SURFEANDO BRASIL

Entrábamos al país carioca casi de milagro, porque las colas en la aduana de Tabatinga eran insufribles. Embarcamos los últimos en el barco, por lo que el registro, aunque exhaustivo, no llegó a los límites que leímos en internet, aunque volverían a repetirse varias veces más a la llegada a otros puertos. Y como fuímos los últimos, ya no quedaban buenos sitios para colgar la hamaca.

En estos barcos, el viaje se hace en un espacio común donde cada cual cuelga su propia hamaca. Hay que tener cuidado con las cosas, pero el ambiente es agradable y es fácil encontrar locales y viajeros para pasar el rato. Pero eso de navegar el Amazonas suena mucho más romántico y aventurero de lo que en realidad es.  El paisaje es monótono, aunque los atardeceres y las estrellas son espectaculares. La comida no es mala, pero el tercer día ya resulta pesadita. Se pueden avistar delfines, y bajar en cualquier puerto a beber, porque en el barco el alcohol está prohibido. Para nosotros los tres días y sus noches resultaron el escenario perfecto para la lectura.

Son casi 2.000 kms los que separan Tabatinga de Manaos. Para nosotros es el Amazonas, para ellos es el Solimões, que sólo cuando se une al río Negro es puramente Amazonas. Y es ahí, en ese encuentro entre los dos ríos, ya casi llegando a la capital del Estado de la Amazonía de Brasil, cuando ocurre la magia.

La unión de los ríos Solimões y Negro es un verdadero capricho de la naturaleza. El uno es color café con leche, el otro negro (color té negro); el uno transporta sedimentación alcalina, el otro la arrastra ácida; el uno es tibio y lento, el otro es frío y rápido. Aunque sean almas gemelas, el encuentro, con tales diferencias, es harto difícil. Por decenas de kilómetros luchan sin mezclarse, hasta que finalmente se funden dando origen al Amazonas. Pero nosotros no llegaríamos tan lejos.

Bajamos en la recalurosa Manaos, una ciudad que bien podría ser la capital del caos. Y aunque está plantada en el corazón de la selva amazónica, ofrece bastante poco a nivel turístico, y lo que ofrece no está dentro de nuestro interés o bien de nuestro presupuesto.

Las ganas de volver a España se hacían más y más grandes y las ya cercanas fechas navideñas hicieron que nos decidiéramos a volver directamente a casa y dejar Brasil marcado como un enorme e interesante país al que  volver, sin lugar a dudas. Así que nuestra estancia en Manaos estuvo marcada por la compra del vuelo de regreso a España.

Pasamos con Marcel, nuestro couchsurfer, una agradable semana, donde hubo espacio para la compra del vuelo, para experimentar de nuevo con la Ayahuasca y para manifestarse en las calles.

La compra del vuelo resultó harto difícil, hubo que solicitar inclusive ayuda desde España, pero lo conseguimos, y así el día 30 de diciembre volaríamos desde Sao Paulo a España. La sorpresa estaba preparada, llegaríamos la noche del 31 de diciembre gracias a nuetros amigos Koke y Lara.

Nuestro paso por Brasil coincidía con un momento político bastante intenso. Hubo una macromanifestación en todo el país, que sorprendentemente en este caso era para apoyar al Gobierno; la derecha no conforme con el resultado de las elecciones amenazaba con un golpe de estado, pero esta vez ganó la calle por goleada.

Entretanto, tuvimos nuestra ceremonia de Ayahuasca en una comunidad religiosa; aquí lo llaman Daime, por aquello de “daime luz”. Íbamos todo emocionados, pero para Alma no pasó de un ataque de risa y para mí, ná de ná again. Probablemente los cantos en portugués no nos guiaron al trance; y es que el portugués hablado despacito se entiende, pero de corrido no pillas ni jota. Quien sí se fué tres pueblos fué nuestro compañero Marcel. Muy buen cocinero, por cierto.

Y como había que esperar unos diítas más para nuestro vuelo a Sao Paulo, nos fuímos a casa de Stefan, un couchsurfer alemán. Esto fué ya el relax total; la casa para nosotros solos, porque Stefan apenas paraba más que para dormir. Nuestro aire acondicionado, nuestra piscina; rabia nos daba de tener que salir a comprar.

