El rollo Tuk-Tuk en Laos es casi como en cualquier parte del Sudeste Asiático. Pasas caminando por una esquina donde hay una decena de ellos parados dormitando a la sombra de sus vehículos, no los miras porque no quieres que te «acosen», aceleras el paso y clavas la vista en el suelo, pero, inevitablemente, uno de ellos te grita:
– «Tuk-Tuk!!?. Tuk-Tuk!!?… Where you go?»
-«No. Thank you very much», contestas sonriendo, por no decirle que vas a donde te sale de los huevos y que a él qué coño le importa.
Pero hay una decena de ellos aparcados, y los gritos del primero alertan a los demás que igualmente te gritan:
-«Tuk-Tuk!!?. Tuk-Tuk!!?…
– «No, thank you»
– «Tuk-Tuk!!? Tuk-Tuk!!?… Where you go?»
– «No!!!.»
A los últimos ya incluso los miras mal. Dan ganas de pararse a explicarles que ya sabes que son Tuk-Tuk, que no los necesitas, y que por más de ellos que haya, y más veces que te lo ofrezcan, sigues sin necesitarlos. Dan ganas de explicarles que cuando le has dicho al primero que no, se podían dar todos por aludidos, pero no lo haces, a veces, incluso, les dices a dónde vas o de dónde eres.
Pero en Laos tienen algo diferente, al caer la noche se transforman, y ademas de «Tuk-Tuk!!», (si camino yo sólo) puedo escuchar cosas como:
– «Ladys, sir?, young beautiful ladys?»
– «No, thank you.»
– «Opio?, Cocain?, Marihuana?…»
Y ahí es donde te tocan la fibra. ¿Marihuana?. ¿Ha dicho maihuana?. Alma la utiliza con fines terapéuticos, sigue con sus pequeños problemas. Quizá pueda darle una sorpresa.
Entonces paro, me giro y le hago un gesto internacionalmente conocido mostrando interés. Nos alejamos unos pasos hacia una esquina oscura y sin testigos, y empezamos la negociación. Consigo algo menos de la mitad del precio de salida (lo que en euros sería una ganga) y me guardo la bolsita con el santo remedio para darle una sorpresa a mi compañera.
Al llegar a la habitación, casi románticamente le cuento mi experiencia, le enseño el tesoro y ella contesta:
– ¡Pero que dices!. ¡¿Cuánto te has gastao?!. ¡Se te ha ido la olla!. ¡¿¿No ves que aquí no puedo elaborarlo??!.
– ¡Vaya por dios!. ¡Voy a tener que fumármela!… ¡Jo!…
Pensábamos que cualquier cosa sería mejor que China, pero a Laos llegamos con un poquito de miedo por aquello de poder encontrarnos más de lo mismo. Pero no, en absoluto. Laos es un país auténtico. Hemos encontrado bastante turismo, pero de ése que no chirría los dientes, en su mayoría mochileros, respetuosos con las costumbres, las gentes y la naturaleza del país. No es el mejor destino si lo que buscas es desparrame, fiesta y locura. Aquí se viene a mezclar uno con las gentes de los pueblos, con la jungla, los animales… La vida nocturna es casi inexistente, teniendo en cuenta que vida nocturna se puede considerar de siete de la tarde a doce de la noche. A partir de las diez ya es difícil encontrar nada abierto, pero a las cinco de la mañana empieza la vida.
Luang Namtha.
Campos de arroz en Luang Namtha.
Recogida de arroz en Luang Namtha.
Alrededores de Luang Namtha.
Luang Prabang.
Luang Prabang.
Luang Prabang.
Alrededores de Luang Prabang.
Alrededores de Luang Prabang.
Alrededores de Luang Prabang.
Centro de Protección de Osos en Kuang Si.
Cascadas de Kuangsi.
Vat Phou (Champasak).
Vat Phou (Champasak).
