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SURFEANDO TAILANDIA (Primera ola)

No sé si he venido a este país tres veces porque me gusta mucho, o si me gusta mucho porque he venido tres veces, la cuestión es que soy un enamorado de Tailandia.

En esta ocasión tocó entrar por el noreste, cruzando la frontera con Laos. El destino era Kanchanaburi, pero disponíamos de tiempo suficiente para explorar un poquito la Tailandia menos turisteada y disfrutar unos diítas en alguna de sus increíbles playas antes de recluirnos en el Templo del Tigre.

Hemos parado en Ubon Ratchatani, Buriram, Phi Mai, Bangkok y Hua Hin antes de llegar a nuestro destino. Hemos conocido funcionarios, granjeros, masajistas, prostitutas y empresarios, que nos han ayudado a conocer mucho más profundamente la cultura de este país que, por cierto, ahora está tomado por los militares. Las diferencias entre la derecha y la izquierda políticas son brutales, los altercados se venían sucediendo cada vez con más frecuencia en una incansable lucha por el poder. La corrupción es de proporciones magnas y el ejército tomó el poder, por un periodo no superior a un año, dicen ellos, pero nadie les cree. Nadie habla del asunto, ahora nadie quiere tomar partido en política, pero todos quieren que vuelva la democracia.

Pero no os creáis que esto está muy cambiado, apenas se nota, no se ven militares por la calle, ni la presencia policial es “sospechosa”, aunque, para mi desgracia, sí han puesto límites a los horarios nocturnos, los bares cierran antes y el ajetreo que antes había de madrugada ya no existe. De hecho, he tenido que salir corriendo en un par de ocasiones para no tener problemas con la policía, nada grave, pero impensable antes del golpe de estado.

A pesar de todo, las gentes de este país son extraordinarias, quizá es por su condición de budistas, o simplemente por su cultura milenaria, porque nunca han sido colonizados, y eso se nota. Siempre tratan de ayudarnos cuando nos ven perdidos, siempre se interesan por nosotros y tratan de hacernos sentir bien. Hay gilipollas, como en todas partes, pero os aseguro que por aquí están menos generalizados que en España. Nadie se mete en la vida de nadie, no les importa demasiado a qué te dediques, o con quién folles, les da igual que adores a un dios o a otro, o a ninguno, si tienes más o menos dinero les es indiferente, y mucho más en qué te lo gastes. Cuando miran a una persona ven a una persona, y todo lo que acabo de decir es secundario para ellos, por eso nos gustan. Ojo, muchos son pobres, muy pobres, y nosotros, los occidentales, somos su única esperanza de obtener algunas pelas para comer, es fácil entender que eleven los precios para (“timar” ) a los turistas tanto como puedan.

En Ubon no hicimos nada interesante, no es una ciudad muy atractiva, y aprovechamos casi todo el tiempo para buscar couchsurfers en el camino a nuestro destino, playas interesantes que no se desviasen demasiado del trayecto, aprender cuatro palabrejas de Thai, y buscarnos la vida para viajar barato. Hay trenes gratis para los locales y con precios casi simbólicos para los turistas (a veces unos cuantos céntimos); son viejos, lentos, paran en cada estación y no tienen aire acondicionado, sin embargo para nosotros tienen un saborcito muy especial. Apenas encuentras extranjeros y los locales que viajan en ellos son gente humilde y muy auténtica: los niños se acercan a jugar con nosotros, y un vecino de asiento nos sorprende cuando compra galletas de piña y nos las regala, nos avisan cuando hay algo interesante al otro lado de las ventanas (monos por ejemplo), nos cuentan a dónde van y nos preguntan a dónde vamos.

En el tren
En el tren.
¡Que peste!...
¡Qué peste!…

En Buriram estuvimos unos días con Mary y su madre. Fuímos a clase de yoga, al funeral de un pariente (toda una experiencia), a comer a los mejores sitios, al nuevo mercado y al de toda la vida, paseamos por la ciudad y visitamos las ruinas de Phanom Rung National Park.

