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SURFEANDO TAILANDIA (Primera ola)

No sé si he venido a este país tres veces porque me gusta mucho, o si me gusta mucho porque he venido tres veces, la cuestión es que soy un enamorado de Tailandia.

En esta ocasión tocó entrar por el noreste, cruzando la frontera con Laos. El destino era Kanchanaburi, pero disponíamos de tiempo suficiente para explorar un poquito la Tailandia menos turisteada y disfrutar unos diítas en alguna de sus increíbles playas antes de recluirnos en el Templo del Tigre.

Hemos parado en Ubon Ratchatani, Buriram, Phi Mai, Bangkok y Hua Hin antes de llegar a nuestro destino. Hemos conocido funcionarios, granjeros, masajistas, prostitutas y empresarios, que nos han ayudado a conocer mucho más profundamente la cultura de este país que, por cierto, ahora está tomado por los militares. Las diferencias entre la derecha y la izquierda políticas son brutales, los altercados se venían sucediendo cada vez con más frecuencia en una incansable lucha por el poder. La corrupción es de proporciones magnas y el ejército tomó el poder, por un periodo no superior a un año, dicen ellos, pero nadie les cree. Nadie habla del asunto, ahora nadie quiere tomar partido en política, pero todos quieren que vuelva la democracia.

Pero no os creáis que esto está muy cambiado, apenas se nota, no se ven militares por la calle, ni la presencia policial es “sospechosa”, aunque, para mi desgracia, sí han puesto límites a los horarios nocturnos, los bares cierran antes y el ajetreo que antes había de madrugada ya no existe. De hecho, he tenido que salir corriendo en un par de ocasiones para no tener problemas con la policía, nada grave, pero impensable antes del golpe de estado.

A pesar de todo, las gentes de este país son extraordinarias, quizá es por su condición de budistas, o simplemente por su cultura milenaria, porque nunca han sido colonizados, y eso se nota. Siempre tratan de ayudarnos cuando nos ven perdidos, siempre se interesan por nosotros y tratan de hacernos sentir bien. Hay gilipollas, como en todas partes, pero os aseguro que por aquí están menos generalizados que en España. Nadie se mete en la vida de nadie, no les importa demasiado a qué te dediques, o con quién folles, les da igual que adores a un dios o a otro, o a ninguno, si tienes más o menos dinero les es indiferente, y mucho más en qué te lo gastes. Cuando miran a una persona ven a una persona, y todo lo que acabo de decir es secundario para ellos, por eso nos gustan. Ojo, muchos son pobres, muy pobres, y nosotros, los occidentales, somos su única esperanza de obtener algunas pelas para comer, es fácil entender que eleven los precios para (“timar” ) a los turistas tanto como puedan.

En Ubon no hicimos nada interesante, no es una ciudad muy atractiva, y aprovechamos casi todo el tiempo para buscar couchsurfers en el camino a nuestro destino, playas interesantes que no se desviasen demasiado del trayecto, aprender cuatro palabrejas de Thai, y buscarnos la vida para viajar barato. Hay trenes gratis para los locales y con precios casi simbólicos para los turistas (a veces unos cuantos céntimos); son viejos, lentos, paran en cada estación y no tienen aire acondicionado, sin embargo para nosotros tienen un saborcito muy especial. Apenas encuentras extranjeros y los locales que viajan en ellos son gente humilde y muy auténtica: los niños se acercan a jugar con nosotros, y un vecino de asiento nos sorprende cuando compra galletas de piña y nos las regala, nos avisan cuando hay algo interesante al otro lado de las ventanas (monos por ejemplo), nos cuentan a dónde van y nos preguntan a dónde vamos.

En el tren
En el tren.
¡Que peste!...
¡Qué peste!…

En Buriram estuvimos unos días con Mary y su madre. Fuímos a clase de yoga, al funeral de un pariente (toda una experiencia), a comer a los mejores sitios, al nuevo mercado y al de toda la vida, paseamos por la ciudad y visitamos las ruinas de Phanom Rung National Park.

