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SURFEANDO BRASIL

Entrábamos al país carioca casi de milagro, porque las colas en la aduana de Tabatinga eran insufribles. Embarcamos los últimos en el barco, por lo que el registro, aunque exhaustivo, no llegó a los límites que leímos en internet, aunque volverían a repetirse varias veces más a la llegada a otros puertos. Y como fuímos los últimos, ya no quedaban buenos sitios para colgar la hamaca.

En estos barcos, el viaje se hace en un espacio común donde cada cual cuelga su propia hamaca. Hay que tener cuidado con las cosas, pero el ambiente es agradable y es fácil encontrar locales y viajeros para pasar el rato. Pero eso de navegar el Amazonas suena mucho más romántico y aventurero de lo que en realidad es.  El paisaje es monótono, aunque los atardeceres y las estrellas son espectaculares. La comida no es mala, pero el tercer día ya resulta pesadita. Se pueden avistar delfines, y bajar en cualquier puerto a beber, porque en el barco el alcohol está prohibido. Para nosotros los tres días y sus noches resultaron el escenario perfecto para la lectura.

Son casi 2.000 kms los que separan Tabatinga de Manaos. Para nosotros es el Amazonas, para ellos es el Solimões, que sólo cuando se une al río Negro es puramente Amazonas. Y es ahí, en ese encuentro entre los dos ríos, ya casi llegando a la capital del Estado de la Amazonía de Brasil, cuando ocurre la magia.

La unión de los ríos Solimões y Negro es un verdadero capricho de la naturaleza. El uno es color café con leche, el otro negro (color té negro); el uno transporta sedimentación alcalina, el otro la arrastra ácida; el uno es tibio y lento, el otro es frío y rápido. Aunque sean almas gemelas, el encuentro, con tales diferencias, es harto difícil. Por decenas de kilómetros luchan sin mezclarse, hasta que finalmente se funden dando origen al Amazonas. Pero nosotros no llegaríamos tan lejos.

Bajamos en la recalurosa Manaos, una ciudad que bien podría ser la capital del caos. Y aunque está plantada en el corazón de la selva amazónica, ofrece bastante poco a nivel turístico, y lo que ofrece no está dentro de nuestro interés o bien de nuestro presupuesto.

Las ganas de volver a España se hacían más y más grandes y las ya cercanas fechas navideñas hicieron que nos decidiéramos a volver directamente a casa y dejar Brasil marcado como un enorme e interesante país al que  volver, sin lugar a dudas. Así que nuestra estancia en Manaos estuvo marcada por la compra del vuelo de regreso a España.

Pasamos con Marcel, nuestro couchsurfer, una agradable semana, donde hubo espacio para la compra del vuelo, para experimentar de nuevo con la Ayahuasca y para manifestarse en las calles.

La compra del vuelo resultó harto difícil, hubo que solicitar inclusive ayuda desde España, pero lo conseguimos, y así el día 30 de diciembre volaríamos desde Sao Paulo a España. La sorpresa estaba preparada, llegaríamos la noche del 31 de diciembre gracias a nuetros amigos Koke y Lara.

Nuestro paso por Brasil coincidía con un momento político bastante intenso. Hubo una macromanifestación en todo el país, que sorprendentemente en este caso era para apoyar al Gobierno; la derecha no conforme con el resultado de las elecciones amenazaba con un golpe de estado, pero esta vez ganó la calle por goleada.

Entretanto, tuvimos nuestra ceremonia de Ayahuasca en una comunidad religiosa; aquí lo llaman Daime, por aquello de “daime luz”. Íbamos todo emocionados, pero para Alma no pasó de un ataque de risa y para mí, ná de ná again. Probablemente los cantos en portugués no nos guiaron al trance; y es que el portugués hablado despacito se entiende, pero de corrido no pillas ni jota. Quien sí se fué tres pueblos fué nuestro compañero Marcel. Muy buen cocinero, por cierto.