A casa de Supaporn llegamos después de un tren, dos autobuses y la pickup de un granjero; y es que esta mujer de 70 años nos dió alojamiento en mitad de ninguna parte. Con ella cocinamos, charlamos largo y tendido, y fuímos de compras a la ciudad, lo que implicaba ocho kilómetros en bici hasta la parada del autobús, para ello hicimos acopio de bicis entre sus familiares. Y allí estaban las bicis a la vuelta, sin un sólo candado, y es que en Tailandia no parece que el personal sea amigo de lo ajeno.

Y en tren llegamos a Bangkok. Una extraña sensación nos invadió cuando llegamos a una estación de tren conocida y llena de recuerdos felices. Además nos alojamos en la misma guesthouse de Khao San en la que estuviéramos dos años atrás.
Había llegado el momento de deshacerse, ¡por fin!, de la ropa de invierno que cargamos desde los inicios del viaje. Dejamos algo en las mochilas, por si las moscas, pero enviamos un paquete de ocho kilos a España. ¡Ocho kilos!.
En Bangkok asistiríamos a nuestra primera fiesta de couchsurfers, convocada por un polaco, en la super terraza de un hotel de lujo, donde no pudimos beber ni agua porque los precios eran también de lujo. Nos acompañaron nuestros amigos de Cap Pressa, una parejita de Barna que andan viajando por Asia en bici. Allí conocimos a Bay, un tailandés con quien pasaríamos la velada y cuyas recomendaciones nos llevaron a nuestro siguiente destino: Hua Hin.

Hua Hin es una ciudad costera, no masificada por turistas, pequeña, barata y con una playa bastante aceptable. Nos esperaban unos días de completo relax, comiendo, durmiendo y… comiendo y durmiendo. La guesthouse estaba casi a pie de playa, en el centro del meollo, por lo que al caer la noche yo podía ir caminando a tomar una cerveza sin miedo a perderme. Tuve la suerte de conocer a Tian, una masajista thai con la que forjé una estrecha amistad en muy poco tiempo. No penséis mal, entre nosotros no hubo sexo, ni dinero, sólo unas cuantas partidas de billar, unos cuantos bailes, y unas cuantas horas de conversación que han servido para que vea a las “chicas” de Tailandia desde un prisma mucho más cercano a la realidad.

Ahora estamos en Kanchanaburi, a pocas horas de enclaustrarnos en el Templo del Tigre, a pocas horas de pasar un mes completo sin fumar, sin berber, sin follar y sin cenar. Y es que me he propuesto pasar este mes como un auténtico monje budista, a fin de cuentas es sólo un mes, y no hay mejor manera de entender algo que experimentándolo de lleno.

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SURFEANDO CHINA (Segunda ola)

Uno de mis refranes favoritos, ese que siempre he cumplido a rajatabla, es aquél de Allá donde fueres, haz lo que vieres. Y así lo he venido haciendo en mis cuarenta y dos años de vida, hasta que llegué a China. Aquí tocan las excepciones, y es que este país es culturalmente, ¿cómo lo diría sin ofender?… ummmm……., no sé, digamos que están dormidos. El régimen los tiene catatónicos desde hace varias generaciones, no a todos, por supuesto, pero la mayoría de ellos parece que se cayeron ayer de un guindo. No quiero que me entendáis mal, los chinos , de hecho, son lo mejor de China, siempre y cuando no estés en la cola de un transporte público, entrada a lugar de interés turístico o cualquier cosa por el estilo en la que haya que guardar turno, porque entonces se mutan, se convierten en Mr. China (Ola2)-289Hyde: empujan, chillan, se cuelan con descaro, pierden las formas, el respeto y la vida, si hace falta, por entrar primero o por pillar un asiento. Una vez superado el trance vuelven a su estado normal, donde son amables, cariñosos, simpáticos y risueños.China (Ola2)-287 ¡Pero no bajéis la guardia!, antes o después habrá que salir, entonces volverán a transformarse, a empujar, a chillar y lo que haga falta por salir primero. METRO-1Mención especial al metro de Beijing, donde todas las horas son horas punta, donde literalmente he visto a los de dentro empujar a los de fuera, a los de fuera empujar a los de dentro y al metro irse con las mismas personas con las que llegó. He podido ver ancianas cojas subir escalones de tres en tres y niñas pijas, que bloqueando el acceso al vagón, son pisoteadas por la marabunta mientras esperan para entrar las primeras en el próximo tren.

