Película en la que participé activamente, pero terminamos hablando de nuestro viaje. Alma deslumbró con sus dotes de oradora.
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Y me detuvo la policía.
Estuvimos en la feria y, la verdad, es que ahora me arrepiento de no haber entrado a ver a Nancy, la niña más pequeña del mundo y a Lizeth, la mujer serpiente…¡y viva!.
Sin comentarios.
Sin comentarios.
Desfile de carrozas.
Mojigangas.
Mojigangas.
En la puerta de la feria.
Animaciones.
Voladores.
También es feria de ganado.
Supertoro.
Tepic, no es una ciudad especialmente bonita, tampoco tiene ruinas fabulosas o monumentos especialmente interesantes, pero estaba en el camino, una ola nos llevó allí porque teníamos una cita BioNeuroEmocional. Aunque eso no es exactamente parte del viaje, lo ibamos a hacer sí o sí, porque en México es más económico. De este tema hablaremos cuando abramos un blog sobre terapias alternativas, salud y emoción, o algo así.
Calles de Tepic.
Plaza.
Catedral.
Se cruzaron los señores…
Limpiabotas.
Escolares de la «prepa».
Farmacias de genéricos.
Puesto de lectura.
Bocho y Comida corrida, combinación supermexicana.
Llegamos a México con la firme intención de experimentar el chamanismo, el Peyote y todo aquello que se nos cruzase por el camino. Y “la Abuela Ayahuasca» nos encontró en casa de Ximena nada más aterrizar en Tijuana.
La Ayahuasca es una planta usada por los pueblos nativos amazónicos para sanar tanto física como espiritualmente.
Aunque a algunos os quieran convencer de que no es más que una planta alucinógena, lo cierto es que para nosotros va mucho mas allá. No se trata de algo recreativo, es más bien una experiencia mística, un camino de encuentro con nuestro propio espíritu, con nuestro ser esencial.
La «facilitadora», que así es como se llama a la persona que guía la ceremonia, en este caso Sofía, conocía y experimentaba Un Curso de Milagros, al igual que nosotros, y esto nos sirvió como nexo de unión; utilizar un lenguaje común nos ayudó a comprender lo que estábamos a punto de experimentar.
Charlamos unos días antes del ritual, nos explicó que lo normal es tener vomitonas o cagaleras, por ello se te provee de un cubo durante la ceremonia; que puedes reir o llorar, o bailar, o tener miedo, o una alegría inmensa o una pena feroz. Nos explicó que «la Abuela» es la que sabe, es la que guía, ella te habla, te hace ver, te da aquello que necesitas o te quita lo que te sobra, pero nunca te hará pasar por algo que no puedas soportar. Sofía entretanto cuidaría de nosotros durante toda la ceremonia.
Nos preparamos durante varios días con una dieta bastante estricta: ninguna carne o producto de origen animal, ni harinas, ni cafés, ni alcohol, ni sexo… y el día de marras sólo agua. Entretanto leímos y aprendimos cuanto pudimos sobre ella. Normalmente las ceremonias se hacen para varias personas, pero nosotros tuvimos la suerte de estar solos con la «facilitadora».
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Para mí las espectativas eran enormes, pero ocurrió lo peor que puede ocurrir: no entré, no experimenté nada, «la Abuela» no me habló. Yo quería escucharla, quería saber, conocer, experimentar, ver, aprender… Pero nada sucedió. Lo intenté con una segunda dosis, pero no sirvió tampoco.
Entretanto mi compañera comenzó un viaje maravilloso, pudo navegar a través de su inconsciente, más allá de los sentidos terrenales, más allá de su cuerpo. «La Abuela» le hablaba, y ella la escuchaba, y aprendía, y trabajaba con lo más profundo de su ser. Yo la veía llorar, y llorar, y llorar más. Y se movía, y cambiaba de postura, y metía la cabeza en el cubo de vomitar pero no vomitaba, lloraba, y gritaba… Me sentía feliz por ella, pero muy decepcionado por mi «no experiencia».
Después del trance Alma estaba llena de felicidad. Experimentó su cuerpo sin ser manejado por ella misma, y es que «la Abuela» se lo tomó prestado para bailar al ritmo que marcaban los ícaros (cantos de poder), para limpiarla, para arrancar de su interior algún tipo de porquería que no sé si alguna vez seremos capaces de saber lo que era. Tuvo la oportunidad de observar el mundo con otros ojos, de mirar adentro de sí misma y escuchar lo que su cuerpo le hablaba. Sintió mucho miedo en ocasiones pero también mucho amor.
Hoy comprendo que a mí «la Abuela» me dió lo que me tenía que dar en ese momento, ni más ni menos. Y aunque me sentí «ninguneado» en aquel momento, no guardo ningún rencor. Con la perspectiva del tiempo, y depués de hablar con Sofía y Ximena (la promotora), creo que cometí un error, y es que no me presenté a «la abuela» tal como yo soy, tal como yo siento, dejé mi sentido del humor, mi espontaneidad y mi frescura y me presenté ante ella en un estado «místico-consciente» que no me correspondía. No se puede engañar a «la Abuela». La próxima vez no dejaré de ser yo mismo.
– Buenas tardes, ¿Me permiten sus pasaportes, por favor?
En la frontera de México el interrogatorio fué mas o menos el mismo que en todas las demás fronteras.
«¿Donde se alojarán?. ¿Cuál es su itinerario?. ¿Por qué motivo visitan el país?, ¿por cuánto tiempo?…».
Lo de siempre pero con una enorme diferencia, ¡nos hablaban en español!, y eso, después de un año, nos hizo sentir requetebién.
Le contamos al agente nuestra aventura.
– ¡Ay qué viaje, está padrísimo!. Tienen 180 días para moverse libremente por el país, pásenla bien y bienvenidos a México.
Y así entramos a estas tierras, rodeados de amabilidad y buenas maneras, y es que estos pinches weyes son bién chingones.
Tenemos que reconocer que cuando llegamos a la estación de Tijuana, estábamos un pelín preocupados por las inseguridades, las balaceras, los secuestros y todas esas cosas que todos sabemos que pasan en México. Al poco ese tema nos la traía al pairo. No se siente, no se palpa en el ambiente. No hay miedo en las calles, ni cabezas en las cunetas, ni balaceras en las esquinas. Hemos pasado por casas de gentes muy, muy humildes, hemos vivido en barrios pobres y en otros super nice. En todos ellos la gente es encantadora.
Tijuana en México y San Diego en USA comparten el mismo casco urbano, y por lo que pudimos ver, a buen seguro, éste es uno de los pasos más transitados en el mundo, abierto 24 horas todos los días del año y con unas 50 calles para vehículos. Es curioso, porque mucha es la gente que trabaja «en el otro lado» y cada día cruzan la frontera; algo así como Gibraltar, pero a lo bestia.
La zona fronteriza es conflictiva, son muchos los ilegales que no pueden cruzar, son también muchos los deportados o huídos de la justicia americana, y todos se agolpan cerquita del borde, viviendo bajo los puentes, ramblas o cualquier espacio que se les antoje habitable a la espera de que las cosas mejoren.
Esta frontera me impresionó bastante , no sé por qué razón esta valla en particular me hacía sentir tan mal. Quizá es por verla desde el lado pobre, el oprimido. Y es que es bien diferente observar un muro cuando sirve de «protección» a cuando sirve de «obstáculo». Me acuerdo de España, de las fronteras con África… y me siento mal.
Llegamos a México con la firme intención de experimentar el chamanismo, el Peyote y todo aquello que se nos cruzase por el camino. Y se nos cruzó «la Abuela», una planta llamada Ayahuasca que sirve para sanar física y espiritualmente. Pero esta experiencia merece su entrada propia.
Tijuana quedará grabada en nuestros corazones por la experiencia con la Ayahuasca y por la convivencia con Ximena y Emilio. Nos apoyaron, nos ayudaron y nos abrieron sus corazones. Ellos siempre estarán en los nuestros. Sofía, la facilitadora de «la Abuela», también se hizo un huequito dentro de nosotros. Como siempre, los lugares que visitamos están marcados por las gentes que conocemos en ellos.