Y como había que esperar unos diítas más para nuestro vuelo a Sao Paulo, nos fuímos a casa de Stefan, un couchsurfer alemán. Esto fué ya el relax total; la casa para nosotros solos, porque Stefan apenas paraba más que para dormir. Nuestro aire acondicionado, nuestra piscina; rabia nos daba de tener que salir a comprar.

Y llegó el día 24 y pasamos la Nochebuena de aeropuerto en aeropuerto: 3 aviones y cuatro depegues con su cuatro aterrizajes. Nuestra cena de Navidad fueron unas empanadas para Alma y una hamburguesa para mí.

A la llegada al aeropuerto de Sao Paulo estaban esperando nuestros nuevos couchsurfers, Diego y Aline. Nos encantó que vinieran a buscarnos. Con ellos estuvimos el tiempo justo para terminar el Call of Duty, pasar un par de veladas encantadoras y mentalizarnos de la vuelta a casa, una mentalización que casi nos lleva al divorcio porque ya empezábamos a sufrir la crisis que se avecinaba tras dos años outside the system.

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Con Diego y Aline.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SURFEANDO PANAMÁ (Tercera Ola)

En Bocas del Toro, contra todo pronóstico, vivimos un pequeño infierno.

El trabajo en el barco venía a trompicones: cuando no era la lluvia era la falta de materiales, o la falta de dinero para pagarnos. La cuestión es que el tiempo pasaba y nosotros, lejos de hacer dinero, gastábamos y gastábamos.

Al poco hice un trato con un canadiense para diseñarle unos flyers, fotos y vídeos de un tour en catamarán, el Jade Dragon. El trato era bueno, pero el canadiense se fué de viaje y nos dejó el pago a medias. Y si a esto añadimos la lluvia, la falta de turistas y factores ajenos a nosotros, el trabajo se quedó sin finalizar. 

El asunto del dinero no nos era favorable y Bocas es, sin duda, el lugar más caro de todo Panamá, pero estábamos viviendo en un velero. ¡Qué romántico!.

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El “Shadok II”.

Nos visitaron incluso unos amiguetes españoles que conocieramos en el hotel. ¡Qué bonito!.

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Empezamos a pescar para autoabastecernos de comida. ¡Qué chulo!.

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Pero a medida que el tiempo pasaba, el velero se hacía más y más pequeño, los contras superaban con creces a los pros: sin internet, sin corriente eléctrica (apenas una batería para las luces), sin apenas agua potable… Aprendimos a usar el agua de mar para casi todo, a ducharnos aprovechando las fuertes lluvias, a maximizar el uso del iPad y del ordenador. Pero los inconvenientes empezaron a pasar factura en nuestro estado de ánimo, y día a día perdíamos fuerzas para continuar. Si al menos hubiésemos tenido un dingui para ir al pueblo. Si al menos nos hubiesen enseñado a arrancar el motor del barco para generar electricidad. Si al menos nos hubiesen dicho dónde cargar bidones de agua potable…

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Hacíamos guardia en cubierta por si algún vecino de barco pasaba con su dingui a tierra, de esta manera ahorrábamos 4 dólares en taxi y cargábamos los devices y mirábamos internet, y veíamos las mismas caras en los mismos sitios, y comprábamos la misma mala comida en los mismos supermercados. En una de éstas Brad, el dueño del Hotel Boca Brava, nos contactó por e-mail y nos propuso volver a terminar su bote, ¡esta vez pagándonos!. Tardamos algo más de 15 segundos en decirle que sí y una semana en marcharnos.

Una semana que dió para suplicar por agua potable en cada negocio y casa del pueblo. Una semana que dió para comprar tranchetes sueltos (el precio del paquete es prohibitivo). Una semana que dió para pelearnos con los desagradables taxistas, para…

Nos íbamos con regomeyo; atrás dejábamos a Roger solo, trabajando (o no) en el “Marita”. Dejábamos un trabajo casi hecho y a medio cobrar, y la ilusión perdida de generar fondos para viajar por Sudamérica.