Hablando de trenes. En China el tren es más barato que el autobús, y eso que los autobuses suelen ser utilizados para una segunda actividad como es el transporte de mangos, cabras muertas, coliflores, sandías… China (Ola2)-286Hay varias clases de trenes: alta velocidad, asientos blandos, asientos duros, camas blandas y camas duras, también puedes ir de pie en caso de que se acaben los asientos. Es MUY, MUY, REQUETEMUY DIFÍCIL encontrar billete en cualquiera de las modalidades en largas distancias, que, por otro lado, es lo más normal en un país tan enorme como éste, aunque si pierdes alguna vez el tren no hay problema, te dan billete para el siguiente con el mismo destino sin coste adicional.

Resulta EXTREMADAMENTE DIFÍCIL comunicarse con el personal que vende los tickets, por lo que viajar en tren por China por tu cuenta es misión cuasi imposible, antes o después pierdes los nervios, la paciencia, las formas y cualquier atisbo de educación y simpatía. Hemos llegado a ver a una de las nenas de marras, totalmente bloqueada, esconderse detrás de la mesa para que no la viéramos; resultaría casi simpático de no ser por los 4.000 chinos convertidos en Mr. Hyde que tienes empujándote detrás, cosa que aguantarías con agrado si no fuera la tercera ventanilla en la que guardas cuarenta minutos de cola con un calor insoportable y un olor indescriptible; quizá todo ello, incluso, sería llevadero si no tuvieses que estar ahí por segunda vez, porque por la mañana viviste la misma película, donde la tipa que te tocó te vendió los billetes que no eran (los que a ella le salió del jigo).

Una vez dentro del tren, y especialmente en trenes de asientos duros, te encuentras con más chinos de los que caben,China (Ola2)-282 todos gritando, comiendo pipas y guarreando el vagón más allá de lo imaginable; las sinfonías de carraspeos y escupitajos son dignas de la filarmónica de Berlín, y que se saquen los mocos, se tiren pedos, se corten las uñas de los pies o se saquen las cerillas de las orejas mientras sorben té o fideos delante de tus narices son algunos de tantos detalles escatológicos que te puedes encontrar. Ahí lo dejo amigos, pasamos más o menos la mitad del viaje en éstas y me estoy empezando a calentar. Estoy esperando a subirme a un tren y más vale llevar los chacras relajados porque sino me como a alguno.

Hablando de comer, por aquí se come de maravilla, por supuesto que no tiene nada que ver con los restaurantes chinos que encuentras en España. Hay sitios cutres por 0’80€ y sitios chic por 40€, pero en ninguno de ellos te pondrán servilletas en la mesa. Normalmente son especializados: están los de arroz, los de mié (tallarines), los de dumplins…, y es frecuente que no vendan bebidas. Los de carne dibujan el animalito que venden en los carteles: vacas, pollos, perros, serpientes…, si no hay dibujo es porque cocinan cerdo. Tienen una gastronomía bastante variada y llena de matices que dá para escribir, no una entrada, sino un blog entero. Es frecuente compartir mesa con ellos. Al principio resulta desagradable, pero pronto te acostumbras a los sorbidos, carraspeos y ruidos en general.

Hablando de ruidos, son ruidosos de cojones (no encuentro mejor calificativo). En cualquier parte, EN CUALQUIER PARTE, carraspean y escupen pollos que ya quisieran los de Payán. China (Ola2)-47Ven sus películas a todo trapo en el móvil, o juegan, o escuchan música, todos a la vez, todos a todo volumen. Cada tienda tiene su altavoz en la calle anunciando a grito pelao sus ofertas, cada dependiente su micrófono con su altavoz portátil; en esta tesitura es fácil entender que entre ellos hablen a gritos. China (Ola2)-271Las motos y algunos coches y Tuc-Tuc circulan por la acera como si llevaran el claxon cogío con cinta aislante para que no deje de sonar. ¿Sabes, cuando estás en la feria entre dos casetas y tres columpios?, pues lo mismo en cada esquina de cada ciudad.

