Lástima que no había.

Y mientras debatíamos en el Hotel “Red Room” acerca de la vida y sus más y sus menos, una ola nos hacía volver hacia atrás, teníamos un correo del helpX de Boca Brava:

– ¡Ostia, que nos ha contestado el de Boca Brava!
– ¡Dile que si nos paga el viaje vamos!

Y en un minuto, en menos de un minuto, pasamos de comprar unos billetes a Colombia, a unos de autobús a Horconcitos, a dónde pusimos rumbo para vivir nuestra segunda ola en Panamá.

SURFEANDO COSTA RICA

Nuestro paso por Costa Rica estuvo marcado por el “fuera de temporada” y la lluvia, así que fué un visto y no visto.

Llegábamos al país más caro de toda Centroamérica, y la diferencia era visible en el estilo de vida: los coches son últimos modelos, ya no hay lunas rotas en el parabrisas, las calles presentan una limpieza más decente, las tiendas lucen escaparates, un elemento que ya casi ni recordábamos, el transporte público es eficiente, el sistema educativo es bastante aceptable, el ejército inexistente y la policía insobornable. Allá por el año  1948, el presidente de Costa Rica abolió el ejército, ante el temor de un golpe de estado. Esto ha permitido que dicha inversión sea destinada a gastos en educación y los estudiantes de toda Costa Rica reciben mensulamente 60 dólares, lo que marca la diferencia con el resto de países de la zona. Pero, para nuestra sorpresa, la “fecundación in vitro” sigue siendo ilegal a día de hoy.

Allí todos son “mae“, y “pura vida” es la frase. Y todos desayunan “gallo pinto”.

Apenas llevábamos un par de horas en San José cuando me fuí con Gérrard, nuestro couchsurfer, a tomar un algo, uno de esos algos resultó ser el tan apreciado  chiliguaro. El mae se las averigüó para que otros maes nos invitasen a un “garito barra libre”. Imagínense. “Pura vida”, sin lugar a dudas. Los detalles de la farra no importan. Lo importante es lo bién que lo pasamos toda la noche. Y lo mal que me tocó pasar el final de la fiesta.

Volvíamos a casa de amanecida, cuando en una esquina cualquiera nos paró la policía.

-¿Dónde está el puro?, ¿eh?. ¿A eso vienes a Costa Rica, a fumar marihuana?. ¿Dónde la escondiste?, ¿la botaste?…

-¿Qué puro?… ¿Qué marihuana?,- contestaba yo.

Llovía bastante; la inmensa borrachera no me dajaba pensar con claridad; no tenía el pasaporte encima y eso no ayudó en absoluto. Mientras la situación se ponía más y más tensa, yo me acordaba de mi compañera, durmiendo apaciblemente. ¡Joder con las experiencias viajeras!.

Yo negaba y ellos afirmaban que habían visto la maría. Y yo que no, y ellos que sí. Decidí entonces sacar mi mejor oratoria:

Que si soy super buena persona. Que si viajo con mi mujer por el mundo. Que si reconozco que bebí mucho. Que si no hago daño a nadie…  Que pa’rriba, que pa’bajo. Y cuando creía que ya los tenía en el bolsillo, porque me escuchaban en silencio, uno de ellos dijo:

-¡Ya!. ¡Cállate!.

Me callé. Y pasé no sé cuantas eternidades desorientado, en silencio bajo la lluvia, sin saber qué coño estaba pasando. Entonces me subieron a un furgón blindado y fuímos directos a comisaría. Allí me ví, tratado como delincuente, pero sin pruebas. No fueron amables, pero no me sentí especialmente agredido. Pasé el rato sentado en un banco  con lo mejorcito de San José. Y volvieron a registrarme; esta vez pantalones y calzoncillos a los tobillos y bailecito para que caiga lo que sea, pero nada cayó. Estaban enfadadísimos, no encontraban el dichoso porro que decían haber visto.

– ¿Te lo comiste?. ¿Te lo comiste?.

Para ese entonces yo ya me reía. Mi preocupación era Alma; seguro que Gérrard había vuelto a casa y le había contado…¡Uf!, ¡eso sí que da miedo!.

Finalmente todo quedó en un interrogatorio y unas cuantas fotos de frente y de perfil y de cada uno de mis tatuajes. Me sacaron a empujones de la comisaría, sin dejarme siquiera hacer una llamada. No sé las horas que pasaron, pero fueron, sin lugar a dudas, de las más intensas que he vivido en estos casi dos años de viaje.