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También dejamos atrás bonitos recuerdos, como dormir mecidos por las olas, o el momento de descubrir como funciona el báter, las extraordinarias noches de placton, las jornadas de trabajo y charlas con Roger y las laaargas conversaciones con mi compañera…

Y así fué como un mes después, una segunda ola nos llevó de nuevo a Boca Brava.

SURFEANDO PANAMÁ (Hotel Boca Brava. Segunda Ola)

Casi ocho horas de “frigobús” desde Panamá a Horconcitos, quince kilómetros de autoestop hasta Boca Chica y una lancha hasta el Hotel Boca Brava, en la isla del mismo nombre.

Nuestro compromiso era terminar de arreglar un bote de fibra de vidrio y algún que otro trabajo de pintura, carpintería o lo que fuera… ¿Dos semanas?, ¿tres?…

El hotel en sí no está nada mal, y las condiciones del trabajo no eran malas, pero al poco de estar allá, empezamos a sufrir una alimentación hipermonótona, esto es, arroz con frijoles y pollo, cada día para el almuerzo y para la cena. Un día, y otro, y otro… Mi compañera, pelín obsesionada con la buena alimentación entró en crisis, comentó al personal de cocina, pero la respuesta fué que eso era lo que había. Yo hablé con el dueño, y el hombre hizo todo lo que pudo para variar nuestra dieta. Pero, la verdad, es que percibimos un cierto despecho por parte de algunos de los integrantes del staff del hotel. Nada grave, pero incómodo.

Los panameños no son nada fáciles (como bien decía nuestro amigo Tony), a veces rallan en la mala educación, no eran pocas las veces en que no obteníamos respuesta ante un “buenos días” o ante una pregunta cualquiera.

En cuanto al trabajo, fué grande la expectación que se creó en torno a nosotros por al arreglo del bote; nuestro modo de trabajar no era muy común por aquellos lares. ¡Cuánta razón tenía el amigo Hugo!. Las barbaridades que hacen estos panameños te hacen echarte a reír por no llorar. Ni aún con formación universitaria salen bien preparados, y es que ni los mismos profesores dan calidad a la educación. Siento ser tan duro, pero lo he vivido. Ahí tienes a Alma enseñando excel a una chica, cuyo profesor universitario no sabemos si le dieron el trabajo por bonito o por simpático (cosas ambas que dudo). Y esto es también extrapolable a la sanidad, aunque sea pagando.

Es fácil encontrar, por ejemplo, que un mecánico le cambie las zapatillas al coche y que ponga sólo una. Es fácil también que un trabajador no se presente en una semana, o dos, sin previo aviso y luego llegue como si nada. Nunca toman bien las medidas (no sabemos si lo hacen a ojo), así que en carpintería te encuentras puertas que no encajan o que se quedan cortas; en el hotel todas las puertas, sin excepción, estaban torcidas.

No es extraño, por lo tanto, que todo el que desee un trabajo bien hecho haya de recurrir a personal extranjero; los españoles estamos muy solicitados, con una titulación baja, aquí pasas directamente a director general en cualquier campo.

Así os podreis imaginar que en pocos días, buena parte del pueblo se acercase a ver cómo trabajábamos. Por ese lado nos sentíamos super bién, reconocidos y valorados. Y por otra, estábamos rodeados de belleza y animales, especialmente monos.

El universo entonces cruzó en nuestro camino a una parejita franco-española que, además de regalarnos experiencias y conversaciones súper, nos pusieron en contacto con un man en Bocas del Toro que necesitaba gente para repararle un viejo barco atunero, el “Marita“, esta vez con dinero de por medio. Y así fué como una segunda ola nos llevó de nuevo a Bocas.

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El “Marita”.

SURFEANDO COSTA RICA

Nuestro paso por Costa Rica estuvo marcado por el “fuera de temporada” y la lluvia, así que fué un visto y no visto.