Restaurante donde se inventó la Ensalada César.
El burro cebra.
Ximena.
Emilio.
Sofía.
Rosarito es un pueblito cerquita de Tijuana. Tiene unas playas extraordinarias y unos estudios cinematográficos donde se rodó Titanic, pero ahora están cerrados y no se pueden visitar. Lo que sí se puede visitar es Popotle, una playita de pescadores petada de restaurantes y puestos donde degustar mariscos y pescados recién traídos por los pescadores. Algunos de los puestos cocinan el pescado que tú hayas comprado directamente al pescador. Muy, muy recomendable.
Rosarito.
Rosarito.
Rosarito.
Rosarito.
En el jacuzzi con Zeke.
Todos nuestros nuevos amigos.
Popotle.
Popotle.
Popotle.
Popotle.
Popotle.
Popotle.
A Ensenada llegamos con un chico de un grupo de raiter, algo así como el Bla Bla Car europeo. Y allí nos quedamos en casa de Ceci. Y conocimos a su novio Jorge, y a Xuxa y a unos cuantos de sus amigos. Y salimos cada día con ellos; conocimos la ciudad, los mejores tacos, las mejores tabernas y cafés. Nos pasearon por cada rincón interesante y nos acompañaron a La Bufadora, el atractivo turístico por excelencia de Ensenada. La Bufadora consiste en una cueva entre rocas a nivel del mar, de forma que el oleaje al entrar en la cueva y chocar contra la pared provoca que la presión saque el agua por un pequeño orificio aventándola unos cuantos metros hacia arriba y emitiendo un bufido característico que le da el nombre.
Mirador de Ensenada.
Cecilia y Jorge.
Hussong’s, la cantina más antigua de Ensenada.
Entrada del antiguo penal de Ensenada.
Felicidad que bonito nombre tienes…..
La Bufadora.
La Bufadora.
La Bufadora.
La Bufadora.
Vista de Ensenada.
Uno de nuestros objetivos en la Baja California era avistar ballenas, y nos fuímos a Guerrero Negro. Y dado al elevado coste del transporte público en esta zona nos dimos el madrugón para poder hacer a dedo los 600 kms y llegar a una hora prudente. No habían pasado ni cinco minutos desde que nos colocamos para hacer autostop cuando nos paró una familia que nos llevó como medio camino. Nos regalaron bebidas, unos burritos y muchos buenos deseos. En media hora pasó Edgar, curiosamente dedicado al negocio de la aceituna, con sus rancheras y sus corridos a todo volumen; nos llevó en su coche sin matricular hasta el mismísimo Guerrero Negro. Es frecuente ver coches sin matrículas por aquí. Mexico mágico.
El paisaje en la Baja California es espectacular, la única carretera que hay la cruza de norte a sur a través de un enorme desierto; en ocasiones se divisa el océano Pacífico, en ocasiones formaciones rocosas y casi siempre bosques inmensos de cactus originarios de la zona. Es muy frecuente encontrarse con controles militares.
Check point.
En Guerrero Negro nos esperaban Juan Pablo (Pablito) y su familia, y David el Vato, y el Pirri, y Waldo. Pasamos unos días de fábula, disfrutamos muchísimo de sus conversaciones, sus risas. Tuvimos oportunidad de disfrutar de alguna fiesta familiar y descubrimos un elemento nada turisteado: «El panteoncito de los niños». En los sesenta, no sabemos muy bien la razón, murieron en Guerrero Negro numerosos niños y todos fueron enterrados en un lugar no lejos del pueblo, en el desierto. Impresiona un montón.
Llegada a Guerrero Negro.
Salina.
Con Pablito y David el Vato.
Salina.
Postes de madera en los humedales, destinados para quelas águilas pescadoras construyan ahí sus nidos.
Frente a las dunas.
Frente a las dunas.
David y las dunas.
Con la banda «Furia Tropical».
Noche de «chelas».
All the family.
En la inmensa laguna costera Ojo de Liebre se instalaron las salinas más grandes del mundo, y allí llegan cada año cerca de dos mil ballenas grises desde Alaska para aparearse y dar a luz a sus ballenatos. El comportamiento de estas enormes criaturas en la laguna es completamente amistoso e interactivo con los humanos, es un misterio el porqué, pero ver como los inmensos cetáceos se acercan a las diminutas barcas, y ver como la madre empuja al ballenato para que lo acariciemos es una experiencia que te deja sin palabras, son sensaciones que van más allá de cualquier adjetivo inventado por el hombre. Qué generosidad la de este animal. Sé que algún día volveré a Guerrero Negro.
Parecía que el autostop funcionaba de maravilla por aquellos lares, y decidimos continuar de aventón hasta Mulegé, pero nos salió nada más que regular y llegamos muy entrada la noche. Encontrar la casa de Petr se convertía en misión casi imposible. Después de más de una hora andando por la más absoluta oscuridad, estábamos golpeando en los cristales del único gringo despierto a aquellas horas; era nuestra única baza, o nos ponían en la pista de Petr o tocaba dormir a la interperie. ¡Encontramos a Petr!.
Mulegé es un oasis (recién castigado por un huracán). Sus playas son famosas en toda la Baja, no en vano se ha convertido en el destino favorito de casi todo el mundo. Pero… ¡hay que pagar 50 pesos!. Eso de pagar para estar en una playa no va con nosotros, máxime cuando están llenas de caravanas de gringos que vienen por el spring break. Visitamos la misión, paseamos a lo largo del oasis, disfrutamos de la compañía y nos fuímos a Cabo San Lucas, aprovechando la invitación que nos hizo Petr, y así disfrutamos del paisaje costero desde el coche.
Interior de la Misión de Santa Rosalía..
La Misión de Santa Rosalía.
Con Tom y Petr.
Íbamos en el Jeep: Petr, Alma, Tom, Celina, Dayra y un servidor. El Cabo no nos gustó especialmente, pero lo pasamos pipa. Lo más destacable fué que alcanzamos la mismísima punta de la Península, allá donde se unen el Océano Pacífico y el Mar de Cortés. Y estuvimos en la únca playa que hemos visto con dos orillas opuestas.
Alma, Tom, Petr, Celina y Dayra.
Cueva del Beso.
«El Arco» de los cabos.
Colonia de leones marinos.
Playa del Amor.
Playa del Amor.
Playa del Amor.
La mismísima punta de la Península de la Baja California.
A la vuelta nos dejaron en La paz, donde cruzamos al continente en ferry. Nos esperaban Tepic y Puerto Vallarta. Ya empezabamos a sufrir una seria impaciencia por encontrarnos con Nadx, Iyari y Pedro.
No estaba en nuestros deseos visitar USA, pero una ola nos llevó al «país de las libertades», a «la tierra de las oportunidades»… ¡Já!
¿Sabéis esos americanos que siempre están pidiendo a Dios que bendiga a los Estados Unidos de América?. Pues lo hacen porque realmente necesitan una manita del de arriba, y es que esto no es ni mucho menos como lo venden en Hollywood. Por cierto, Hollywood tampoco es como lo venden en los Oscars.
Es verdad que apenas hemos estado en cuatro ciudades, y que no podemos generalizar sobre un país entero por sólo cuatro de sus urbes. Es posible incluso que hayamos visto lo peor de lo peor, pero que queréis que os diga, lo que hemos visto resulta bastante decepcionante.
Honolulu, San Francisco, Los Ángeles y Las Vegas tienen algo en común, y es una cantidad desproporcionada de indigentes y loquitos. No os podéis hacer una idea de la cantidad de gente zumbada que hay por allí, en cada esquina, autobús o metro encuentras personas hablando solas o con amigos invisibles. Vaya usted a saber. A algunos les da por hacer «gimnasia», a otros por arremeter contra coches, otros hacen extraños gestos indescifrables o convulsionan tirados en cualquier esquina. Y los peatones, por su parte, no reparan en ellos, parece que nada pueda alterar sus interacciones con el celular, pareciera que no hubiese vida más allá de la pantalla del último modelo de iPhone. A nosotros eso no nos gusta nada.