Y llegó el día 24 y pasamos la Nochebuena de aeropuerto en aeropuerto: 3 aviones y cuatro depegues con su cuatro aterrizajes. Nuestra cena de Navidad fueron unas empanadas para Alma y una hamburguesa para mí.

A la llegada al aeropuerto de Sao Paulo estaban esperando nuestros nuevos couchsurfers, Diego y Aline. Nos encantó que vinieran a buscarnos. Con ellos estuvimos el tiempo justo para terminar el Call of Duty, pasar un par de veladas encantadoras y mentalizarnos de la vuelta a casa, una mentalización que casi nos lleva al divorcio porque ya empezábamos a sufrir la crisis que se avecinaba tras dos años outside the system.

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Con Diego y Aline.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SURFEANDO COLOMBIA (Segunda Ola)

Esta vez habíamos reservado plazas con antelación en la cabina de la pickup y en la ruta más corta y más decente, ¡sólo 5 horas!. Cómo cambió el cuento esta vez. Lo más chungo del camino eran los puentes en las quebradas, a base de tablones. Y esta vez pudimos disfrutar del hermoso paisaje verde, constituido en su mayor parte por grandes fincas de ganado, a la par que de los desgarrados temas de “amor y despecho” que la emisora de radio emitía, a los que siguieron temas del archiconocido vallenato colombiano (salsa para los apócrifos en la materia). Pero lo más espectacular del viaje fué la facilidad con la que los colombianos y colombianas hablan de sus flirteos extramaritales, es algo como muy asumido el papel de cornuda de la mujer y del de mujeriego del hombre. Pocos son los matrimonios que siguen largos años con el primer núcleo que se formó.

No me cansaré de repetir la cantidad de buena gente que hay en el mundo. Fué termiando el trayecto cuando una de nuestras acompañantes de viaje nos invitó a pasar la noche en su casa para continuar el viaje al día siguiente a Bogotá. Y así fué como sin proponérnoslo pernoctamos en El Paujil gracias a Dina y a Estela.

La vida de Dina no ha estado marcada por la fortuna, su hermano fué asesinado por los paramarilitares y su padre desaparecido. Y recientemente ha superado un cáncer de ovarios gracias a las hierbas que le dió su yerbatero.

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Con Dina y Estela.

Y llegamos a Bogotá, ciudad que no teníamos previsto visitar, ya que nos habían hablado no muy bien de ella, y, sin embargo, nos sorprendió muy gratamente.

El sistema de transporte en Bogotá nos fastidió un poco la llegada, los autobúses que nos llevaban a casa de nuestro couchsurfer solo  admiten pasajeros que porten la tarjeta de la compañía, así que ahí estábamos viendo como pasaba uno y otro y otro… sin poder subirnos, hasta que un buen señor con el que estábamos conversando hizo uso de la suya y nos pagó el viaje. De nuevo, la gente buena abunda.

Nuestra estancia en Bogotá estaba determinada por la compra del vuelo a Leticia, así que la estancia nos dió casi para dos semanas.

En la primera semana David, nuestro couchsurfer, nos sorprendió con la visita a la Catedral de la Sal, construida en el interior de las minas de sal de Zipaquirá. ¡Sorprendente!.

Y en la segunda semana, en casa de Mauro, nos dejamos sorprender por el bonito casco histórico de Bogotá, el barrio de La Candelaria, donde degustamos el té de coca. Mauro no es couchsurfer, Mauro fué uno de los compañeros de fatigas en la parte trasera de la pickup en el dificultoso viaje de San Vicente a La Macarena, y no dudó en invitarnos a pasar unos días en su casa (ya se sabe, los momentos difíciles unen mucho).

Hubiéramos podido ver y hacer mucho más, sin duda, pero a estas alturas del viaje, ya solo queremos descansar, descansar y descansar; además que Bogotá no es una ciudad fácil para moverse, los trayectos se hacen eternos debido al tráfico y los autobúses megaabarrotados y la inseguridad y…

Y, por fin, llegó el día D y nos fuímos a Leticia, ciudad fronteriza con Brasil. El aterrizaje en Leticia ha sido, sin duda, el más bonito que hayamos hecho nunca. El paisaje desde el avión es una auténtica belleza, no cabe un alfiler entre tanto árbol, y es que estamos hablando del mismísimo Amazonas.