Llegábamos al país más caro de toda Centroamérica, y la diferencia era visible en el estilo de vida: los coches son últimos modelos, ya no hay lunas rotas en el parabrisas, las calles presentan una limpieza más decente, las tiendas lucen escaparates, un elemento que ya casi ni recordábamos, el transporte público es eficiente, el sistema educativo es bastante aceptable, el ejército inexistente y la policía insobornable. Allá por el año  1948, el presidente de Costa Rica abolió el ejército, ante el temor de un golpe de estado. Esto ha permitido que dicha inversión sea destinada a gastos en educación y los estudiantes de toda Costa Rica reciben mensulamente 60 dólares, lo que marca la diferencia con el resto de países de la zona. Pero, para nuestra sorpresa, la “fecundación in vitro” sigue siendo ilegal a día de hoy.

Allí todos son “mae“, y “pura vida” es la frase. Y todos desayunan “gallo pinto”.

Apenas llevábamos un par de horas en San José cuando me fuí con Gérrard, nuestro couchsurfer, a tomar un algo, uno de esos algos resultó ser el tan apreciado  chiliguaro. El mae se las averigüó para que otros maes nos invitasen a un “garito barra libre”. Imagínense. “Pura vida”, sin lugar a dudas. Los detalles de la farra no importan. Lo importante es lo bién que lo pasamos toda la noche. Y lo mal que me tocó pasar el final de la fiesta.

Volvíamos a casa de amanecida, cuando en una esquina cualquiera nos paró la policía.

-¿Dónde está el puro?, ¿eh?. ¿A eso vienes a Costa Rica, a fumar marihuana?. ¿Dónde la escondiste?, ¿la botaste?…

-¿Qué puro?… ¿Qué marihuana?,- contestaba yo.

Llovía bastante; la inmensa borrachera no me dajaba pensar con claridad; no tenía el pasaporte encima y eso no ayudó en absoluto. Mientras la situación se ponía más y más tensa, yo me acordaba de mi compañera, durmiendo apaciblemente. ¡Joder con las experiencias viajeras!.

Yo negaba y ellos afirmaban que habían visto la maría. Y yo que no, y ellos que sí. Decidí entonces sacar mi mejor oratoria:

Que si soy super buena persona. Que si viajo con mi mujer por el mundo. Que si reconozco que bebí mucho. Que si no hago daño a nadie…  Que pa’rriba, que pa’bajo. Y cuando creía que ya los tenía en el bolsillo, porque me escuchaban en silencio, uno de ellos dijo:

-¡Ya!. ¡Cállate!.

Me callé. Y pasé no sé cuantas eternidades desorientado, en silencio bajo la lluvia, sin saber qué coño estaba pasando. Entonces me subieron a un furgón blindado y fuímos directos a comisaría. Allí me ví, tratado como delincuente, pero sin pruebas. No fueron amables, pero no me sentí especialmente agredido. Pasé el rato sentado en un banco  con lo mejorcito de San José. Y volvieron a registrarme; esta vez pantalones y calzoncillos a los tobillos y bailecito para que caiga lo que sea, pero nada cayó. Estaban enfadadísimos, no encontraban el dichoso porro que decían haber visto.

– ¿Te lo comiste?. ¿Te lo comiste?.

Para ese entonces yo ya me reía. Mi preocupación era Alma; seguro que Gérrard había vuelto a casa y le había contado…¡Uf!, ¡eso sí que da miedo!.

Finalmente todo quedó en un interrogatorio y unas cuantas fotos de frente y de perfil y de cada uno de mis tatuajes. Me sacaron a empujones de la comisaría, sin dejarme siquiera hacer una llamada. No sé las horas que pasaron, pero fueron, sin lugar a dudas, de las más intensas que he vivido en estos casi dos años de viaje.