El «país de las oportunidades» está pues repleto de gentes viviendo en cajas de cartón porque perdieron su casa, y es que, quizá, haya una oportunidad para cada quién, y si la pierdes… ¡te jodes!. El «país de las libertades» está inundado de gentes atrapadas en su medicación o en la falta de ella, porque hace ya muchos años que la psiquiatría comparte los círculos de poder, y hoy, quien más y quien menos está sujeto a un tratamiento para combatir enfermedades inexistentes. El «país de los héroes» llena sus calles con excombatientes de ridículas guerras por la libertad de no se sabe bien quién. Ahí están, tirados en la calle, eso sí, con la categoría de héroes.
La comida no es lo mejor ni mucho menos; si hablamos de alimentación, es pésima. Al contrario que en China, por aquí el índice de obesidad es escandaloso. Se ven familias enteras de mórbidos, donde papás y niños pueden andar a duras penas, pero eso no les resulta un problema.
Foto «robada» de Google image.
Si hipotecas tu vida a un carrito con batería puedes conseguir una paga del estado. Se cuentan por miles las personas que viven sentadas «por comodidad».
Pero tienen cosas excelentes, por ejemplo, en los autobuses tienen un «porta bicis», y cuando compras tu billete éste es válido por varias horas, de modo que puedes hacer varios trasbordos sin problemas. Es curioso la cantidad de mujeres conductoras, quizá sean la mayoría, e incluso de una edad avanzada.
Bici anclada en bus.
Billete de autobús.
Autobús escolar.
Especialmente en Honolulu, cuando miras a alguien a la cara te regala una sonrisa, eso es beautiful. Especialmente en San Francisco, la gente no tira las cosas viejas sino que las dejan en las esquinas para que cada quién pueda «proveerse», eso es wonderful. Especialmente en Los Angeles, puedes ver «detenciones peliculeras» en casi todas las esquinas, eso es amazing. Las Vegas, al menos la calle principal, «The Strip», es como un gran parque temático, absolutamente todo está orientado al divertimento, eso es awsome.
Detención en Los Ángeles
En una esquina cualquiera de San Francisco.
Pa’ la saca.
De cómo nos fué surfeando estas ciudades lo podéis ver aquí.
Aterrizamos en Honolulu a las seis de la mañana, y no salimos del aeropuerto hasta bien pasadas las diez. Nos retuvieron, nos interrogaron, nos registraron exhaustivamente por razones desconocidas. Nosotros suponemos que se asustaron porque anduvimos por Rusia, China y algún que otro país comunista o musulmán. Sospechoso, ¿verdad?.
Por lo que respecta a Hawái, tan solo conocimos Honolulu, con su Waikiki Beach y su Pearl Harbor. Nos resultó bastante insípido, la verdad. Las playas no son como las venden en las películas, el agua está muy fría y las olas son imposibles, a no ser que seas surfero, claro. Es todo carísimo y está demasiado turisteado, por lo que resulta imposible encontrar un remanso de paz donde «vivir hawaianamente la vida». Pearl Harbor, por su parte, no deja de ser un canal para difundir la más que consabida propaganda americanista, donde en lugar de mostrar los horrores de la guerra tratan de ensalzar a sus soldados como auténticos héroes que hicieron el más grande sacrificio por su país: soldados que murieron mientras dormían en un barco de guerra… Héroes, honor y patria… Bullshit.
«Sunset» en Waikiki Beach.
Espectáculo de «hula».
Restos del «Arizona».
Memorial del «Arizona».
Posando frente a submarino.
Surfing in USA.
Playa donde avistar tortugas.
«Looking for» tortugas.
Vistas de Honolulu.
Misiles en Pearl Harbor.
Restos del «Arizona».
Turistas fotografiando el «Sunset».
Adiós Honolulu.
En San Francisco estuvimos una semanita, la pasamos griposos, pero aún así disfrutamos bastante. Nos quedamos en casa de Rob y aprovechamos para hacernos con un nuevo equipo de fotos. ¡Guay!
La ciudad es chula, con sus cuestas, sus tranvías, su pier 39, sus leones marinos, su Golden Gate y su Alcatraz. Pero lo más divertido de San Francisco es su fauna humana: son abiertos, no demasiado patrióticos, liberales, con inquietudes culturales y un sentido de la moda bastante particular. En una ocasión nos topamos de lleno con un viejo en pelotas, bueno, casi en pelotas, porque el único atuendo que llevaba era una especie de taparrabos, mínimo, algo así como un condón de lana que le tapaba también sus huevos. Fué bastante como de susto. Hay cientos de músicos en la calle, y son muy buenos. Por supuesto, la «comunidad gay» está muy presente.
Skyline de San Francisco.
Cadillac.
Vistas de la Bahía con Alcatraz de fondo.
Típico tranvía.
Músicos en la calle e indigentes bailando al compás.
¿Arte callejero?
Muelle 39.
Botadura.
Yo sí que soy chula.
Oh my God!. !Qué futuro me depara!
Heroína.
Avistando leones marinos.
Tranvía actual.
Parada de tranvía.
Waiting for the bus.
Así de delgaditos son los cables del «Golden Gate».
Golden Gate Bridge.
Enfermitos pero felices.
Down town.
Barrio Chino
Típica puerta de comunidad.
Arquitectura «SanFranciscana».
Police everywhere.
Paso «gay» de peatones.
Por malicos que estemos… ¡nos vamos de cena!
Castro Street. Barrio Gay.
Bandera Gay en Castro.
Lombard Street. La calle más sinuosa de los Estados Unidos.
«Pier» 39.
La visita a Alcatraz está rechula, hay audioguias en castellano y la narración es en primera persona por guardias y presos que estuvieron allí, eso lo hace muy especial. Lo único que me decepcionó de la prisión fué saber que «Birdman» nunca tuvo un pájaro en Alcatraz, y además era malo malísimo, de los peores psicópatas que pasaron por allí… con lo majo que se veía al Burt Lancaster… Una larga enfermedad lo tuvo confinado casi todo el tiempo en las celdas de la enfermería. No a Burt, a «Birdman«, of course.
La isla de Alcatraz.
Los indios ocuparon la isla por más de un año.
Alcatraz fué un fortín español en su tiempo.
Dependencias de los guardias.
Tanque de agua.
Tanatorio.
Vestuarios.
Wow!, qué pequeñita.
«Birdman».
«AL Capone».
La biblioteca.
Única fuga de Alcatraz.
Los fugados. ¿Dónde está Clint Eastwood?.
Enfermería.
Duchas.
La llave.
Los Ángeles es feo, feo, feísimo. El centro se salva un poco, pero aún así no tiene nada especial, algún edificio interesante, pero nada del otro mundo.
Biblioteca pública.
Broadway Street.
Edificio Bradbury. Escenario de Balde Runner.
Edificio Bradbury.
Down town.
La comisaría de policía.
Domingo por la mañana.
Boca de incendios.
Interior Edificio Bradbury.
La casa más antigua de Los Ángeles.
Otro mundo es lo que pensábamos que encontraríamos en Hollywood, pero no. He visto más glamour en una boda gitana. Todo está caduco: indigentes, locos y borrachos, tiendas de lencería hortera y 3.000 estrellas en el suelo, estrellas que han de pagar los propios estrellados a razón de 30.000 dólares. Se salva un poco la entrada del Teatro Chino por aquello de las huellas en el cemento. Eso mola.
Hollywood Blv.
Teatro Chino.
«Poor» Chaplin.
Bardem y Penélope.
Antiguos estudios de la Metro. Ahora hortera centro comercial.
People.
Sunset Boulevard es requetelarga. Lo más interesante que encontramos, y por sorpresa, fué, sin duda alguna, el museo Psiquiatría: Industria de la muerte. Allí nos confirmaron los desatres de la psiquiatría en todo el mundo, especialmente en USA. Curiosamente en Hollywood muchas estrellas se han suicidado justo después de visitar a su psiquiatra, entre ellas Marylin Monroe, Ernest Hemingway o Judy Garland.
Comisaría de policía.
Sunset Boulevard.
Sunset Boulevard.