Hablando de ciudades. Son todas modernas, no existe esa China milenaria que te venden en los folletos; bueno, existe el 20% que Mao dejó sin quemar cuando se le acabaron las cerillas, pero ojo, ¡ese 20% está rehabilitado!, modernizado, y te cobran un riñón para poder verlo. Así que, no os engañéis, si venís a China encontraréis ciudades grandes con veinte millones de habitantes o pequeñitas con cinco, pero todas remodernas y en constante crecimiento. Ciudades ruidosas, como os contaba, donde los pasos de peatones sólo sirven para saber donde te vas a jugar la vida al cruzar una calle, donde para ir de una punta a la otra nadie te quita las tres horas, donde los autobuses urbanos o metros llevan el triple de su aforo, donde los taxistas no te llevan si no les sale de los güevos. Ciudades donde la ropa está tendida en las calles, donde hay servicios públicos en todas las esquinas, casi siempre con alguno cagando con las puertas abiertas, si es que hay puertas, donde estás permanentemente vigilado por cámaras de seguridad, donde los comercios son temáticos por calles: la calle de las tiendas de deportes, la de las tiendas de muebles, la de las ferreterías… en las que sueles encontrar a los dependientes durmiendo. Ciudades donde sólo encuentras wifis de milagro, y cuando la encuentras descubres que internet está censurado, y lo que no censuran lo retardan para que desesperes y desistas; ciudades donde se te quedan mirando por ser occidental, o se acercan para ver lo que haces en tu iPad, donde te hacen fotos sin que te des cuenta y donde te piden que poses con ellos para la foto; ciudades donde los niños no usan pañales, llevan pantaloncitos abiertos y mean y cagan allá donde les cogen las ganas; ciudades donde ves a pocas mujeres fumar en público, vistiendo  pantalones diminutos, tacones enormes y cuidándose obsesivamente por que no les dé el sol, donde hay pocos calvos y pocos gordos; ciudades, ciudades, ciudades…

Esta segunda ola nos ha llevado a unas cuantas de ellas: Guangzhou, Chaozhou, Xiamen, Hangzhou, Shanghái, Beijing, Taiyuan, Pingyao y Xi’an. En este periplo hemos conocido gente absolutamente maravillosa y algún que otro imbécil; hemos dormido en hoteles, guesthouses, casas de familias, MacDonalds y en la puta calle; hemos comido marranadas en la calle, delicatessen en restaurantes de lujo y comidas caseras; hemos bebido cerveza fresquita y agua caliente; hemos paseado bajo lluvia torrencial y bajo el sol de justicia con paraguas y sin paraguas; hemos aprendido un poquito de chino (mandarín); nos han engañado, nos hemos dejado engañar y nos hemos peleado para que no nos engañen; hemos ido a donde nos han recomendado y a donde nos ha salido de los güevos; hemos reído y hemos llorado; nos hemos relajado y desesperado, amado y odiado, y eso en sólo dos meses de viaje.

Ahora estamos locos por irnos, por dejar de hablar de China, por terminar esta entrada y sus fotos para dejar este episodio atrás. Es posible que en Laos nos espere más de lo mismo, seguramente sí, pero si decidimos viajar como lo estamos haciendo es precisamente para vivir lo que estamos viviendo, para lo bueno y para lo malo, en la salud y en la enfermedad, hasta que el mundo se nos acabe.

SURFEANDO MONGOLIA

¡Mongolia!. Escribo esta entrada, como es habitual, a toro pasado; lo hago desde un tren en China, apenas unas horas después de haber dejado atrás el que era una de los más soñados destinos del viaje. Es hora de ordenar recuerdos, de resumir todas las experiencias vividas y plasmar en pocas líneas el revoltijo de sentimientos que nos llevamos de allí. (Pido disculpas por anticipado porque creo que la extensión de este post se me va de las manos).