Al salir de la comisaría estaba totalmente desubicado, sin teléfono, sin dirección, sin nadie conocido, ni ná de ná; tan solo acerté a parar un taxi y pedirle que, por favor, me llevara a la taquería Fátima, la única referencia que tenía para llegar a casa, pero no quiso. Varios taxis después uno de ellos accedió.

Cuando llegué Alma no estaba en casa, estaba en San José con Gérrard, intentanto averiguar dóde me habían llevado para presentarse con mi pasaporte. Por supuesto, cuando regresó ya se estaba separando de mí, comprando el billete de vuelta a España y hasta aquí hemos llegado. Pero mi oratoria sí funcionó con ella.

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Con Carlos y Gérrard.

Después de un rápido paseo por San José, que realmente no ofrece mucho como ciudad, nos fuimos a Turrialba, famoso por su rafting en el río Pacuare, pero la lluvia no nos permitió hacerlo. Ni rafting, ni senderismo, ni volcanes, ni tortugas, ni ná de ná. Sólo pudimos, eso sí, disfrutar de la compañía de una preciosa pareja, Keiner y Nikole, nuestros couchsurfers.

Y así nos marchamos a Panamá, antes de lo esperado, y esperando respuesta de un helpX en la isla de Boca Brava, al otro lado de la frontera.

SURFEANDO CHIAPAS (Segunda Ola)

Y nos fuímos al que para nosotros sería el último gran Pueblo Mágico que visitaríamos en México. Uno de los que más nos gustó, San Cristóbal de las Casas.

Jaime, nuestro nuevo couchsurfer nos recibió con un día de turisteo a lo grande, que dió para visitar museos, grutas e iglesias en ruinas.

Con esto bastaba para adivinar que en San Cristóbal  nos esperaban muchas emociones. Así que, decididos estábamos a alquilarnos un cuartito por unas semanas cuando Jaime nos dijo:

– Yo no les estoy corriendo, se pueden quedar el tiempo que quieran.

Y nos quedamos.

Además de la belleza arquitectónica de San Cristóbal, nos impresionaron bastante sus habitantes. Sus calles se llenan de color con los ropajes de las etnias de toda la comarca, predominantemente tzotziles (mayas); gran parte de ellos hablan su lengua materna. Es curioso cuando los escuchas hablar y de cuando en cuando se oye alguna palabra en español. Para experimetar esto no hay más que subirse en una combi abarrotada, el único que hablará español serás tú.

Una visita obligada estando en “Sancris” es a San Juan Chamula. Este pueblito es de lo más pintoresco y auténtico. Sus habitantes siguen siendo en su mayoría tzotziles. Lo más atractivo de Chamula es su iglesia, donde aún a día de hoy se mezcla la santería de sacrificio de animales con la religión católica, razón por la cual está prohibida la toma de fotos en el interior de la iglesia. Se intentó, pero Interior iglesia de Chamula.no se pudo. Aunque se puede rescatar alguna de San Google. Se conoce como la “Iglesia de los Santos Gordos“, porque cuando les ponen ropa nueva no les quitan la que llevan ya puesta, y así van engordando. Además de la iglesia, en Chamula hay que visitar su cementerio.

Si algo nos llamaba de Chiapas eran “los zapatistas”, ese movimiento libertario constituido por agricultores e indígenas, que había conseguido dejar al gobierno, al mal gobierno, fuera de juego. Pero el movimiento en estas fechas está un poco aletargado, y aunque resuenan rumores de un nuevo levantamiento, a nosotros nos tocó en hibernación. No había marchas, ni asambleas, ni información, ni nada. Ahora estaban más preocupados peleando los unos con los otros por razones de religión que luchando juntos contra el gobierno vendido a la corrupción, los narcos y las grandes corporaciones. Además, resulta que entrar en terreno zapatista no es ni mucho menos fácil, es más, puede ser bastante peligroso, y es que no quieren a nadie en su territorio, ni gobierno, ni extranjeros, ni nada de nada. Para entrar en un pueblo zapatista hay que pedir permiso, esperar largo rato a ver qué deciden, y entonces, si es que te dejan entrar, te niegan la palabra. No les interesa explicar sus inquietudes políticas. No permiten hacer fotografías.

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Nosotros nos acercamos al pueblo zapatista de Mitzitón. La combi nos dejó en la carretera, y nos encontramos con un pueblo vallado a ambos lados de la misma, ya que los vecinos de uno y otro lado andan a la gresca. Nos limitamos a dar un paseo por el entorno y cuando nos cruzamos con una muchacha le preguntamos si podíamos pasear el pueblo, y ¿cuál fué su respuesta?:

– Si solo van a pasear, sí, siempre y cuando no ….