Sunset Boulevard.
Museo: «La psiquiatria: Industria de la muerte».
High School de «las estrellas».
Antiguos Estudios Chaplin.
Crossroads en Sunset Blv.
Hicimos un tour por Mulholland Drive, Beberly Hills y alrededores, donde pudimos ver, desde fuera y sin bajarnos de la furgonetita, las casas de muchos de los más famosos, aunque la mayor parte de ellas sólo se podían adivinar detrás de las inmensas vallas y enormes setos. También vimos las localizaciones de películas que están en la ruta; esa parte está muy chula.
Beverly Hills es como un estado independiente dentro de Los Ángeles, las calles están diseñadas a conciencia, donde todo es perfecto: la alineación de los árboles, las bocas de incendios plateadas, hasta el aire corre en diferente sentido. En el trozo de Sunset Boulevard que atraviesa Beverly Hills están localizados los garitos y restaurantes propiedad de los famosos del séptimo arte, donde los precios son astronómicos. Nos hubiera gustado tomarnos algo en el bar de Johnny Depp, y pasar la noche en el hotel de Leonardo DiCaprio, después de una noche loca en el club de Cindy Crawford. Otra vez será. Y así llegamos a las tiendas de las marcas más exclusivas, donde cabe destacar al sastre del mismísimo Barak Obama, una cita en su apretada agenda cuesta nada menos que 1.200 dólares.
Localización de «Pesadilla en Elm Street».
Casa de «Scream».
A las puertas del sastre de Obama.
Mansión de Donatella Versace.
Balcón del dormitorio de Michael Jackson.
Verja de la mansión donde se rodó «El Guardaespaldas».
Camino junto a la mansión de Tom Cruise. Cortado previo pago del actor.
¿Hotel California?
Night Club de Cindy Crawford.
Club donde se rodó «Streptease».
Casa de Quentin Tarantino.
¿Cameron Díaz?
Iglesia donde se rodó «Sister Act».
Fachada de «Pretty Woman».
Casa de Steven Spielberg. Localización de «Ironman».
Mansión de Elvis Presley.
Aquí dejó de propina su coche Elvis Presley.
La guitarra es icono de Sunset Blv. Cada local con su guitarra.
Mansión de Johnny Depp.
El letrero de Hollywood. Existe gracias al señor Playboy, que empezó comprando la «Y» antes de que lo echaran abajo. Hoy es inaccesible.
Conocer unos estudios de cine era algo así como obligado, así que nos decidimos a pagar los 53$ que costaba la visita a la «Paramount«. Mala decisión. Quizá es porque fuimos en finde y estaba todo bastante vacío, pero resultó aburridote. No es que sea un fake, pero no vale su precio, desde nuestro punto de vista. Está simpático el decorado de New York, y es interesante tomarse una foto en la tienda donde Audrey Hepburn roba en Desayuno con diamantes, pero la visita no dá mucho más de sí. No deja de ser un gran complejo de grandes naves. Y el tour te lleva a estudios donde se graban algunas comedias americanas que a nosotros ni nos van ni nos vienen. Tienen unas pocas estatuillas de los Oscars ganados, pero están en una vitrina y no se pueden tocar, así que te muestran una réplica para que compruebes su peso, pero no es lo mismo.
Vestuario y maquillaje en el parking.
Plano de la «Paramount».
El aparcamiento que sirvió como escenario a «El Show de Truman» y «Los Diez Mandamientos».
El banco del emperador romano en «Gladiator».
Holywood 100%.
Placa del studio 19.
iluminación de estudio.
Plató de serie. (No está en Espña)
Plato de «Cita con el doctor» o algo por el estilo.
Localización de «Desayuno con diamantes».
Casa de Whoopi Goldberg en «Ghost».
En «la puerta de los sueños».
«I am Gump, Forrest Gump».
Oscar a «Forrest Gump».
Cementerio de las estrellas de Hollywood. Junto a la Paramount.
¿Hubiera sido mejor elección la visita a otros estudios? No íbamos a caer otra vez en la tentación, así que nos fuimos a Las Vegas.
Un único propósito nos llevó a la ciudad de los casinos: jugar al póker, jugar hasta ganar 15.000$. Viajar entonces por el Cañón del Colorado en helicóptero, alquilar un Masserati, ir al Cirque du Soleil, comer en un restaurante caro y continuar con nuestro viaje de mochileros miserables. Empezamos ganando, y luego ganamos otra vez, y otra, y otra… y luego perdimos, y perdimos y seguimos perdiendo… Nos fuimos como llegamos, pero muy orgullosos de haber sido capaces de financiarnos una semanita completa de juegos, comidas y hoteles.
«The Strip» diurno.
Haciendo dinerete por fotos.
«The Strip» nocturno.
Sala de póker en «Flamingo».
Tensión en la «burbuja».
Ganador en «Flamingo».
Skyline de The Strip.
Revisteros porno.
Casino «New York».
Nombre oficial «Las Vegas Blv» nombre oficioso, «The Strip».
Ganador en «Treasure Island»
Sala de apuestas deportivas.
Interior «Caesars Palace».
Interior «Caesars Palace».
Interior «Caesars Palace».
Una foto, un dólar.
ummmm… wow
Photocall.
¿Necesitas salir de la cárcel?. Su fianza aquí.
Entrada al casino «Excalibur».
Casino «Caesars Palace».
Hay que reconocer que un poquito desilusionadetes sí que nos subimos en el autobús que nos llevaría a Tijuana, pero felices de regresar a países económicos y de volver a hablar español. Pero eso será otra entrada.
LLegamos al Aeropuerto de Melburne bastante cansados, algo confundidos por el jet lag, y … ya sabéis lo que pasó: perdimos el equipo de fotos. No quiero volver a contar la historia, ni revivirla, ni menear más la mierda, pero es que la tragedia condicionó muy mucho nuestras primeras semanas en Australia. Parecía que todo salía mal o peor. No teníamos respuesta de HelpX, las guesthouses carísimas, perdiendo torneos de póker, experiencias couchsurfing desastrosas… y tristes, llenos de ira, de nostalgia y de esperanza, recorrimos las calles de Melburne intentando no pensar ni hablar de lo mal que nos iban las cosas. Se sintió y se supo que Melburne es una ciudad especial, pero no se disfrutó en absoluto.
Flinders Street Station.
Perdiendo torneos…
Nefasta experiencia «couchsurfing».
Playa de St Kilda.
Playa de St Kilda.
Skyline desde St Kilda
Comida gratis y meditación en templo Hare krishna.
Triste «guesthouse»
Entonces obtuvimos nuestra primera experiencia HelpX, y luego otra y otra. Y así pasamos casi todo el tiempo en Australia, exceptuando unos días de viaje que compartimos con Sebastian y Carolina en su autocaravana, y unos días que gastamos en Sidney, donde nos encontramos con Stef, que estuviera en casa años atrás.
Cada jáula representa a una especie de ave extinta.
Warren y Sheryl nos abrieron su casa y sus corazones, y nos dieron una primera experiencia HelpX alucinante. Con ellos nos dimos cuenta de que la vida continúa, de que el viaje continúa, y nos quedaban experiencias maravillosas y no tan maravillosas por venir. Poco trabajo tuvimos que hacer en su casa: weeding, un poquito de pintura, un poquito de esto y otro poquito de aquello. Luego a disfrutar de la compañía, de las conversaciones llevadas por el vino, de las clases de póker a Harry, de las siestas… ¡Beautiful!
Y surfeamos Tess y Grahan’s place. Esta pareja vive en mitad de la nada, en una especie de resort. Es un sitio muy chulo, con clientes estupendos y trabajos gratos. El desayuno, el tea time de por la mañana, el almuerzo, el tea time de por la tarde y las cenas, además de para degustar las comidas más exquisitas, eran una excusa para divagar en conversaciones filosóficas, metafóricas, y muy muy divertidas. Apenas recién llegados el primo hermano de Cocodrilo Dundee ya nos decía:
– No restrictions. There is no restriction here, you can go wherever you want, you can take whatever you want. No restrictions.