Hemos visitado Luang Namtha, Oudomxay, Luang Prabhang, Vang Vieng , Vientiane, Champasak y Pakse. Las dos primeras semanas nos acompañaron las lluvias monzónicas, no es que nos importe demasiado que nos llueva, más bien nada, a estas alturas, pero hay que reconocer que se desluce un poquito el viaje. Por otro lado, cuando no llueve hace un calor del copón, y al final no sabe uno si prefiere acabar empapado en agua o empapado en sudor.
Lo ideal por estos lares es hacer trekking, pero a Alma, eso de caminar durante horas por la jungla como que no. Así que lo que hicimos fué explorar pequeñas aldeas, a las que llegábamos por caminos intransitables, comer, o tratar de comer, en lugares inhóspitos donde seguramente ningún guiri había ido a parar jamás.
Alrededores de Luang Namtha.
Aldea en Luang Namtha..
Alrededores de Luang Namtha.
Lavado de cilantro.
Puente de bambú.
Aldea en Luang Prabang.
Aldea en Luang Prabang.
Aldea en Luang Prabang.
Vista panorámica de los moteros.
Restaurante en aldea en Luang Prabang.
El couchsurfing en Laos apenas funciona, y los pocos que hay están en la capital, de modo que decidimos intentar nuestra primera experiencia en Helpx, y en Luan Prabhang nos contestaron. Buscamos «La pistoche», una piscina con bar regentada por Nathalie. Pero para nuestra desgracia no tenía nada interesante que ofrecernos, bueno, algo sí que tenía, el contacto de un tipo canadiense que tenía un resort a media hora de la ciudad.
– ¿Os interesa?
– Síííííí
Dos días después estábamos en Zen Namkhan Boutique Resort, fantástico lugar en mitad de la jungla, para reparar la instalación eléctrica del complejo, traducir su web al castellano, inventariar la lencería del hotel y hacer todo aquello de lo que fuésemos capaces, eso sí, a ritmo de Laos, tranquilamente, sin prisa pero sin pausa. Era nuestra primera experiencia en Helpx, y también para Luc y para Moon, por lo que al final casi resultó una experiencia de amistad más que de intercambio de «intereses». Yo, concretamente, encontré en Luc a uno de los míos, y cada tarde nos juntábamos en la mejor cabaña para charlar, «fumar» y beber gintonics. Podíamos haber estado un mes, o un año, o dos…, pero el propósito de este viaje es darle la vuelta al mundo, y cada país tiene su tiempo limitado (por las visas). A la semana nos fuimos. No echaremos de menos a los mosquitos, las hormigas carnívoras, las superarañas y todo tipo de insectos king size con los que convivimos y compartimos dormitorio. Nunca olvidaremos a San, a Meng, a Monk y todo el staff con el que compartimos momentos deliciosos.
Nematu y Meng.
Con el staff de Zen Namkhan.
Haciendo chapucillas.
Taller de Zen Namkhan.
Vista de la piscina de Zen Namkhan.
Por el camino, hemos visitado cascadas, templos, junglas, ruinas milenarias, mercados nocturnos y diurnos, y, por supuesto, el rey de Laos, el río Mekong, que lo atraviesa de norte a sur y resulta impresionante en cada rincón que lo descubres. Hemos pasado un montón de horas en autobuses locales, aunque no hayamos hecho demasiados kilómetros. Hemos dormido en habitaciones de ensueño y en otras frías y tristes, pero en ninguna parte nos hemos encontrado un Meliá, Hilton, Mcdonalds, Starbucks, KFC, Zara, Louis Vuitton o cualquier tipo de corporación transnacional chupasangres. No los tienen y no los necesitan, quizá los conozcan, incluso álguien los pueda desear, pero he podido ver como consumen sus propios alimentos, manufacturan sus vestidos y son la mar de felices. De la Cocacola no nos libramos.
Relax junto al río Mekong en Champasak.
Vat Phou (Champasak).
Vat Phou (Champasak).
Vat Phou (Champasak).
Vat Phou (Champasak).
Vat Phou (Champasak).
Luang Prabang.
Cascadas de Kuang Si.
Jungla de Luang Prabang.