A casa de Supaporn llegamos después de un tren, dos autobuses y la pickup de un granjero; y es que esta mujer de 70 años nos dió alojamiento en mitad de ninguna parte. Con ella cocinamos, charlamos largo y tendido, y fuímos de compras a la ciudad, lo que implicaba ocho kilómetros en bici hasta la parada del autobús, para ello hicimos acopio de bicis entre sus familiares. Y allí estaban las bicis a la vuelta, sin un sólo candado, y es que en Tailandia no parece que el personal sea amigo de lo ajeno.

Y en tren llegamos a Bangkok. Una extraña sensación nos invadió cuando llegamos a una estación de tren conocida y llena de recuerdos felices. Además nos alojamos en la misma guesthouse de Khao San en la que estuviéramos dos años atrás.
Había llegado el momento de deshacerse, ¡por fin!, de la ropa de invierno que cargamos desde los inicios del viaje. Dejamos algo en las mochilas, por si las moscas, pero enviamos un paquete de ocho kilos a España. ¡Ocho kilos!.
En Bangkok asistiríamos a nuestra primera fiesta de couchsurfers, convocada por un polaco, en la super terraza de un hotel de lujo, donde no pudimos beber ni agua porque los precios eran también de lujo. Nos acompañaron nuestros amigos de Cap Pressa, una parejita de Barna que andan viajando por Asia en bici. Allí conocimos a Bay, un tailandés con quien pasaríamos la velada y cuyas recomendaciones nos llevaron a nuestro siguiente destino: Hua Hin.

Hua Hin es una ciudad costera, no masificada por turistas, pequeña, barata y con una playa bastante aceptable. Nos esperaban unos días de completo relax, comiendo, durmiendo y… comiendo y durmiendo. La guesthouse estaba casi a pie de playa, en el centro del meollo, por lo que al caer la noche yo podía ir caminando a tomar una cerveza sin miedo a perderme. Tuve la suerte de conocer a Tian, una masajista thai con la que forjé una estrecha amistad en muy poco tiempo. No penséis mal, entre nosotros no hubo sexo, ni dinero, sólo unas cuantas partidas de billar, unos cuantos bailes, y unas cuantas horas de conversación que han servido para que vea a las “chicas” de Tailandia desde un prisma mucho más cercano a la realidad.

Ahora estamos en Kanchanaburi, a pocas horas de enclaustrarnos en el Templo del Tigre, a pocas horas de pasar un mes completo sin fumar, sin berber, sin follar y sin cenar. Y es que me he propuesto pasar este mes como un auténtico monje budista, a fin de cuentas es sólo un mes, y no hay mejor manera de entender algo que experimentándolo de lleno.

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SURFEANDO LAOS

Pensábamos que cualquier cosa sería mejor que China, pero a Laos llegamos con un poquito de miedo por aquello de poder encontrarnos más de lo mismo. Pero no, en absoluto. Laos es un país auténtico. Hemos encontrado bastante turismo, pero de ése que no chirría los dientes, en su mayoría mochileros, respetuosos con las costumbres, las gentes y la naturaleza del país. No es el mejor destino si lo que buscas es desparrame, fiesta y locura. Aquí se viene a mezclar uno con las gentes de los pueblos, con la jungla, los animales… La vida nocturna es casi inexistente, teniendo en cuenta que vida nocturna se puede considerar de siete de la tarde a doce de la noche. A partir de las diez ya es difícil encontrar nada abierto, pero a las cinco de la mañana empieza la vida.

Hemos visitado Luang Namtha, Oudomxay, Luang Prabhang, Vang Vieng , Vientiane, Champasak y Pakse. Las dos primeras semanas nos acompañaron las lluvias monzónicas, no es que nos importe demasiado que nos llueva, más bien nada, a estas alturas, pero hay que reconocer que se desluce un poquito el viaje. Por otro lado, cuando no llueve hace un calor del copón, y al final no sabe uno si prefiere acabar empapado en agua o empapado en sudor.

