SURFEANDO COLOMBIA (Primera Ola)

Por fin, despés de 4 meses, llegábamos a Colombia, la desconocida y tan vilipendiada Colombia. Hubo que ir en avión porque el paso terrestre entre Panamá y Colombia no existe, solo es selva.

Aterrizamos en Medellín, ciudad natal de Fernando Botero,  porque a buen seguro nos iba a gustar, pero tristemente como ciudad no es especialmente destacable. Eso no quitó que disfrutarámos de sus gentes y de su gastronomía, y de sus precios (estábamos de nuevo en un país económicamente asequible). Nos volvimos fanáticos de las arepas paisas, por desgracia no volvimos a encontrarlas con facilidad en el resto de Colombia.

El primer día en Medellín nos tocó ir de bautizo (encantados, por supuesto); la gran mayoría de asistentes eran emigrantes colombianos en España o lo habían sido, así que estábamos como en familia. Fué en este evento familiar donde trazamos nuestra ruta por Colombia, porque no teníamos ni idea de qué hacer ni a dónde ir.  Caño Cristales y el Amazonas se convirtieron en nuestros próximos objetivos, sí o sí.

Y como Colombia es muuuuuy grande, y las carreteras muuuuuy malas, en nuestra ruta hacia Caño Cristales tendríamos que hacer varias paradas.

La primera de ellas sería en Neiva. Tampoco Neiva es una ciudad para tirar cohetes. Y no digo ná con la numeración de las calles y carreras, porque no es lo mismo una calle que una carrera, las calles son de norte a sur y las carreras de este a oeste. ¿Por qué coño en estos países no ponen nombre a las calles?, todo es a base de números, y para complicarlo aún más, si cabe, tenemos la calle 33, la calle 33a, la calle 33b…, y es que ni los mismos vecinos se las conocen. Bueno, todo este lío para decir que no fué fácil encontrar la casa de nuestro nuevo couchsurfer, de hecho, la búsqueda fué casi motivo de divorcio.

Aprovechando la cercanía, nos fuímos a acampar una noche al Desierto de la Tatacoa. Íbamos a ver las estrellas como nunca, pero estaba nublado. Nos dijeron que en la noche refrescaba bastante, así que cargamos la mochila con toda nuestra ropa de abrigo, pero el calor dentro de la tienda era insoportable. No resultó la noche como esperábamos.

La segunda parada fué en San Agustín, con un parque arqueológico del que pasamos tres kilos. Íbamos buscando experiencias con indígenas y ayahuasca (yagé en colombiano). El jefe indígena estaba de viaje, y el yagé… bueno, parece que estaba con el indígena. Nos fuímos sin ver nada.

La última parada del camino era San Vicente del Caguán. Ya nos adentrábamos en zona roja, territorio de la guerrilla, pero ahora están en período de negociaciones y todo está muy tranquilo. Nos estábamos convirtiendo en pioneros, ni los mismos colombianos conocen la zona y todo el que vá para allá lo hace en avión.

El viaje desde San Vicente a La Macarena podemos considerarlo como uno de los peores que hayamos hecho en nuestra vida, tan solo comparable al que una vez hiciéramos en África, entre Burkina Faso y Mali. Hicimos un trayecto de 110 kms subidos en la parte trasera de una pickup en ¡tan solo 7 horas!. El camino no está asfaltado y  es un puro bache, llegamos con tierra hasta en el páncreas. Muchos controles del ejército en el camino, controles preparados con tanques y bien atrincherados; pero nos trataron con una amibilidad extraordinaria. No deja de ser chocante el que un soldado te desee buen viaje y encima te despida con bendiciones; alguno incluso se alegró por ver a los primeros extrangeros viajando por tierra en aquellos lares. ¿Os acordais de Íngrid Betancourt?, pues muchas veces le dijeron : – No te acerques por allá Ingrid, que es peligroso. Nosotros tampoco hicimos ni puto caso.

Y llegábamos a un pequeño pueblo tomado por el ejército, donde todavía se respira cierto ambiente tenso, donde los precios son más caros, porque de cada refresco que se vende 200 pesos son para los muchachos. Donde existe una tremenda falta de organización en cuanto al turismo, y donde algún que otro guía quiere sacarte bien los cuartos.

Pese a todo, al fin veríamos Caño Cristales, el río de los cinco colores, porque en su fondo se reproducen plantas acuáticas de diversos colores, la especie Macarena clavigera. Maravilla de la naturaleza. Un paraje excepcional, único en el mundo.

Y ahora tocaba el Amazonas, pero desde La Macarena no hay camino hacia adelante, y tampoco es posible llegar por tierra a Leticia, en el Amazonas; una vez más la selva no nos dejaba paso, así que no quedó otra opción que volver por donde habíamos venido con destino a Bogotá, donde cogeríamos el vuelo a Leticia.

 

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