Cascadas de Kuang Si.
Templo Budista, característico de Luang Prabang.
Despertar junto al río Mekong en Vang Vieng.
Ceremonia de entrega de limosnas en Luang Prabang.
Estación de autobuses.
Estación de autobuses.
Buda reclinado en Luang Namtha.
Mercado local en Luang Namtha.
Templo Budista, característico de Luang Prabang.
Stupa en Luang Namtha.
Cruzando el río Mekong en Champasak.
Y como siempre, hemos conocido gentes alucinantes. Unos pocos españoles se nos han cruzado en el camino y, la verdad, es que todos han sido de lujo. Quizá es porque ya llevamos seis meses viajando, y han sido tantos los «hola y adiós», que hemos aprendido a vivir intensamente los encuentros, máxime cuando nos une el idioma.
Me voy de Laos enamorado de Vientiane, la capital, no porque tenga mucho que ver, porque la verdad es que ofrece muy poco en lo que se refiere a interés monumental, museístico, arquitectónico y esas cosas que hacen de las ciudades destinos ineludibles. Me enamoré de su calma, del tráfico lento, de la amabilidad de la gente y de sus noches mágicas. (No tiré ni una sola foto)
Es momento de que os vengais pa Laos, no porque nosotros nos vayamos, sino porque sobre toda su pureza planea la sombra de un imperio capitalista llamado China, porque ya se pueden adivinar vestigios de una industria turística que , ojalá me equivoque, convertirán este bello país en otro prostíbulo del Sudeste Asiático.
¡Mongolia!. Escribo esta entrada, como es habitual, a toro pasado; lo hago desde un tren en China, apenas unas horas después de haber dejado atrás el que era una de los más soñados destinos del viaje. Es hora de ordenar recuerdos, de resumir todas las experiencias vividas y plasmar en pocas líneas el revoltijo de sentimientos que nos llevamos de allí. (Pido disculpas por anticipado porque creo que la extensión de este post se me va de las manos).
Quedaban apenas diez minutos para que el tren arrancase y dejásemos atrás el país de las gers. Estaba detenido en la comisaría de la estación acusado de fumar un cigarrillo (en Mongolia está prohibido fumar tabaco). Trataba de explicarle al policía que habíamos gastado hasta el último tugrik porque nos íbamos del país, y que me parecía un poco exagerado que me enchironaran por fumar un cigarro, pero él sólo me daba dos opciones: o pagar 5.000 tugriks o pasar la noche en el calabozo. Alma sollozaba en la puerta de la comisaría tratando de comprender mi adicción al tabaco. El tren estaba a punto de salir, pero mi ángel de la guarda no me defraudó, se presentó en forma de abogado. No sé de qué forma este buen samaritano se dió cuenta de mi problemón, entró en la comisaría y se puso a discutir «a grito pelao» con el poli, yo sólo podía pedir perdón en todos los idiomas que sabía y alguno que me inventaba para la ocasión. Salimos juntos de la comisaría dando efusivamente las gracias y corriendo para no perder el tren que ya estaba saliendo. Y es que cuando las cosas salen mal, salen mal, y en Mongolia todo se nos vino del revés.
La aventura empezó en Ulán Udé (Rusia). El autobús a Ulán Bator salía a las 7:30 de la mañana de la plaza del teatro. Nosotros confirmamos y reconfirmamos el sitio y la hora de partida, incluso una chica nos llevó a la misma plaza cuando llegamos a las 4 de la madrugada desde Irkutsk. A las 10 estábamos en un hotel de cinco estrellas escuchando al recepcionista explicarnos que habían cambiado el lugar de partida varios meses atrás, pero habían olvidado actualizarlo en la web. Perdimos el autobús, no había trenes ese día a Ulán Bator y nosotros teníamos que salir de Rusia sí o sí. Por suerte, el universo está de nuestro lado y ese día nos puso a disposición un autobús aunque estuviera fuera de servicio. Allí íbamos: la familia propietaria del bus y estos dos pasajeros.