Una semana después, ellos se tenían que marchar a una reunión familiar en Melbourne. Nos ofrecieron quedarnos en Payne’s Hut. La idea nos tentó, estábamos realmente bien allí, pero nos dió miedo quedarnos a cargo de lo que era el sueño de aquella beautiful pareja.
Tomamos la decisión de irnos a Buchan, a la backpacker de Dick. Y como fué una decisión tomada a partir del miedo, el resultado fué nada más que regular. Nos tocó limpiar lo que no se había limpiado en años. Dormíamos en literas, en habitaciones de 20 literas, aunque siempre solos, la clientela brillaba por su ausencia. Nos vimos obligados a comer la misma pasta con la misma salsa cinco días seguidos para almorzar y cenar. Deseábamos irnos, pero como era un pueblucho de tan solo 150 habitantes no había autobuses en una semana, así que nos preparábamos para hacer dedo. Gracias al facebook contactamos con Sebastian & family (nuestros couchsurfers en Varsovia) y vinieron a rescatarnos. Pero no todo fué malo allí, entre otras cosas, tuvimos nuestro primer contacto de cerca con canguros. ¡Beautiful!
Cuando llegamos a casa de Wiky no sabíamos que íbamos a surfear todo el valle de Webbscreek y todo el valle de McDonald, y es que por aquí nos han utilizado a su antojo, llevándonos de aquí para allá, de casa de uno a casa de otro. Ha sido casi un mes y medio en el que hemos profundizado en el bush australiano, conociendo gentes alucinantes, bebiendo agua de lluvia, cagando en báteres de compost, recogiendo sobre la marcha las verduras que íbamos a comer, montando a caballo, conviviendo con arañas, serpientes, lagartos, possums, wallabies, antechinus y todo tipo de fauna salvaje. Hemos talado árboles, arreglado tejados y caminos, reparado jaulas de pollos y toda clase de curros que os podáis imaginar. Hemos reído muchísimo, hemos conversado sobre los temas más profundos y sobre los más banales, hemos ido a fiestas y nos han echado, hemos conducido por la izquierda, fumado marihuna… y todo eso nos ha hecho muy muy felices. Pero…
Ante todo, evita atropellar a una serpiente.
Nuestra casita.
Día de trabajo remunerado.
Picnic comunitario.
Báter de compost.
Nuestra residencia en casa de Úrsula y Terry.
Buzones de correos.
Limpiando el estanque de nenúfares.
…Pero el fantasma de la cámara continuaba levitando por nuestras mentes.
¿Por qué la perdimos? … y ¿para qué ?.
El porqué está clarísimo: aquí, mi compañera y yo tuvimos exactamente el mismo despiste, exactamente en el mismo instante, el que bastó para «perderlo todo».
Y…¿para qué?
Estuvimos más de dos meses viviendo sin vivir en nosotros porque no éramos capaces de encontrar la respuesta. En cada lugar al que llegábamos, a cada persona que conocíamos le contábamos la misma película, un poco para desahogarnos, y otro poco con la esperanza de encontrar a alguien que nos diese una razón que justificara el desastre.
Llegábamos al final de nuestro paso por Australia y nos marchamos a casa de René. Él estaba interesado en la realización de un vídeo y nosotros nos interesamos mucho por su trabajo como terapeuta. El trato era que él mediría las energías de nuestros cuerpos y yo le daría algunos tips para la producción de un vídeo. Al final le hice el vídeo al estilo compradre. Nunca jamás, en catorce años de profesión, he visto a nadie tan contento por un trabajo. Lo podeis ver aquí.
Pero, sin avisar y de improviso, nuestra última noche en Australia resultó mágica. Conocimos a Sylviane. ¡Qué mujer más increíble!. Ella fué capaz de darnos la respuesta que tanto habíamos buscado, pero ésa nos la reservamos para nosotros. Nos abrió los ojos, y ahora lo veíamos todo desde una nueva perspectiva. Ahora estábamos preparados para aceptar el ofrecimiento que nos habían hecho anteriormente para comprar la cámara y habíamos rechazado. A veces resulta increíble como pueden cambiar las cosas en un sólo instante: lo ves todo envuelto en tinieblas, parpadeas y… ¡plaf!. Todo es ahora luz.
Hablar de nuestro paso por Malasia y Singapur, sabiendo que no tenemos fotos para ilustrarlo, se me hace muy, pero que muy cuesta arriba. Pero no podemos abandonar este proyecto, no podemos dejar de contar nuestro viaje ahora, de modo que trataremos de describir aquellas fotografías que guardamos en nuestra retina, y que allí estarán para siempre.
Entramos a Malasia caminando. Nadie cruzaba la frontera en esos momentos, de modo que todo resultó muy rápido y sencillo. En apenas unos metros, pasamos de un país budista a uno musulmán; otra vez cambiabamos el idioma, la moneda, la cultura. Después de más de dos meses en nuestra amada Tailandia recuperamos el espíritu viajero, la emoción por descubrir nuevas cosas, nuevas comidas, nuevas gentes.
La primera parada era Kota Barhu. No es una ciudad especialmente interesante, pero nos enamoramos de sus mercados. Apenas te aproximas te invaden mil y un olores: frutas, verduras, carnes, especias, comidas…; todos se mezclan en un intenso cóctel que cambia de matiz a cada momento. En el centro, el mercado se abre en una hermosa plaza interior de forma octogonal y las paredes están pintadas de intensos colores desde la planta baja hasta el cuarto piso. Los puestos están perfectamente organizados en hileras, son tarimas de un metro de alto donde exponen verduras, especias, carnes, pescados, dulces… Las mujeres, con sus pañuelos en la cabeza, se sientan en medio del género, ordenando o preparando constantemente bolsitas y frascos que previamente alguien les ha encargado.
Como en casi todos los mercados del Sudeste Asiático, en éste también se puede comer, en el primer piso se encuentran todos los restaurantes. Normalmente, la comida está ya preparada y la exponen en bandejas para que tu elijas entre lo que mejor pinta tenga. El laksa (sopa de pescado picante) es uno de los más famosos platos de por allí, y siempre hay bandejas con pollo y pescado cocinado de diferentes formas, y con diferentes salsas, que se sirven con un buen puñado de arroz blanco. Si pides más pagas más, si pides menos pagas menos.
También pasamos por Kuala Terengganu. Es una ciudad ya más grande, con más cositas. Lo más es la Mezquita de Cristal; es una construcción moderna, las paredes son de cristales o espejos y los techos son negros. Está edificada casi sobre el agua en una pequeña isla en la bahía, y aunque no es especialmente grande, resulta espectacular y de una belleza bastante intensa. En la misma isla está el “Taman Tamandu Islam”; es un parque en el que se encuentran reproducidos a escala, los veintitantos edificios más importantes del Islam en el mundo, como la Mezquita de la Roca, el Taj Mahal o la Alhambra. Entramos por eso, por ver la reproducción de la Alhambra, y porque todo el mundo lo pone como imprescindible. A nosotros, la verdad, nos gustó poco o nada; y la Alhambra… bueno… sí… se parecía un poco, pero lo más llamativo era el Palacio de Carlos V, que no es precisamente musulmán.
Pasear por el barrio chino de Terengganu está muy bien; es básicamente una calle principal llena de comercios y restaurantes, atravesada por numerosos callejones de metro y medio de ancho. Todos ellos son especiales por algo: uno por estar pintado de graffitis, otro por tener un “techo” de paraguas de colores, otro por tener una valla con candados y mensajes de amor en las paredes (nosotros dejamos el nuestro), otro dedicado a las tortugas, con baldosines formando cuentos… Por las noches, en el paseo de la desembocadura del río se montan miles de puestos de todo lo imaginable, desde comida a ropa de segunda mano, los árboles lucen con diferentes colores y es bastante mágico.
No fuimos a las playas de Terengganu por dos razones: una es que estaban esperando el monzón y, por lo tanto, todo estaba cerrado, la otra es que veníamos de pasar unos días en las Perhentians.