Lo ideal por estos lares es hacer trekking, pero a Alma, eso de caminar durante horas por la jungla como que no. Así que lo que hicimos fué explorar pequeñas aldeas, a las que llegábamos por caminos intransitables, comer, o tratar de comer, en lugares inhóspitos donde seguramente ningún guiri había ido a parar jamás.

El couchsurfing en Laos apenas funciona, y los pocos que hay están en la capital, de modo que decidimos intentar nuestra primera experiencia en Helpx, y en Luan Prabhang nos contestaron. Buscamos “La pistoche”, una piscina con bar regentada por Nathalie. Pero para nuestra desgracia no tenía nada interesante que ofrecernos, bueno, algo sí que tenía, el contacto de un tipo canadiense que tenía un resort a media hora de la ciudad.
– ¿Os interesa?
– Síííííí
Dos días después estábamos en Zen Namkhan Boutique Resort, fantástico lugar en mitad de la jungla, para reparar la instalación eléctrica del complejo, traducir su web al castellano, inventariar la lencería del hotel y  hacer todo aquello de lo que fuésemos capaces, eso sí, a ritmo de Laos, tranquilamente, sin prisa pero sin pausa. Era nuestra primera experiencia en Helpx, y también para Luc y para Moon, por lo que al final casi resultó una experiencia de amistad más que de intercambio de “intereses”. Yo, concretamente, encontré en Luc a uno de los míos, y cada tarde nos juntábamos en la mejor cabaña para charlar, “fumar” y beber gintonics. Podíamos haber estado un mes, o un año, o dos…, pero el propósito de este viaje es darle la vuelta al mundo, y cada país tiene su tiempo limitado (por las visas). A la semana nos fuimos. No echaremos de menos a los mosquitos, las hormigas carnívoras, las  superarañas y todo tipo de insectos king size con los que convivimos y compartimos dormitorio. Nunca olvidaremos a San, a Meng, a Monk y todo el staff con el que compartimos momentos deliciosos.

Por el camino, hemos visitado cascadas, templos, junglas, ruinas milenarias, mercados nocturnos y diurnos, y, por supuesto, el rey de Laos, el río Mekong, que lo atraviesa de norte a sur y  resulta impresionante en cada rincón que lo descubres. Hemos pasado un montón de horas en autobuses locales, aunque no hayamos hecho demasiados kilómetros. Hemos dormido en habitaciones de ensueño y en otras frías y tristes, pero en ninguna parte nos hemos encontrado un Meliá, Hilton, Mcdonalds, Starbucks, KFC, Zara, Louis Vuitton o cualquier tipo de corporación transnacional chupasangres. No los tienen y no los necesitan, quizá los conozcan,  incluso álguien los pueda desear, pero he podido ver como consumen sus propios alimentos, manufacturan sus vestidos y son la mar de felices. De la Cocacola no nos libramos.

Y como siempre, hemos conocido gentes alucinantes. Unos pocos españoles se nos han cruzado en el camino y, la verdad, es que todos han sido de lujo. Quizá es porque ya llevamos seis meses viajando, y han sido tantos los “hola y adiós”, que hemos aprendido a vivir intensamente los encuentros, máxime cuando nos une el idioma.

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Me voy de Laos enamorado de Vientiane, la capital, no porque tenga mucho que ver, porque la verdad es que ofrece muy poco en lo que se refiere a interés monumental, museístico, arquitectónico y esas cosas que hacen de las ciudades destinos ineludibles. Me enamoré de su calma, del tráfico lento, de la amabilidad de la gente y de sus noches mágicas. (No tiré ni una sola foto)

Es momento de que os vengais pa Laos, no porque nosotros nos vayamos, sino porque sobre toda su pureza planea la sombra de un imperio capitalista llamado China, porque ya se pueden adivinar vestigios de una industria turística que , ojalá me equivoque, convertirán este bello país en otro prostíbulo del Sudeste Asiático.