Por primera vez desde que salimos de Granada nos vimos obligados a pagar por pasar la noche, y aunque el chico del autobús nos ayudó muchísimo para encontrar una guesthouse en condiciones, ya podíamos intuir que las cosas no venían de cara. Nos fuimos a dormir, positivos como siempre, felices, y por supuesto, con el firme convencimiento de que un contratiempo no podría arruinarnos esta etapa del viaje.
La palabra clave es contratiempo, porque si hablamos de clima, nos nevó, nos llovió, «nos vientó» y nos hizo calor, pero nunca en su justa medida o en el momento adecuado. Y si hablamos de plazos, todo eran contras para poder ajustar los papeleos de la visa a China, las excursiones a los sitios de interés y el tiempo necesario para desarrollar las actividades: o nos sobraban días o nos faltaban horas. Cuando las cosas salen mal, salen mal… y a nosotros nos pillaron en Mongolia.
El asunto de la visa a China merece su entrada propia, pero cabe decir que es una auténtica pesadilla, huele a comisiones por cada papel tramitado, y cuando la deniegan, que parece lo más normal del mundo, toca esperar un mínimo de dos días para volver a pasar el calvario, y luego otros cuatro para que te devuelvan el pasaporte con el sello. A nosotros nos la denegaron la primera vez, pero en la cola conocimos a Daniel, gaditano afincado en Mongolia, que nos ayudó muchísimo para superar el segundo round con éxito. Aún no sabemos por qué razón nos han dado 40 días cuando pedimos y pagamos 60 días, quizá sea por mis pelos, como dice Daniel. En cualquier caso, nos ha jodido bastante. Cuando las cosas salen mal, salen mal…, y a nosotros nos pillaron en Mongolia.
La primera mañana en Ulán Bator teníamos respuesta en el buzón de couchsurfing de Masha. Nos quedaríamos en su apartamento «soviético», conviviendo con ella, su madre, su hermano y la novia de éste durante una semana, y depués nos trasladaríamos a casa de Otgon y su familia, que incluía a Daniel, el gaditano. En ambas familias nos acogieron y nos trataron de maravilla, pero para nosotros tuvo un significado especial la segunda, porque no eran couchsurfers, sólo gente buena con ganas de ayudar a buena gente como nosotros, y aunque no tuviesen agua corriente, el baño fuese un agujero en el patio, hubiese que hacer una «excursión» para ir a las duchas públicas, y tuviésemos que atravesar las casas de varios vecinos, porque el camino era intransitable incluso a pie, nos dieron todo lo que tenían, y os aseguro que cuando la gente sólo puede ofrecer amor te hace sentir muy bien.
La primera escapada que pudimos hacer fue al Parque Nacional de Terelj, donde se puede montar caballos mongoles y visitar el templo budista Ariyabal . Pero caían copos de nieve como melones y el coche no podía circular sin que lo empujáramos, el templo estaba cerrado y los caballos en la cuadra por el frío. El único paisano que disponía de bestias para alquilarnos nos quiso timar y por poco acabamos «a hostias». Volvimos a casa como habíamos salido. Cuando las cosas salen mal, salen mal…, y a nosotros nos pillaron en Mongolia.
La segunda escapada la hicimos con el hermano de Masha (de nombre inescribible). Las siete horas de viaje de ida las pasamos tiritando; hacía un frío del copón y el coche tenía la calefacción rota, y por si fuera poco, por los bajos entraba el aire gélido de las estepas mongolas; ni los lingotazos de vodka eran capaces de quitarnos el frío del cuerpo. Con los huesos entumecidos apenas teníamos fuerzas para quitarnos de encima a la perra en celo con la que compartíamos el coche. De modo que llegamos a Tsetserleg con los dientes gastados de la tiritera, sabañones en las orejas y los vaqueros llenos de manchas. Por la mañana nos encontramos con algo más de medio metro de nieve en la puerta de casa. ¡Estábamos incomunicados en un pueblo sin internet, sin agua corriente y sin nadie que hablase cristiano!. (No os cuento la situación de tener que limpiarse con nieve cuando sobreviene un apretrón de madrugada porque resulta demasiado escatológico). Cuando las cosas salen mal, salen mal…, y a nosotros nos pillaron en Mongolia.