Estuvimos en «Kecil», o lo que es igual, la pequeña, la de los mochileros, la barata, porque la grande está llena de resorts. Perhentian Kecil es brutalmente hermosa, las aguas son cálidas y cristalinas, absolutamente transparentes y llenas de pececillos, las arenas blancas y finas, el interior es salvaje, selva donde, como diría mi suegro, no cabe más verde. No llega la red eléctrica, de modo que los sitios tienen sus propios generadores; en las guesthouses no hay luz durante el día, sólo por la noche, y eso está bien, es mágico, y le suma puntos a la isla en su carácter paradisíaco, porque la verdad es que aquello es un auténtico paraíso. El problema es que llegamos fuera de tiempo, apenas quedaba nada abierto. Nosotros queríamos hacer un poquito de buceo porque es baratísimo, pero nos tuvimos que contentar con hacer snorkeling. ¿Contentar?… ¡Qué pasada!… ¡Qué experiencia!. Buceamos junto a tortugas, mil peces de mil colores, tiburones… y además, de eso sí tenemos fotos.
Nos fuímos de Terengganu a toda prisa para llegar a tiempo a la fiesta de cumpleaños de Patrick en Singapur. Una fuerte insolación me llevó todo el viaje con fiebre, y al mismo tiempo asustado, por si no me dejaban entrar al país pensando que fuese un infectado de Ébola.
Muy cansados, fiebrosos y con diarrea nos encontramos con problemas en la frontera. Primero, nos llevaron a las oficinas de inmigración porque es la segunda vez que visitábamos Singapur y en el pasaporte, al ser nuevo, no constaba el sello de entrada o salida, de modo que ‘pa dentro’, ‘pa la oficina’ a ser interrogados.
«¿Por qué habéis venido?. ¿Cuánto tiempo vais a estar aquí?. ¿ A qué te dedicas?. ¿Teneis problemas con el dinero?….»
Pasado el trance, llegamos al control de equipaje, donde me descubrieron el montón de tabaco que había comprado en Tailandia. Otra vez ‘pa dentro’: registro en profundidad de mochilas, charla del policía de turno explicando que para entrar con MI tabaco tenía que pagar unas tasas de mas de 100$. La fiebre no me dejaba pensar, el cansancio me tenía muerto, con todo fuí capaz de decir que tiraran el tabaco delante de mí a la papelera porque no se lo iba a fumar nadie a mi costa. No me dieron ni el paquete que llevaba abierto.
Llegamos a casa de Pat a tiempo para la fiesta, pero la fiebre no bajaba, me la pasé durmiendo en el sofá, mientras, a ratos, oía como se lo pasaban pipa.
Durante nuestra estancia en Singapur salíamos de la casa sólo para comer. No nos gusta Singapur.
Decidimos irnos para Australia en avión, lo de los barcos es demasiado difícil y requiere demasiado tiempo: o gastar el dinero en comer y dormir durante días (o semanas) para viajar gratis, o gastar el dinero en un billete de avión y llegar yá.
Una semana completa, con sus siete días y sus siete noches, es el tiempo que he necesitado para ordenar sentimientos, dejar atrás la nostalgia y ponerme a escribir esta entrada. Y es que un mes de voluntariado en el Templo del Tigre no deja indiferente a nadie. Puede que termines odiándolo o puede que termines amándolo, completamente estresado o en absoluta paz, reventado, guarreado, picoteado, mordido, meditado, reinventado…; pero en ningún caso podrás irte de allí como si nunca hubieras estado, sea lo que sea lo que te lleves dentro, dentro de ti quedará para siempre.
Vamos a ponernos en situación. Wat Pha Luangta Maha Bua Yannasampannoes un templo budista situado muy cerca de Kanchanaburi, en Tailandia, y es el santuario de numerosos animales salvajes. La historia de los tigres empieza en 1999 cuando el templo recibió el primer cachorro, había sido encontrado moribundo, así que los habitantes de la zona lo llevaron allá donde sabían que se harían cargo de él. Se corrió la voz, y llevaron otro tigre, y otro, y un búfalo de agua, y una vaca, y un ciervo…, y poco a poco aquel templo se fue llenando de animales que de estar en otro lugar habrían muerto. Y los monjes no daban abasto, y empezaron a contratar a gente para que les ayudaran, y empezaron a venir gentes de otros países, curiosos por lo que allí estaba pasando, dispuestos a pagar para ver a los animales. Hoy son quince monjes, cientocuarenta tigres, dos leones, seis osos y cientos de animales de todo tipo. Hoy es una de las más reclamadas atracciones turísticas de Tailandia, pero sigue siendo un templo, El Templo del Tigre.
Jerome.
Resacatando a un bebé bamby.
Búfalos de agua.
Ciervo. Cada día venía a por su cena.
Yang.
Nosotros lo turisteamos hace un par de años, y nos gustó, y mucho, pero nos quedó la cosita de pasar una temporada como voluntarios. En apenas unas horas se puede presentir con certeza que no es lo mismo visitarlo que vivirlo. Y en este viaje, la ruta pasaba por Tailandia, de modo que les contactamos. No cumplíamos ninguno de los requisitos que pedían, pero, naturalmente, eso no nos frenó y les escribimos un emotivo email pidiendo que nos dejasen echar una manita. El día uno de septiembre a las 9:00h estábamos en la puerta del templo, junto con otros cinco voluntarios, con los nervios a flor de piel y muchas ganas de empezar a trabajar con los tigres.
El día dos de septiembre ya teníamos una renuncia, Nathalie, de Francia, no podía soportar las condiciones de higiene y habitabilidad de su cuarto. Y es que aquello no es precisamente un hotel de cinco estrellas, pero para nosotros era más que suficiente. Dos semanas después, por unas razones u otras, se fueron Caroline y Celine, para entonces ya sabíamos que por norma general sólo el 50% de los voluntarios termina el periodo de un mes. Trabajo duro, comidas aburridas y picantes, calor, colchonetas incómodas, duchas de agua fría, reclusión, suciedad, mosquitos, meditación obligada, turistas impertinentes, olor a «tigre», escorpiones en las habitaciones y un sin fin de pequeños inconvenientes llevan a la peña a la desesperación y la renuncia. Para mí todo lo expuesto se veía más que recompensado con un sólo minuto de juego con los cachorros, con ver como un tigre adulto se acerca cuando lo llamas, con dar de comer a los «adolescentes», o pasear con los oseznos. Para Alma, con una semana hubiese sido más que suficiente, pero nunca renunciaría, es una mujer de palabra y se había comprometido por un mes, y un mes es lo que estaría; yo hubiera prolongado mi estancia. Hace un par de años me fuí con la idea de volver como voluntario, esta vez me fuí con la idea de volver como staff. Ya veremos dónde me pone el Universo.
No creáis que no hay controversia alrededor del Templo del Tigre, la hay y mucha. En Tailandia, como en casi todos los países tropicales, el tráfico de animales está a la orden del día, es un negocio muy rentable, y no faltan excéntricos a los que les gusta tener bichos raros en sus casas, y trofeos, y macabros souvenirs hechos a partir del sufrimiento de seres vivos. Es fácil encontrar en este país atracciones turísticas en torno a animales salvajes como elefantes, cocodrilos, monos, serpientes y, por supuesto, tigres. Los sedan, los maltratan y los atemorizan con el único fin de que occidentales sin escrúpulos se puedan hacer una foto con ellos, o tocarlos o abrazarlos a cambio de buenas sumas de dinero.
Monje con Saifa.
Super relax.
Comida satff y voluntarios.
Before meditation.
Love is in the air.
En el templo no drogan a los animales, ni los maltratan para que aprendan espectáculos circenses, de eso doy fe. Prácticamente todo el que trabaja allí quiere de veras a los animales, se preocupan por ellos, por su salud, por su bienestar, aunque gilipollas hay en todas partes y el Templo del Tigre no es la excepción. También puedo dar fe de que aquello, cada vez más, se está convirtiendo en un negocio bastante lucrativo. Es cierto que se generan muchísimos gastos que hay que sufragar de alguna manera. Es cierto que dan trabajo a un montón de gente de la zona, que ayudan con proyectos sociales muy interesantes. Pero también es cierto que están construyendo una catedral de mucho cuidado, «centro de entrenamiento para la meditación» lo llaman ellos. La cuestión es que hace falta mucha pasta para todo lo que hacen, y para ganar mucha pasta hacen falta muchos turistas que paguen mucho dinero, y para que los turistas paguen mucho dinero hacen falta muchos cachorros, y los cachorros crecen muy rápido, de modo que en tres semanas se los quitan a las mamás para ponerlos a disposición de turistas dispuestos a pagar por hacerse fotos con ellos. Los argumentos que dan es que las tigresas no se hacen cargo de los cachorros.