Al salir de la comisaría estaba totalmente desubicado, sin teléfono, sin dirección, sin nadie conocido, ni ná de ná; tan solo acerté a parar un taxi y pedirle que, por favor, me llevara a la taquería Fátima, la única referencia que tenía para llegar a casa, pero no quiso. Varios taxis después uno de ellos accedió.

Cuando llegué Alma no estaba en casa, estaba en San José con Gérrard, intentanto averiguar dóde me habían llevado para presentarse con mi pasaporte. Por supuesto, cuando regresó ya se estaba separando de mí, comprando el billete de vuelta a España y hasta aquí hemos llegado. Pero mi oratoria sí funcionó con ella.

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Con Carlos y Gérrard.

Después de un rápido paseo por San José, que realmente no ofrece mucho como ciudad, nos fuimos a Turrialba, famoso por su rafting en el río Pacuare, pero la lluvia no nos permitió hacerlo. Ni rafting, ni senderismo, ni volcanes, ni tortugas, ni ná de ná. Sólo pudimos, eso sí, disfrutar de la compañía de una preciosa pareja, Keiner y Nikole, nuestros couchsurfers.

Y así nos marchamos a Panamá, antes de lo esperado, y esperando respuesta de un helpX en la isla de Boca Brava, al otro lado de la frontera.

LA CAMISETA

Estamos sentados en una escalera de acceso al parque, a la sombra. Alma siente dolor de barriga. Una muchacha nativa pasa delante de nosotros, viste una típica falda de alguno de los pueblos de por acá. En la parte de arriba luce una camiseta del Barsa, muy ceñidita, dejando adivinar sus jóvenes pechos. Estábamos sentados en unas escalinatas en la Calle sexta de Ciudad de Guatemala.

SURFEANDO HONDURAS

Entramos a Honduras por Copán Ruinas, un pueblito que, según todo guatemalteco, es lo único que merece la pena de este país. “Aparte de Copán no hay nada, es mejor que sigan directos a Nicaragua, que es precioso y baratísimo”. Tantas veces nos dijeron esto que nos lo creímos.

Así aterrizamos un martes en Copán, en el Hotel & Hostal Yaxkin Copan, regentado por dos hermanas majísimas, amabilísimas y muy divertidas. El pueblo no está mal, es tranquilo, especialmente entre semana, y su atractivo principal son sus ruinas mayas.

Así que nos adentramos, por enésima vez, en una de las mejores ruinas que existen. Porque no lo dudéis, las mejores ruinas siempre son las del lugar en el que os halléis en ese momento. Es posible que en esta antigua ciudad, la del rey 18 Conejo, cambie la arquitectura o la orientación de las pirámides o la forma de los ladrillos, o que haya no sé qué geroglífico súper o yo que sé qué. Para nosotros, insistimos, no dejan de ser más de lo mismo. Además teniendo en cuenta que las entradas no son especialmente económicas (15$ en este caso) y prescindiendo de guía, nunca llegamos a descubrir los pormenores de cada una de estas antiguas ciudades regadas por Centroamérica.

Después de Copán Ruinas, la costa caribeña, en el norte, se presentaba como lo más interesante, pero nos pilló, como casi siempre, en temporada de lluvias. Tampoco es barato, así que decidimos irnos directamente a Tegucigalpa, Tegus para los amigos, para hacer escala y continuar rumbo a Nicaragua.

Como siempre llegamos más o menos tarde, aunque aún era de día. Y menos mal, porque como viene siendo habitual, el bus te deja en una de las zonas feas de la ciudad. Nos las arreglamos para que un taxi nos cobrase un precio justo por llevarnos al barrio donde nos esperaba nuestro couchsurfer: Tony.

Y el couchsurfer resultó ser una familia numerosa, una casa en la que podían dormir un día cinco personas y al día siguiente doce. Compartir unos días con la “manada”, como diría Tony. Resultó ser una experiencia exquisita. Se ganan la vida regentando un colegio, y es que en Tegus la mayoría de las escuelas son privadas, pero no son proyectos multimillonarios con cientos de alumnos que pagan un dineral, aquí son pequeños centros con pocos alumnos regados por toda la ciudad. Muy interesante el concepto.