Quedaban apenas diez minutos para que el tren arrancase y dejásemos atrás el país de las gers. Estaba detenido en la comisaría de la estación acusado de fumar un cigarrillo (en Mongolia está prohibido fumar tabaco). Trataba de explicarle al policía que habíamos gastado hasta el último tugrik porque nos íbamos del país, y que me parecía un poco exagerado que me enchironaran por fumar un cigarro, pero él sólo me daba dos opciones: o pagar 5.000 tugriks o pasar la noche en el calabozo. Alma sollozaba en la puerta de la comisaría tratando de comprender mi adicción al tabaco. El tren estaba a punto de salir, pero mi ángel de la guarda no me defraudó, se presentó en forma de abogado. No sé de qué forma este buen samaritano se dió cuenta de mi problemón, entró en la comisaría y se puso a discutir “a grito pelao” con el poli, yo sólo podía pedir perdón en todos los idiomas que sabía y alguno que me inventaba para la ocasión. Salimos juntos de la comisaría dando efusivamente las gracias y corriendo para no perder el tren que ya estaba saliendo. Y es que cuando las cosas salen mal, salen mal, y en Mongolia todo se nos vino del revés.

La aventura empezó en Ulán Udé (Rusia). El autobús a Ulán Bator salía a las 7:30 de la mañana de la plaza del teatro. Nosotros confirmamos y reconfirmamos el sitio y la hora de partida, incluso una chica nos llevó a la misma plaza cuando llegamos a las 4 de la madrugada desde Irkutsk. A las 10  estábamos en un hotel de cinco estrellas escuchando al recepcionista explicarnos que habían cambiado el lugar de partida varios meses atrás, pero habían olvidado actualizarlo en la web. Perdimos el autobús, no había trenes ese día a Ulán Bator y nosotros teníamos que salir de Rusia sí o sí. Por suerte, el universo está de nuestro lado y ese día nos puso a disposición un autobús aunque estuviera fuera de servicio. Allí íbamos: la familia propietaria del bus y estos dos pasajeros.

Por primera vez desde que salimos de Granada nos vimos obligados a pagar por pasar la noche, y aunque el chico del autobús nos ayudó muchísimo para encontrar una guesthouse en condiciones, ya podíamos intuir que las cosas no venían de cara. Nos fuimos a dormir, positivos como siempre, felices, y por supuesto, con el firme convencimiento de que un contratiempo no podría arruinarnos esta etapa del viaje.

La palabra clave es contratiempo, porque si hablamos de clima, nos nevó, nos llovió, “nos vientó” y nos hizo calor, pero nunca en su justa medida o en el momento adecuado. Y si hablamos de plazos, todo eran contras para poder ajustar los papeleos de la visa a China, las excursiones a los sitios de interés y el tiempo necesario para desarrollar las actividades: o nos sobraban días o nos faltaban horas. Cuando las cosas salen mal, salen mal… y a nosotros nos pillaron en Mongolia.

El asunto de la visa a China merece su entrada propia, pero cabe decir que es una auténtica pesadilla, huele a comisiones por cada papel tramitado, y cuando la deniegan, que parece lo más normal del mundo, toca esperar un mínimo de dos días para volver a pasar el calvario, y luego otros cuatro para que te devuelvan el pasaporte con el sello. A nosotros nos la denegaron la primera vez, pero en la cola conocimos a Daniel, gaditano afincado en Mongolia que nos ayudó muchísimo para superar el segundo round con éxito. Aún no sabemos por qué razón nos han dado 40 días cuando pedimos y pagamos 60 días, quizá sea por mis pelos como dice Daniel. En cualquier caso, nos ha jodido bastante. Cuando las cosas salen mal, salen mal…, y a nosotros nos pillaron en Mongolia.