Realmente desconozco el comportamiento de las tigresas en cautividad, pero no me gusta ver como separan a los bebés de sus mamás.
No me gusta que pasen las tardes en brazos de turistas, pero me gusta que si están dormidos los dejen durmiendo, a pesar de que hayan pagado para jugar con ellos.
No me gusta que los vacunen, pero me gusta la constante preocupación por el bienestar de cada uno de ellos.
No me gusta que los animales se adapten al ritmo de los seres humanos, pero me gusta que traten con prioridad a los animales, y no a los turistas.
No me gusta que se comercie con animales, pero me gusta que los ayuden a sobrevivir.
No me gusta que se encierren a los animales en jaulas, pero me gusta ver que a los que no entrañan peligro los dejan en libertad.
No me gusta que se utilice la religión con fines comerciales, pero me gusta que se saque dinero de donde sea para ayudar a los demás.
No me gusta, me gusta, me gusta, no me gusta.
Podría escribir un libro completo con las cosas que me gustan y las que no, pero, a fin de cuentas, sólo he podido estar un mes allá, y no ha sido suficiente para poder entender todo lo bueno y todo lo malo de aquel lugar. Por mi forma de ser me quedo con lo bueno, de lo malo me ocuparé cuando vuelva una temporada larga, como staff o como voluntario, entonces podré decidir si es o no es absolutamente recomendable visitar el Templo del Tigre en Tailandia. De momento os diría que sí, pero que no tardéis demasiado porque todo puede cambiar…
No sé si he venido a este país tres veces porque me gusta mucho, o si me gusta mucho porque he venido tres veces, la cuestión es que soy un enamorado de Tailandia.
En esta ocasión tocó entrar por el noreste, cruzando la frontera con Laos. El destino era Kanchanaburi, pero disponíamos de tiempo suficiente para explorar un poquito la Tailandia menos turisteada y disfrutar unos diítas en alguna de sus increíbles playas antes de recluirnos en el Templo del Tigre.
Hemos parado en Ubon Ratchatani, Buriram, Phi Mai, Bangkok y Hua Hin antes de llegar a nuestro destino. Hemos conocido funcionarios, granjeros, masajistas, prostitutas y empresarios, que nos han ayudado a conocer mucho más profundamente la cultura de este país que, por cierto, ahora está tomado por los militares. Las diferencias entre la derecha y la izquierda políticas son brutales, los altercados se venían sucediendo cada vez con más frecuencia en una incansable lucha por el poder. La corrupción es de proporciones magnas y el ejército tomó el poder, por un periodo no superior a un año, dicen ellos, pero nadie les cree. Nadie habla del asunto, ahora nadie quiere tomar partido en política, pero todos quieren que vuelva la democracia.
Pero no os creáis que esto está muy cambiado, apenas se nota, no se ven militares por la calle, ni la presencia policial es «sospechosa», aunque, para mi desgracia, sí han puesto límites a los horarios nocturnos, los bares cierran antes y el ajetreo que antes había de madrugada ya no existe. De hecho, he tenido que salir corriendo en un par de ocasiones para no tener problemas con la policía, nada grave, pero impensable antes del golpe de estado.
A pesar de todo, las gentes de este país son extraordinarias, quizá es por su condición de budistas, o simplemente por su cultura milenaria, porque nunca han sido colonizados, y eso se nota. Siempre tratan de ayudarnos cuando nos ven perdidos, siempre se interesan por nosotros y tratan de hacernos sentir bien. Hay gilipollas, como en todas partes, pero os aseguro que por aquí están menos generalizados que en España. Nadie se mete en la vida de nadie, no les importa demasiado a qué te dediques, o con quién folles, les da igual que adores a un dios o a otro, o a ninguno, si tienes más o menos dinero les es indiferente, y mucho más en qué te lo gastes. Cuando miran a una persona ven a una persona, y todo lo que acabo de decir es secundario para ellos, por eso nos gustan. Ojo, muchos son pobres, muy pobres, y nosotros, los occidentales, somos su única esperanza de obtener algunas pelas para comer, es fácil entender que eleven los precios para («timar» ) a los turistas tanto como puedan.
En Ubon no hicimos nada interesante, no es una ciudad muy atractiva, y aprovechamos casi todo el tiempo para buscar couchsurfers en el camino a nuestro destino, playas interesantes que no se desviasen demasiado del trayecto, aprender cuatro palabrejas de Thai, y buscarnos la vida para viajar barato. Hay trenes gratis para los locales y con precios casi simbólicos para los turistas (a veces unos cuantos céntimos); son viejos, lentos, paran en cada estación y no tienen aire acondicionado, sin embargo para nosotros tienen un saborcito muy especial. Apenas encuentras extranjeros y los locales que viajan en ellos son gente humilde y muy auténtica: los niños se acercan a jugar con nosotros, y un vecino de asiento nos sorprende cuando compra galletas de piña y nos las regala, nos avisan cuando hay algo interesante al otro lado de las ventanas (monos por ejemplo), nos cuentan a dónde van y nos preguntan a dónde vamos.
En el tren.¡Qué peste!…
En Buriram estuvimos unos días con Mary y su madre. Fuímos a clase de yoga, al funeral de un pariente (toda una experiencia), a comer a los mejores sitios, al nuevo mercado y al de toda la vida, paseamos por la ciudad y visitamos las ruinas de Phanom Rung National Park.
OOohmmm.
Meditación en Phanom Rung National Park.
Zumito de ….
Buscando Couchsurfers
Con Mary
Vistas desde Phanom Rung National Park.
Yoga en Phanom Rung National Park.
Turisteando en Phanom Rung National Park.
La maestra con las alumnas aventajadas
Clase de Yoga
Descansando
El mejor Pathai de Buriram
Funeral.
A casa de Supaporn llegamos después de un tren, dos autobuses y la pickup de un granjero; y es que esta mujer de 70 años nos dió alojamiento en mitad de ninguna parte. Con ella cocinamos, charlamos largo y tendido, y fuímos de compras a la ciudad, lo que implicaba ocho kilómetros en bici hasta la parada del autobús, para ello hicimos acopio de bicis entre sus familiares. Y allí estaban las bicis a la vuelta, sin un sólo candado, y es que en Tailandia no parece que el personal sea amigo de lo ajeno.
Cocinando en la granja
Haciendo dulces.
Ofrendas florales.
Trabajando ofrendas florales
Con Supa, juntando el dinero justo para el autobúb
Esperando el Bus a la city
Vamos de compras
El sobrino de Supa y sus perritos
Granjero en Phi Mai
Vistas desde casa de Supa
Y en tren llegamos a Bangkok. Una extraña sensación nos invadió cuando llegamos a una estación de tren conocida y llena de recuerdos felices. Además nos alojamos en la misma guesthouse de Khao San en la que estuviéramos dos años atrás.
Había llegado el momento de deshacerse, ¡por fin!, de la ropa de invierno que cargamos desde los inicios del viaje. Dejamos algo en las mochilas, por si las moscas, pero enviamos un paquete de ocho kilos a España. ¡Ocho kilos!.
En Bangkok asistiríamos a nuestra primera fiesta de couchsurfers, convocada por un polaco, en la super terraza de un hotel de lujo, donde no pudimos beber ni agua porque los precios eran también de lujo. Nos acompañaron nuestros amigos de Cap Pressa, una parejita de Barna que andan viajando por Asia en bici. Allí conocimos a Bay, un tailandés con quien pasaríamos la velada y cuyas recomendaciones nos llevaron a nuestro siguiente destino: Hua Hin.