Siempe y cuando no ¿qué?. ¿Qué otra cosa íbamos a hacer? . Y es que estos zapatistas son bastante cerraos de mollera. No nos sentíamos cómodos y nos volvimos por donde habíamos llegado. Al final sientes lo mismo que cuando entras a USA, eres un puto indeseable en terreno hostil. Así que poco “zapatismo” experimentamos.

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Los llamados “usos y costumbres” están vigentes en los pueblos y comunidades indígenas de Chiapas. Ya los mencionamos en otra entrada. Este sistema está, incluso, por encima del Estado mexicano. Os contamos, a modo de ejemplo:

1 – Si atropellas una gallina te saldrá a precio de oro, ya que habrás de pagar por la gallina muerta lo que estime el granjero, dependiendo de lo buena que fuese la susodicha, pero además, habrás de pagar por toda su posible descendencia, ya sean huevos o pollos. Y si el atropellado es una persona, se han dado casos de linchamientos. Aquí no se andan con tonterías.

2 – Todos los miembros están obligados a ir a las marchas (concentraciones) que se convoquen y vestidos con el atuendo étnico de procedencia.

3 – Los niños y adolescentes tienen que cursar sus estudios en las escuelas de la comunidad. Se dió el caso de un chico que asistía a un colegio estatal y por orden del consejo de su comunidad tuvo que abandonarlo y cursar sus estudios en el colegio de la misma; no le quedó otra opción, pues para continuar en el colegio estatal, éste último debía pagar al consejo una suma considerable de pesos.

4 – El uso horario de estas comunidades no cambia ningún día del año, por lo que existe una diferencia horaria de una hora entre las grandes ciudades de Chiapas y sus pueblitos. Durante 6 meses, aquí son las cinco y a diez minutos son las seis. Ahora vas y lo cascas.

Jaime nos brindó la oportunidad de hacer varias escapadas interesantes y así nos fuímos a la Selva Lacandona. La carretera es de las más pesadas que pueden existir, si  no me equivoco cada 25 metros existía un tope (resalte), por supuesto, sin señalización…

Las primeradas paradas fueron para ver las Cascadas de Agua Azul y la de Misol-Ha. Y por primera vez en el viaje, por no decir en nuestras vidas, llegamos en temporada seca, por lo que los ríos y cascadas lucían un hermoso azul turquesa increíble.

La Selva Lacandoa está poblada por el pueblo maya Lacandón, de ahí su nombre. El día que llegamos al lugar estaba todo el pueblo de reunión. Tristemente. Y digo tristemente porque desde hace poco el gobierno de México ordenó que el pueblo Lacandón fuera evangelizado, y éste y no otro era el motivo de dicha reunión. Parece mentira que eso de la evangelización obligatoria llegue aún a nuestros días; gracias a dios dejaron atrás la espada, pero siempre haciendo uso de medidas cohercitivas. De hecho, hay tanta evangelización últimamente que hasta a los pueblos les están cambiando sus nombres, como es el caso de las actuales Belén y Betania, que no sabemos como se llamaban antes, pero seguro que así no.

Las ruinas arqueológicas de Palenque basta con mencionarlas, porque a pesar de ser unas de las más famosas y visitadas de todo México, a nosotros nos resultarón más, más…; no puedo definirlas. Pero quisiera que os hiciéseis una idea de lo que significan otras ruinas cuando llevas tantas y tantas en el cuerpo, ya dejan de impresionar, es como ir a una playa nudista, los dos primeros cuerpos chocan, impresionan, ponen o avergüenzan, después de poco rato, ya no ves ni a gente desnuda. Pués lo mismo.

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Nuestros últimos días en Chiapas los pasaríamos en Comitán de Domínguez, donde visitaríamos las expectaculares Lagunas de Montebello. Estas lagunas están tan cerca de Guatemala que la frontera cruza por una de ellas. Es divertido cuando las fronteras sólo son unas bollas en el agua, o unos monolitos en el suelo, sin policía de inmigración, cambio de monedas, duty free shops o barreras y vallas. Las lagunas forman parte de un ejido, es decir, son administradas de forma colectiva por los vecinos del lugar, que van rotando periódicamente en sus funciones. Otra forma peculiar de organización comunal que predomina en la zona.

Y el último día de despedida lo dedicamos a las casacadas de El Chiflón, la más famosa de ellas llamada Velo de Novia.

Y éste fué nuestro último spot en México. Sin lugar a dudas, un hermosísimo lugar para llevarse un hermosísimo recuerdo de un país extraordinario.