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No necesitábamos más que estar con ellos, y charlar, y reír para ser felices. No necesitábamos salir a la calle para disfrutar a tope de Tegucigalpa. Pero salimos. Salimos de día, y salimos de noche. Y fuímos, como tiene que ser, a tomar un calambre al “Tito aguacate”, donde además probamos los huevos de tortuga.

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Puede que Tegus no sea la ciudad más bonita de América, pero tiene algo que la hace especial. A pesar de ser sucia y encontrar montañas de basuras en medio de las calles, resultaba muy atractiva y entretenida. Es posible que fuese la compañía que teníamos. Es una ciudad súper peligrosa. Los bancos tienen varios cajeros en la calle y uno dentro; el personal prefiere hacer una hora de cola antes de sacar pasta en plena calle. También es una ciudad súper religiosa. La mezcla es muy curiosa, porque los delincuentes, por muy malos que sean, también son muy creyentes; tanto es así, que los buses ponen música religiosa, porque así, en caso de ser asaltados, es posible que los vándalos se echen para atrás. Algunos taxis llevan biblias en el salpicadero por la misma razón. El origen de tanta delincuencia es el mismo que en todos los países vecinos: la droga. Aquí los cárteres son de barrio; el tráfico no es de grandes cantidades, pero ha sido suficiente para convertir a Tegus en una “ciudad sin ley” por muchos años. Nació en estos tiempos el sicariato, que desgraciadamente aún persiste. La corrupción política, por supuesto ayudó en este desenlace. Aunque parece ser que la cosa está cambiando; desde hace unos años la policía está recibiendo cursos de capacitación, sueldos decentes y una limpia importante de corruptos. Esperemos que sigan por buen camino.

Nos sorprendió de Honduras el adelantado feminismo que tienen, y es que a diferencia de sus países vecinos, las mujeres tienen algo que decir, y con frecuencia lo que dicen es “Vete a la verga a joder a tu madre” y tan anchas se quedan. Y si sufren maltrato, hay un par de asociaciones a las que dirigirse que tampoco se andan con chiquitas. También nos sorprendió la cantidad de borrachos tirados en cualquier parte. El índice de personas que beben hasta no poder más y caen donde les pille es realmente alarmante.

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Pero en política están donde todos, asqueados por la corrupción y la poca vergüenza de sus gobernantes. Cada viernes y cada sábado, el país sale a la calle a manifestarse con antorchas, a gritarle a JOH (Juan Orlando Hernández, el presidente) que se marche, a pedir a las instituciones internacionales que se den una vueltecita por allí, y a desahogar la rabia y la impotencia que sienten cuando ven como su clase política roba con descaro los fondos de sanidad, mientras sus enfermos mueren por falta de asistencia y medicamentos. Yo fuí. Y grité indignado. Y me emocioné al ver a los abuelitos, los ricos, los pobres, los hippies y los pijos unidos por una misma causa. Cómo me acordaba del 15M… Luego rematamos el día con un tour de cantinas que recordaré siempre. Por cierto, por aquí tambien ponen tapas, aunque aquí las llaman bocas.

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Nos podríamos haber quedado dos días más, o dos semanas más, disfrutando con esta maravillosa familia. Degustando los exquisitos platos que se hacen por aquí, como las baleadas, el tapao, la sopa de capirotada o las pupusas. Pero estamos en lo que estamos. Nicaragua nos esperaba. Ya teníamos couchsurfer en León. Así que carretera y manta. Pusimos rumbo al país sandinista.

SURFEANDO GUATEMALA

Ya visitamos Guatemala en 2007, de modo que no estaba previsto turistearlo, pero tampoco era un país de tránsito porque en la ciudad capital vive la hermana de Alma y, por supuesto, pensábamos parar una temporadita en su casa. Las cosas que nos pasaron allá las dejamos para nosotros, porque no dejó de ser un paréntesis familiar dentro del viaje. Aún así algo sí que podemos contaros.