Llegábamos un domingo y como contraste nos encontrábamos con una ciudad sucia y casi desierta, la visión era bastante deprimente. Pero todo cambió al día siguiente, las calles cobraron vida y amanecieron mucho más adecentadas. Hicimos nuestras pesquisas para averiguar sobre el trayecto por el Amazonas hacia Manaos, Brasil, y de camino contratamos un tour por la zona, después de disfrutar de un maravilloso desayuno a base de jugo de lulo, al que somos adictos, con buñuelos (unas bolas de masa dulces de queso que nada tienen que ver con los buñuelos de España). Y al atardecer disfrutamos en el Parque de Santander de la llegada de los loros. Impresionante algarabía y baile acrobático de centenares de loros. Y por la noche descubrimos las tapiocas, pan de harina de yuca, que nos comimos bajo una tromba de agua.

Como siempre, huyendo del turisteo, hicimos un tour fuera de lo convencional, de hecho, íbamos solos con el guía. Gracias a dios, el enemigo público número uno, los mosquitos, fueron bastante amables con nosotros y el paseo por la selva fué bastante agradable. Vimos al mono más enano de América, el mono leoncito; conocimos al árbol caminante; visitamos la Reserva Natural Victoria Regia donde crece la planta victoria regia, su única hoja puede alcanzar los 3 metros de diámetro, aunque ahora no estaban muy grandes, posee la flor mas grande de los lirios de agua, también se la conoce como flor de lotto; y fuímos espectadores de la espectacular llegada de las golondrinas, miles y miles se aglomeran en un punto en el espacio para ir bajando ordenadamente en grupos a sus respectivas ramas a dormir. Está claro que a las 5 de la tarde todos los pájaros se van a la cama. A todo esto hay que añadir las historias del lugar, llenas de seres de otros mundos que a veces se dan un garbeo y cofraternizan con el personal.

Y a la mañana siguiente, entre carreras entre oficinas de migración, y dos horas de cola, llegamos milagrosamente justo cuando el barco se  disponía para zarpar rumbo a Manaos. Ya estábamos en Brasil.

Atrás quedaba Colombia, un país muy bacano. Cuando se dice Colombia lo primero que viene a la mente son las palabras en mayúsculas VIOLENCIA y DROGA, un lastre que les pesa muchísimo. Para hacer honor a la verdad, algo de violencia sí que hemos encontrado. En Medellín, nada más llegar, aún con las mochilas a cuestas fuímos testigos a la entrada del metro de un enfrentamiento entre jóvenes y policías, y otro de los días que fuímos a jugar al casino, estando nosotros dentro, asesinaron a un hombre de un disparo en la avenida que pasa justo al lado. Pero ésta es toda la violencia que hemos visto. Y en cuanto a la droga, sí, es verdad, hay, y a precios ridículos.

Colombia es grandiosa por su gente y tiene mucho por explorar, pero no solo por los turistas sino por los mismos colombianos, que prácticamente no la conocen, no en vano es un país donde el gobierno no interviene en el 60% de su territorio. Tiene una variedad inmensa de frutas: el sabor dulce de las granadillas es espectacular, el tomate de árbol es una fruta con  gusto final a tomate, el jugo de lulo es impresionante, y así un sinfín. Al café lo llaman “tinto” y al café con leche “perico”; pero, para su desgracia, ellos toman solo el café malo porque el bueno se destina a la exportación. Encontrarás comidas como el ajiaco, el sancocho, la lechona, la mazamorra; y bebidas como el masato, preparada con maíz o el guarapo, hecho de panela. La panela, el azúcar sin refinar de la caña de azúcar, es un pilar base en la alimentación colombiana. El pan que venden suele ser dulce, encontrarás una gran variedad, entre ellas las almojábanas, e innumerables panaderías, pero es difícil encontrar pan salado, debes de ser muy explícito porque inclusive las pizzas tienen su masa dulce. En fin, mucho bueno en este inmenso país de gente amable.

Y ahora comenzaba nuestra ÚLTIMA OLA.

 

SURFEANDO COLOMBIA (Primera Ola)

Por fin, despés de 4 meses, llegábamos a Colombia, la desconocida y tan vilipendiada Colombia. Hubo que ir en avión porque el paso terrestre entre Panamá y Colombia no existe, solo es selva.

Aterrizamos en Medellín, ciudad natal de Fernando Botero,  porque a buen seguro nos iba a gustar, pero tristemente como ciudad no es especialmente destacable. Eso no quitó que disfrutarámos de sus gentes y de su gastronomía, y de sus precios (estábamos de nuevo en un país económicamente asequible). Nos volvimos fanáticos de las arepas paisas, por desgracia no volvimos a encontrarlas con facilidad en el resto de Colombia.