La primera mañana en Ulán Bator teníamos respuesta en el buzón de couchsurfing de Masha. Nos quedaríamos en su apartamento “soviético”, conviviendo con ella, su madre, su hermano y la novia de éste durante una semana, y depués nos trasladaríamos a casa de Otgon y su familia, que incluía a Daniel, el gaditano. En ambas familias nos acogieron y nos trataron de maravilla, pero para nosotros tuvo un significado especial la segunda, porque no eran couchsurfers, sólo gente buena con ganas de ayudar a buena gente como nosotros, y aunque no tuviesen agua corriente, el baño fuese un agujero en el patio, hubiese que hacer una “excursión” para ir a las duchas públicas, y tuviésemos que atravesar las casas de varios vecinos porque el camino era intransitable incluso a pie, nos dieron todo lo que tenían, y os aseguro que cuando la gente sólo puede ofrecer amor te hace sentir muy bien.

La primera escapada que pudimos hacer fue al Parque Nacional de Terelj, donde se puede montar caballos mongoles y visitar el templo budista Ariyabal . Pero caían copos de nieve como melones y el coche no podía circular sin que lo empujáramos, el templo estaba cerrado y los caballos en la cuadra por el frío. El único paisano que disponía de bestias para alquilarnos nos quiso timar y por poco acabamos “a hostias”. Volvimos a casa como habíamos salido. Cuando las cosas salen mal, salen mal…, y a nosotros nos pillaron en Mongolia.

La segunda escapada la hicimos con el hermano de Masha (de nombre inescribible). Las siete horas de viaje de ida las pasamos tiritando; hacía un frío del copón y el coche tenía la calefacción rota, y por si fuera poco, por los bajos entraba el aire gélido de las estepas mongolas; ni los lingotazos de vodka eran capaces de quitarnos el frío del cuerpo. Con los huesos entumecidos apenas teníamos fuerzas para quitarnos de encima a la perra en celo con la que compartíamos el coche. De modo que llegamos a Tsetserleg con los dientes gastados de la tiritera, sabañones en las orejas y los vaqueros llenos de manchas. Por la mañana nos encontramos con algo más de medio metro de nieve en la puerta de casa. ¡Estábamos incomunicados en un pueblo sin internet, sin agua corriente y sin nadie que hablase cristiano!. (No os cuento la situación de tener que limpiarse con nieve cuando sobreviene un apretrón de madrugada porque resulta demasiado escatológico). Cuando las cosas salen mal, salen mal…, y a nosotros nos pillaron en Mongolia.

Está claro que en Mongolia se nos torcieron las cosas, todas las cosas. A pesar de ello, hemos conocido gente maravillosa. Hemos disfrutado de la gastronomía comiendo “Khuushuur” y “buuz” en su versión frita y al vapor,  que son empanadillas de carne , “Byaslag”, que son una especie de snacks de queso, además de los archiasiáticos noodles de siempre, y bebiendo “Süütei Tsai”, que es té de leche salado que viene incluido con la comida.

Hemos experimentado la vida al más puro estilo Mongol, incluyendo los atestados autobuses urbanos donde los viejetes nos ceden el asiento, y la conducción por la derecha y el volante a la derecha, cosa que acojona un poco, por aquello de la visibilidad.

Si os da por visitar este país, hacedlo en verano, por favor, y traeros pasta para pagar excursiones oficiales; disfrutaréis de un país encantador, donde los animales viven en libertad, las gentes son sencillas y amables y los paisajes maravillosos.

 

TRANSIBERIANO MOSCÚ-IRKUTSK

“Aprovechad los viajes en tren por la noche, así se gana un día” es lo que se dice siempre, pero no es del todo verdad, porque llegas reventado y sin ganas de nada, sólo de ducha, de comer y de dormir, porque en el tren, lo que se dice dormir, se duerme poco y malamente, especialmente cuando apenas estás tomando contacto con el mismísimo Transiberiano y la excitación del momento te puede.