Decidimos ir desde la frontera con México a Quetzaltenango, Xela para los amigos, porque no la conocíamos y nos habían hablado muy bien de ella. El camino resultó un pelín tortuoso. Guate-28 LOWYa habíamos Guate-14 LOWolvidado los chicken bus, y nos tocó recordarlo en un viaje de cuatro horas compartiendo asiento con un notas borracho, empeñado en hablarme en inglés, y en pedirme dinero una y otra vez, y otra, y otra… Pero no todo fué malo, fijaros que pudimos conocer una de las que a buén seguro será canción de nuestra vida.

Llegamos a Xela bien entrada la noche. El autobús paraba en las afueras, como siempre en zona conflictiva. Como siempre estábamos sin teléfono, sin WiFi, y por ende, sin opciones de comunicarnos con nuestra couchsurfer. Pero como siempre nos las arreglamos para llegar sanos y salvos a casa.

Después de todo lo que nos habían hablado, y con el recuerdo que teníamos de Guate, la verdad es que Xela nos resultó un pelín insípida. Aún así, tuvimos la suerte de asistir a clases de salsa con Néstor. Visitar los lavaderos públicos de agua tibia de Cuatro Caminos, y dar una vueltecita por la ciudad. Nos fuimos pronto. Demasiado viaje, bastante cansancio y demasiadas ganas de llegar a casa de Eva, la cuñadísima/hermanísima.

La ciudad de Guatemala apenas tiene nada que ofrecer, y el tiempo que pasamos allá apenas salimos de casa un par de veces para hacer compras, o a la cafetería de enfrente. Disfrutamos un montón de las delicias culinarias de Eva, y arrasamos con el jamón, el queso y la morcilla que se trajera de España. Allí estuvimos hasta su cumple, después continuamos con la ruta.

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 Pero no nos fuimos sin reencontrarnos con La Antigua, que sigue siendo igual de hermosa, igual de interesante. Visitamos la Casa Popenoe, que no habíamos visto en aquel viaje que hiciéramos en 2007. Y nos alegramos bastante. Tuvimos la inmensa suerte de hacer un tour privado, con un guía excepcional y un ambiente súper amigable. No por nada Alberto y Loren son seguidores de éste nuestro blog. Charlamos, descubrimos y aprendimos que la Antigua es lo que es, y es como es, porque un señor americano de nombre Wilson Popenoe hizo lo que hizo en esa casa. ¡Alucinante!, descubrimos unos platos de Fajalauza adornando la pared, y es que resulta que el señor Popenoe era de veranear en Almuñecar, no en vano, fué él quien introdujo los primeros aguacates en la zona (trabajaba en la América Fruit Company). Aprendimos que las iglesias en ruinas de la Antigua, la mayoría sin techos, no es que lo perdieran en terremotos o erupciones volcánicas, o por el paso del tiempo, es que se los quitaron para hacer cafetales. Visita obligada en La Antigua.

Como obligado es ir a comer a “la Canche”, por lo barato, por lo rico, por el loro de la cocina, el atractivo de las meseras y… No sabría explicarlo, es una experiencia, no como comer en el Bully, es más bien como ser parte de una película de Berlanga o Buñuel, que en paz descansen.

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Por lo demás, hicimos nuevos amigos, conocimos personajes de lo más interesante y también de lo menos. Descubrimos el delicioso pan de banano, continuamos comiendo tortillas de maíz o de harina, como las de México pero más gruesas. Y nos fuimos de unos de los países más peligrosos del mundo, donde todos los negocios tienen un tío con arma larga en la puerta, y todos los abarrotes tienen rejas que impiden el paso al interior.

Nos íbamos tranquilos, sin novedad, a otro de los países más peligrosos del mundo: Honduras.