El primer día en Medellín nos tocó ir de bautizo (encantados, por supuesto); la gran mayoría de asistentes eran emigrantes colombianos en España o lo habían sido, así que estábamos como en familia. Fué en este evento familiar donde trazamos nuestra ruta por Colombia, porque no teníamos ni idea de qué hacer ni a dónde ir.  Caño Cristales y el Amazonas se convirtieron en nuestros próximos objetivos, sí o sí.

Y como Colombia es muuuuuy grande, y las carreteras muuuuuy malas, en nuestra ruta hacia Caño Cristales tendríamos que hacer varias paradas.

La primera de ellas sería en Neiva. Tampoco Neiva es una ciudad para tirar cohetes. Y no digo ná con la numeración de las calles y carreras, porque no es lo mismo una calle que una carrera, las calles son de norte a sur y las carreras de este a oeste. ¿Por qué coño en estos países no ponen nombre a las calles?, todo es a base de números, y para complicarlo aún más, si cabe, tenemos la calle 33, la calle 33a, la calle 33b…, y es que ni los mismos vecinos se las conocen. Bueno, todo este lío para decir que no fué fácil encontrar la casa de nuestro nuevo couchsurfer, de hecho, la búsqueda fué casi motivo de divorcio.

Aprovechando la cercanía, nos fuímos a acampar una noche al Desierto de la Tatacoa. Íbamos a ver las estrellas como nunca, pero estaba nublado. Nos dijeron que en la noche refrescaba bastante, así que cargamos la mochila con toda nuestra ropa de abrigo, pero el calor dentro de la tienda era insoportable. No resultó la noche como esperábamos.

La segunda parada fué en San Agustín, con un parque arqueológico del que pasamos tres kilos. Íbamos buscando experiencias con indígenas y ayahuasca (yagé en colombiano). El jefe indígena estaba de viaje, y el yagé… bueno, parece que estaba con el indígena. Nos fuímos sin ver nada.

La última parada del camino era San Vicente del Caguán. Ya nos adentrábamos en zona roja, territorio de la guerrilla, pero ahora están en período de negociaciones y todo está muy tranquilo. Nos estábamos convirtiendo en pioneros, ni los mismos colombianos conocen la zona y todo el que vá para allá lo hace en avión.

El viaje desde San Vicente a La Macarena podemos considerarlo como uno de los peores que hayamos hecho en nuestra vida, tan solo comparable al que una vez hiciéramos en África, entre Burkina Faso y Mali. Hicimos un trayecto de 110 kms subidos en la parte trasera de una pickup en ¡tan solo 7 horas!. El camino no está asfaltado y  es un puro bache, llegamos con tierra hasta en el páncreas. Muchos controles del ejército en el camino, controles preparados con tanques y bien atrincherados; pero nos trataron con una amibilidad extraordinaria. No deja de ser chocante el que un soldado te desee buen viaje y encima te despida con bendiciones; alguno incluso se alegró por ver a los primeros extrangeros viajando por tierra en aquellos lares. ¿Os acordais de Íngrid Betancourt?, pues muchas veces le dijeron : – No te acerques por allá Ingrid, que es peligroso. Nosotros tampoco hicimos ni puto caso.

Y llegábamos a un pequeño pueblo tomado por el ejército, donde todavía se respira cierto ambiente tenso, donde los precios son más caros, porque de cada refresco que se vende 200 pesos son para los muchachos. Donde existe una tremenda falta de organización en cuanto al turismo, y donde algún que otro guía quiere sacarte bien los cuartos.

Pese a todo, al fin veríamos Caño Cristales, el río de los cinco colores, porque en su fondo se reproducen plantas acuáticas de diversos colores, la especie Macarena clavigera. Maravilla de la naturaleza. Un paraje excepcional, único en el mundo.

Y ahora tocaba el Amazonas, pero desde La Macarena no hay camino hacia adelante, y tampoco es posible llegar por tierra a Leticia, en el Amazonas; una vez más la selva no nos dejaba paso, así que no quedó otra opción que volver por donde habíamos venido con destino a Bogotá, donde cogeríamos el vuelo a Leticia.