Así llegamos a Kazán, cansados, hambrientos y sin apenas dormir. De modo que nos fuimos a casa de nuestros anfitriones “to take a rest”. La hospitalidad con la que nos trataron Masha y Dmitry superó todas nuestras expectativas, si vamos a visitar a algún familiar, no nos podrá tratar mejor de lo que esta pareja lo hizo con nosotros. Mención especial a Dmitry, que sin hablar inglés conseguía comunicarse con nosotros de maravilla; es increíble, pero incluso consiguió que mi abstemia y casi vegetariana compañera bebiese licores y comiese carne de caballo. ¡Grandes de verdad!.

Kazán es la capital de la república de Tartariztán, hablan ruso y tártaro; y como ciudad no tiene mucho que ofrecer: su Kremlim, sus iglesias, su calle peatonal y algún parque, nada que no se pueda encontrar en cualquier ciudad rusa. Destacar la visita que hicimos a un edificio inacabado que construía un viejo “no tan loco” con la ayuda de toxicómanos y alcohólicos a los que ayudaba a rehabilitarse, un proyecto digno de anuncio de Aquarius; pero el viejo murió, la obra está parada y el proyecto muerto. Ojalá y álguien continúe este maravilloso sueño.

Pero la magia llegó cuando veinte minutos después, contra todo pronóstico y de la mano de nuestros anfitriones, vimos cumplido uno de nuestros sueños:

A Ekaterinburgo llegamos, al igual que a Kazán, cansados, hambrientos y con sueño, después de una noche de Transiberiano; y de esta guisa nos fuimos al que era nuestro único objetivo: pisar la frontera entre Europa y Asia. Tuvimos que recorrer media Rusia para que bebiera mis primeros vodkas, y es que ya no soy el que era… Nuestras conversaciones con Iván sirvieron para que escribiese un artículo para su periódico, el internacionalmente conocido METRO.

La noche de nuestra partida, de nuevo en tren, se convirtió en una auténtica pesadilla, después de haber revisado una y mil veces el ticket llegamos con dos horas de retraso a la estación,  ¡porque lo que miramos una y mil veces no era la hora de partida sino el día de llegada a Irkutsk!, ¡el 22 del 4! Perdimos el tren, FUCK!. No sé lo que hubiese pasado si Iván no nos hubiese acompañado, porque yo solo no hubiera podido controlar a Alma y al mismo tiempo desarrollar un lenguaje de signos en ruso. Volvimos a comprar otros billetes para el día siguiente. Cuando escribo estas líneas, ya nos han devuelto una buena parte del importe de los tickets del tren perdido, aunque el despiste nos ha costado 60 eurazos. Pero no hay mal que por bien no venga, y el día extra pudimos asistir a la “procesión” del Domingo de Resurrección.

El tercer golpe de Transiberiano ya era más serio, tres noches y dos días y pico dentro del vagón. Puede parecer bastante claustrofóbico, pero bien aprovisionados como estábamos de té, comida, libros y alguna peli, lo llevamos bastante bien.

Y llegamos a Irkutsk, esta vez, sobre todo, con ganas de ducha. Nos esperaba en la estación Irina. Nuestro paso por la ciudad fué un poco de locos:  arreglar la visa a Mongolia, mucho turismo culinario ya sea en casa o en el exterior, y paso por quirófano para extracción de uña.  Mi compañera traía una infección en una herida causada hace tiempo, y como aquello empezaba a oler malamente acudimos a urgencias. Por cierto, no nos ha costado ni una perra, bendita seguridad social universal y gratuita, me invaden recuerdos tristes de España…

Hicimos una visita al lago Baikal, el tiempo suficiente para degustar la gastronomía típica y darme un chapuzón en sus requetefriísimas aguas (no digo congeladas porque no lo estaban, aunque aún se podían ver bloques de hielo); la cosa es que el mal rato, según la tradición, me ha supuesto diez años más de vida.

Por la noche hicimos una mini-fiesta en casa: bebimos cerveza artesana y nos acostamos tarde, de modo que al día siguiente descansamos, o dormimos la mona.

Nos esperaba un loco y largo viaje a Ulan Bator, pero eso será otra entrada.

En ésta sólo me queda dar las gracias a Irina, a Kirill y a Sacha por todo lo que nos dieron, con ellos se quedó un trocito de nuestro corazón.