Surfeando autobuses.
Party time.
Hua Hin es una ciudad costera, no masificada por turistas, pequeña, barata y con una playa bastante aceptable. Nos esperaban unos días de completo relax, comiendo, durmiendo y… comiendo y durmiendo. La guesthouse estaba casi a pie de playa, en el centro del meollo, por lo que al caer la noche yo podía ir caminando a tomar una cerveza sin miedo a perderme. Tuve la suerte de conocer a Tian, una masajista thai con la que forjé una estrecha amistad en muy poco tiempo. No penséis mal, entre nosotros no hubo sexo, ni dinero, sólo unas cuantas partidas de billar, unos cuantos bailes, y unas cuantas horas de conversación que han servido para que vea a las «chicas» de Tailandia desde un prisma mucho más cercano a la realidad.
Con Tian.
Playita de Hua Hin.
Pesquero en Hua Hin.
Marea baja.
Ahora estamos en Kanchanaburi, a pocas horas de enclaustrarnos en el Templo del Tigre, a pocas horas de pasar un mes completo sin fumar, sin berber, sin follar y sin cenar. Y es que me he propuesto pasar este mes como un auténtico monje budista, a fin de cuentas es sólo un mes, y no hay mejor manera de entender algo que experimentándolo de lleno.
Pensábamos que cualquier cosa sería mejor que China, pero a Laos llegamos con un poquito de miedo por aquello de poder encontrarnos más de lo mismo. Pero no, en absoluto. Laos es un país auténtico. Hemos encontrado bastante turismo, pero de ése que no chirría los dientes, en su mayoría mochileros, respetuosos con las costumbres, las gentes y la naturaleza del país. No es el mejor destino si lo que buscas es desparrame, fiesta y locura. Aquí se viene a mezclar uno con las gentes de los pueblos, con la jungla, los animales… La vida nocturna es casi inexistente, teniendo en cuenta que vida nocturna se puede considerar de siete de la tarde a doce de la noche. A partir de las diez ya es difícil encontrar nada abierto, pero a las cinco de la mañana empieza la vida.
Luang Namtha.
Campos de arroz en Luang Namtha.
Recogida de arroz en Luang Namtha.
Alrededores de Luang Namtha.
Luang Prabang.
Luang Prabang.
Luang Prabang.
Alrededores de Luang Prabang.
Alrededores de Luang Prabang.
Alrededores de Luang Prabang.
Centro de Protección de Osos en Kuang Si.
Cascadas de Kuangsi.
Vat Phou (Champasak).
Vat Phou (Champasak).
Hemos visitado Luang Namtha, Oudomxay, Luang Prabhang, Vang Vieng , Vientiane, Champasak y Pakse. Las dos primeras semanas nos acompañaron las lluvias monzónicas, no es que nos importe demasiado que nos llueva, más bien nada, a estas alturas, pero hay que reconocer que se desluce un poquito el viaje. Por otro lado, cuando no llueve hace un calor del copón, y al final no sabe uno si prefiere acabar empapado en agua o empapado en sudor.
Lo ideal por estos lares es hacer trekking, pero a Alma, eso de caminar durante horas por la jungla como que no. Así que lo que hicimos fué explorar pequeñas aldeas, a las que llegábamos por caminos intransitables, comer, o tratar de comer, en lugares inhóspitos donde seguramente ningún guiri había ido a parar jamás.
Alrededores de Luang Namtha.
Aldea en Luang Namtha..
Alrededores de Luang Namtha.
Lavado de cilantro.
Puente de bambú.
Aldea en Luang Prabang.
Aldea en Luang Prabang.
Aldea en Luang Prabang.
Vista panorámica de los moteros.
Restaurante en aldea en Luang Prabang.
El couchsurfing en Laos apenas funciona, y los pocos que hay están en la capital, de modo que decidimos intentar nuestra primera experiencia en Helpx, y en Luan Prabhang nos contestaron. Buscamos «La pistoche», una piscina con bar regentada por Nathalie. Pero para nuestra desgracia no tenía nada interesante que ofrecernos, bueno, algo sí que tenía, el contacto de un tipo canadiense que tenía un resort a media hora de la ciudad.
– ¿Os interesa?
– Síííííí
Dos días después estábamos en Zen Namkhan Boutique Resort, fantástico lugar en mitad de la jungla, para reparar la instalación eléctrica del complejo, traducir su web al castellano, inventariar la lencería del hotel y hacer todo aquello de lo que fuésemos capaces, eso sí, a ritmo de Laos, tranquilamente, sin prisa pero sin pausa. Era nuestra primera experiencia en Helpx, y también para Luc y para Moon, por lo que al final casi resultó una experiencia de amistad más que de intercambio de «intereses». Yo, concretamente, encontré en Luc a uno de los míos, y cada tarde nos juntábamos en la mejor cabaña para charlar, «fumar» y beber gintonics. Podíamos haber estado un mes, o un año, o dos…, pero el propósito de este viaje es darle la vuelta al mundo, y cada país tiene su tiempo limitado (por las visas). A la semana nos fuimos. No echaremos de menos a los mosquitos, las hormigas carnívoras, las superarañas y todo tipo de insectos king size con los que convivimos y compartimos dormitorio. Nunca olvidaremos a San, a Meng, a Monk y todo el staff con el que compartimos momentos deliciosos.
Nematu y Meng.
Con el staff de Zen Namkhan.
Haciendo chapucillas.
Taller de Zen Namkhan.
Vista de la piscina de Zen Namkhan.
Por el camino, hemos visitado cascadas, templos, junglas, ruinas milenarias, mercados nocturnos y diurnos, y, por supuesto, el rey de Laos, el río Mekong, que lo atraviesa de norte a sur y resulta impresionante en cada rincón que lo descubres. Hemos pasado un montón de horas en autobuses locales, aunque no hayamos hecho demasiados kilómetros. Hemos dormido en habitaciones de ensueño y en otras frías y tristes, pero en ninguna parte nos hemos encontrado un Meliá, Hilton, Mcdonalds, Starbucks, KFC, Zara, Louis Vuitton o cualquier tipo de corporación transnacional chupasangres. No los tienen y no los necesitan, quizá los conozcan, incluso álguien los pueda desear, pero he podido ver como consumen sus propios alimentos, manufacturan sus vestidos y son la mar de felices. De la Cocacola no nos libramos.
Relax junto al río Mekong en Champasak.
Vat Phou (Champasak).
Vat Phou (Champasak).
Vat Phou (Champasak).
Vat Phou (Champasak).
Vat Phou (Champasak).
Luang Prabang.
Cascadas de Kuang Si.
Jungla de Luang Prabang.
Cascadas de Kuang Si.
Templo Budista, característico de Luang Prabang.
Despertar junto al río Mekong en Vang Vieng.
Ceremonia de entrega de limosnas en Luang Prabang.
Estación de autobuses.
Estación de autobuses.
Buda reclinado en Luang Namtha.
Mercado local en Luang Namtha.
Templo Budista, característico de Luang Prabang.
Stupa en Luang Namtha.
Cruzando el río Mekong en Champasak.
Y como siempre, hemos conocido gentes alucinantes. Unos pocos españoles se nos han cruzado en el camino y, la verdad, es que todos han sido de lujo. Quizá es porque ya llevamos seis meses viajando, y han sido tantos los «hola y adiós», que hemos aprendido a vivir intensamente los encuentros, máxime cuando nos une el idioma.
Me voy de Laos enamorado de Vientiane, la capital, no porque tenga mucho que ver, porque la verdad es que ofrece muy poco en lo que se refiere a interés monumental, museístico, arquitectónico y esas cosas que hacen de las ciudades destinos ineludibles. Me enamoré de su calma, del tráfico lento, de la amabilidad de la gente y de sus noches mágicas. (No tiré ni una sola foto)
Es momento de que os vengais pa Laos, no porque nosotros nos vayamos, sino porque sobre toda su pureza planea la sombra de un imperio capitalista llamado China, porque ya se pueden adivinar vestigios de una industria turística que , ojalá me equivoque, convertirán este bello país en otro prostíbulo del Sudeste Asiático.