 

SURFEANDO PANAMÁ (Cuarta Ola)

Esta vez la situación era diferente en el Hotel Boca Brava, si bien llegamos con cierto recelo por los despechos de la vez anterior, resultó grato descubrir que esta vez éramos bienvenidos. Encontramos el personal ampliado, nuevas caras, nuevos voluntarios y nuevos clientes. Pasamos unas semanas de maravilla, siendo felices y disfrutando de nuestras nuevas y renovadas amistades.

Estábamos ganando algo de pasta, por lo que viajar a Colombia ya era una realidad. Compramos los billetes con tiempo suficiente para terminar el bote, aunque el Universo se puso en nuestra contra los últimos días y por unas cosas o por otras quedaron pequeños detalles por terminar.

Muchas lágrimas derramamos el último día, esta vez dejábamos atrás intensas experiencias y buenas amistades. Pero el viaje must go on. Quién sabe, quizá volvamos un día para reparar el Catamarán de Brad.

 

SURFEANDO PANAMÁ (Tercera Ola)

En Bocas del Toro, contra todo pronóstico, vivimos un pequeño infierno.

El trabajo en el barco venía a trompicones: cuando no era la lluvia era la falta de materiales, o la falta de dinero para pagarnos. La cuestión es que el tiempo pasaba y nosotros, lejos de hacer dinero, gastábamos y gastábamos.

Al poco hice un trato con un canadiense para diseñarle unos flyers, fotos y vídeos de un tour en catamarán, el Jade Dragon. El trato era bueno, pero el canadiense se fué de viaje y nos dejó el pago a medias. Y si a esto añadimos la lluvia, la falta de turistas y factores ajenos a nosotros, el trabajo se quedó sin finalizar. 

El asunto del dinero no nos era favorable y Bocas es, sin duda, el lugar más caro de todo Panamá, pero estábamos viviendo en un velero. ¡Qué romántico!.

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El “Shadok II”.

Nos visitaron incluso unos amiguetes españoles que conocieramos en el hotel. ¡Qué bonito!.

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Empezamos a pescar para autoabastecernos de comida. ¡Qué chulo!.

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Pero a medida que el tiempo pasaba, el velero se hacía más y más pequeño, los contras superaban con creces a los pros: sin internet, sin corriente eléctrica (apenas una batería para las luces), sin apenas agua potable… Aprendimos a usar el agua de mar para casi todo, a ducharnos aprovechando las fuertes lluvias, a maximizar el uso del iPad y del ordenador. Pero los inconvenientes empezaron a pasar factura en nuestro estado de ánimo, y día a día perdíamos fuerzas para continuar. Si al menos hubiésemos tenido un dingui para ir al pueblo. Si al menos nos hubiesen enseñado a arrancar el motor del barco para generar electricidad. Si al menos nos hubiesen dicho dónde cargar bidones de agua potable…

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Hacíamos guardia en cubierta por si algún vecino de barco pasaba con su dingui a tierra, de esta manera ahorrábamos 4 dólares en taxi y cargábamos los devices y mirábamos internet, y veíamos las mismas caras en los mismos sitios, y comprábamos la misma mala comida en los mismos supermercados. En una de éstas Brad, el dueño del Hotel Boca Brava, nos contactó por e-mail y nos propuso volver a terminar su bote, ¡esta vez pagándonos!. Tardamos algo más de 15 segundos en decirle que sí y una semana en marcharnos.

Una semana que dió para suplicar por agua potable en cada negocio y casa del pueblo. Una semana que dió para comprar tranchetes sueltos (el precio del paquete es prohibitivo). Una semana que dió para pelearnos con los desagradables taxistas, para…

Nos íbamos con regomeyo; atrás dejábamos a Roger solo, trabajando (o no) en el “Marita”. Dejábamos un trabajo casi hecho y a medio cobrar, y la ilusión perdida de generar fondos para viajar por Sudamérica.

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También dejamos atrás bonitos recuerdos, como dormir mecidos por las olas, o el momento de descubrir como funciona el báter, las extraordinarias noches de placton, las jornadas de trabajo y charlas con Roger y las laaargas conversaciones con mi compañera…

Y así fué como un mes después, una segunda ola nos llevó de nuevo a Boca Brava.

SURFEANDO PANAMÁ (Hotel Boca Brava. Segunda Ola)

Casi ocho horas de “frigobús” desde Panamá a Horconcitos, quince kilómetros de autoestop hasta Boca Chica y una lancha hasta el Hotel Boca Brava, en la isla del mismo nombre.

Nuestro compromiso era terminar de arreglar un bote de fibra de vidrio y algún que otro trabajo de pintura, carpintería o lo que fuera… ¿Dos semanas?, ¿tres?…

El hotel en sí no está nada mal, y las condiciones del trabajo no eran malas, pero al poco de estar allá, empezamos a sufrir una alimentación hipermonótona, esto es, arroz con frijoles y pollo, cada día para el almuerzo y para la cena. Un día, y otro, y otro… Mi compañera, pelín obsesionada con la buena alimentación entró en crisis, comentó al personal de cocina, pero la respuesta fué que eso era lo que había. Yo hablé con el dueño, y el hombre hizo todo lo que pudo para variar nuestra dieta. Pero, la verdad, es que percibimos un cierto despecho por parte de algunos de los integrantes del staff del hotel. Nada grave, pero incómodo.

Los panameños no son nada fáciles (como bien decía nuestro amigo Tony), a veces rallan en la mala educación, no eran pocas las veces en que no obteníamos respuesta ante un “buenos días” o ante una pregunta cualquiera.

En cuanto al trabajo, fué grande la expectación que se creó en torno a nosotros por al arreglo del bote; nuestro modo de trabajar no era muy común por aquellos lares. ¡Cuánta razón tenía el amigo Hugo!. Las barbaridades que hacen estos panameños te hacen echarte a reír por no llorar. Ni aún con formación universitaria salen bien preparados, y es que ni los mismos profesores dan calidad a la educación. Siento ser tan duro, pero lo he vivido. Ahí tienes a Alma enseñando excel a una chica, cuyo profesor universitario no sabemos si le dieron el trabajo por bonito o por simpático (cosas ambas que dudo). Y esto es también extrapolable a la sanidad, aunque sea pagando.

Es fácil encontrar, por ejemplo, que un mecánico le cambie las zapatillas al coche y que ponga sólo una. Es fácil también que un trabajador no se presente en una semana, o dos, sin previo aviso y luego llegue como si nada. Nunca toman bien las medidas (no sabemos si lo hacen a ojo), así que en carpintería te encuentras puertas que no encajan o que se quedan cortas; en el hotel todas las puertas, sin excepción, estaban torcidas.

No es extraño, por lo tanto, que todo el que desee un trabajo bien hecho haya de recurrir a personal extranjero; los españoles estamos muy solicitados, con una titulación baja, aquí pasas directamente a director general en cualquier campo.

Así os podreis imaginar que en pocos días, buena parte del pueblo se acercase a ver cómo trabajábamos. Por ese lado nos sentíamos super bién, reconocidos y valorados. Y por otra, estábamos rodeados de belleza y animales, especialmente monos.

El universo entonces cruzó en nuestro camino a una parejita franco-española que, además de regalarnos experiencias y conversaciones súper, nos pusieron en contacto con un man en Bocas del Toro que necesitaba gente para repararle un viejo barco atunero, el “Marita“, esta vez con dinero de por medio. Y así fué como una segunda ola nos llevó de nuevo a Bocas.

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El “Marita”.

SURFEANDO PANAMÁ (Primera Ola)

Si Costa rica fué un visto y no visto, Panamá resultó ser todo lo contrario… ¡Cuatro meses fueron!.

Todo empezó en Bocas del Toro, la capital de Isla Colón, un destino idealizado, un punto obligado en nuestro camino. Su arquitectura caribeña de casistas de madera sobre pilotes y su población principalmente negra hacen de Bocas del Toro la Jamaica de Panamá.

Los bocatoreños no son especialmente abiertos, amables o simpáticos. Ignoran bastante a los turistas, a no ser que vean la forma de sacarle dinero, sólo en ese caso empezarán las sonrisas. Hablan su propio idioma, créole panameño, es una mezcla de inglés mal hablado con algunas palabras en español; es ininteligible, no hay dios que se entere de lo que dicen. Claro, que hay tanto chino como negro, porque todos los supermercados son de chinos. A diferencia de España, aquí los chinos contratan locales para trabajar. Los súper son de chinos, las tiendas de muebles de españoles y los hoteles o restaurantes son de europeos o gringos, muchos de ellos judíos. Hay muchísimos judíos en Bocas.

Llegamos a Bocas un día de lluvia. Y al día siguiente llovió, pero en cuanto escampó un poquito nos fuimos a la archiconocida Playa de las Estrellas. Y nos entusiasmamos. Después de tanto aguacero descubrimos una playa estupenda, tranquila, hermosa y con decenas de estrellas de mar.

Y el entusiasmo nos animó a contratar un tour para el día siguiente. Y apenas salíamos rumbo a lo que sería un día fantástico, empezó la lluvia. Y ahí comenzó la pesadilla, cosa que hay que agradecer a nuestro capitán, a quien su dilatada carrera no le permitió ver la que se nos venía encima.  Fueron cuatro horas empapados, calados hasta los huesos, algunos llegando, incluso, a la hipotermia, donde una bolsa de basura cotizaba más que las acciones de Apple (entiéndase que las bolsas eran usadas a modo de chubasquero). Así que tras una dura negociación, a mitad de tour nos regresamos y quedamos emplazados de nuevo para el día siguiente, con la esperanza de encontrar un día soleado y apacible. A pesar de todo, nos reímos bastante y, como anécdota, ahí queda.

Y al día siguiente pudimos completar el tour, que en definitiva es esto:

Avistamiento de delfines
Pudimos vislumbrar apenas un poquito de la espalda de lo que supuestamente eran dos delfines, pero estaban tan lejos que podrían haber sido besugos, o atunes, o vaya usted a saber…

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Snorkeling
Apenas dí la primera zambullida le dije a Alma: “No merece la pena que gastes las lentillas.”

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Almuerzo
Nosotros llevábamos el nuestro, el de a diario: lata de salchichas picantes y lata de sardinas picantes. Algunos comieron langosta, pero al parecer era todo cáscara. Eso pasa por no comprar sardinas, ellos se lo perdieron.

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Camino al restaurante.

Cayo Zapatilla
Reserva natural. Un paraíso donde está prohibido adentrarse por razones de seguridad (los bichejos y esas cosas). Allí se arma la pelotera con todos los demás tours. Fué allí donde se grabó yo no sé qué edición de supervivientes.

Pero para nosotros quedará en el recuerdo por haber presenciado esta maravilla de la naturaleza.

Avistamiento de osos perezosos
Con suerte los ves. Con mucha suerte además se mueven, muuuuy despacio. Eso sí, los verás desde el barco, porque viven en los manglares.

Con tres días en Bocas nos dimos por más que satisfechos y partimos destino a Ciudad de Panamá. Debido a las largas distancias, en el camino hicimos parada en la ciudad de David y allí fuímos recibidos por Hugo, paisano de Albacete, quien ya nos ponía en aviso sobre la forma tan particular de trabajar de la gente de por acá. Por cierto, David no tiene nada interesante, cero, conjunto vacío.

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Con Hugo.

Y llegamos a Panamá City. La ciudad no está mal del todo, tampoco es súper, pero un par de días se pueden pasar por allá. Nosotros estuvimos en feriado, lo que es malo, pues cierran todo, no venden alcohol y todo se vuelve un poco aburrido. Aún así anduvimos para ver la Ciudad Vieja, desde afuera, eso sí, porque el precio se nos antojó prohibitivo para visitar un montón de piedras. Por supuesto, visitamos el Canal, que, la verdad, es que es alucinante. Muy recomendable. Nos comimos un “pescado a lo macho” en el mercado de mariscos y buscamos torneos de póker por todos los casinos de la ciudad. Lástima que no había.

Y mientras debatíamos en el Hotel “Red Room” acerca de la vida y sus más y sus menos, una ola nos hacía volver hacia atrás, teníamos un correo del helpX de Boca Brava:

– ¡Ostia, que nos ha contestado el de Boca Brava!
– ¡Dile que si nos paga el viaje vamos!

Y en un minuto, en menos de un minuto, pasamos de comprar unos billetes a Colombia, a unos de autobús a Horconcitos, a dónde pusimos rumbo para vivir nuestra segunda ola en Panamá.

Allá donde nos lleven las olas. Allá seguro que hay un paraíso.

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SURFEANDO EL MUNDO

Allá donde nos lleven las olas. Allá seguro que hay un paraíso.

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“Un fotógrafo tiene que ser auténtico y en su obra, debe expresar emociones, provocar reacciones y despertar pasiones.” ~ Javier García-Moreno E.

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