Está claro que en Mongolia se nos torcieron las cosas, todas las cosas. A pesar de ello, hemos conocido gente maravillosa. Hemos disfrutado de la gastronomía comiendo «Khuushuur» y «buuz» en su versión frita y al vapor, que son empanadillas de carne; «Byaslag», que son una especie de snacks de queso; además de los archiasiáticos noodles de siempre; y bebiendo «Süütei Tsai», que es té de leche salado que viene incluido con la comida.
Hemos experimentado la vida al más puro estilo Mongol, incluyendo los atestados autobuses urbanos, donde los viejetes nos ceden el asiento, y la conducción por la derecha y el volante a la derecha, cosa que acojona un poco, por aquello de la visibilidad.
Si os da por visitar este país, hacedlo en verano, por favor, y traeros pasta para pagar excursiones oficiales; disfrutaréis de un país encantador, donde los animales viven en libertad, las gentes son sencillas y amables y los paisajes maravillosos.
«Aprovechad los viajes en tren por la noche, así se gana un día» es lo que se dice siempre, pero no es del todo verdad, porque llegas reventado y sin ganas de nada, sólo de ducha, de comer y de dormir, porque en el tren, lo que se dice dormir, se duerme poco y malamente, especialmente cuando apenas estás tomando contacto con el mismísimo Transiberiano y la excitación del momento te puede.
Así llegamos a Kazán, cansados, hambrientos y sin apenas dormir. De modo que nos fuimos a casa de nuestros anfitriones “to take a rest”. La hospitalidad con la que nos trataron Masha y Dmitry superó todas nuestras expectativas, si vamos a visitar a algún familiar, no nos podrá tratar mejor de lo que esta pareja lo hizo con nosotros. Mención especial a Dmitry, que sin hablar inglés conseguía comunicarse con nosotros de maravilla; es increíble, pero incluso consiguió que mi abstemia y casi vegetariana compañera bebiese licores y comiese carne de caballo. ¡Grandes de verdad!.
Kazán es la capital de la república de Tartariztán, hablan ruso y tártaro, y como ciudad no tiene mucho que ofrecer: su Kremlim, sus iglesias, su calle peatonal y algún parque, nada que no se pueda encontrar en cualquier ciudad rusa. Destacar la visita que hicimos a un edificio inacabado que construía un viejo “no tan loco” con la ayuda de toxicómanos y alcohólicos a los que ayudaba a rehabilitarse, un proyecto digno de anuncio de Aquarius; pero el viejo murió, la obra está parada y el proyecto muerto. Ojalá y álguien continúe este maravilloso sueño.
Pero la magia llegó cuando veinte minutos después, contra todo pronóstico y de la mano de nuestros anfitriones, vimos cumplido uno de nuestros sueños:
A Ekaterinburgo llegamos, al igual que a Kazán, cansados, hambrientos y con sueño, después de una noche de Transiberiano; y de esta guisa nos fuimos al que era nuestro único objetivo: pisar la frontera entre Europa y Asia.
Tuvimos que recorrer media Rusia para que bebiera mis primeros vodkas, y es que ya no soy el que era… Nuestras conversaciones con Iván sirvieron para que escribiese un artículo para su periódico, el internacionalmente conocido METRO.
La noche de nuestra partida, de nuevo en tren, se convirtió en una auténtica pesadilla, después de haber revisado una y mil veces el ticket llegamos con dos horas de retraso a la estación, ¡porque lo que miramos una y mil veces no era la hora de partida sino el día de llegada a Irkutsk!, ¡el 22 del 4! Perdimos el tren, FUCK!. No sé lo que hubiese pasado si Iván no nos hubiese acompañado, porque yo solo no hubiera podido controlar a Alma y al mismo tiempo desarrollar un lenguaje de signos en ruso. Volvimos a comprar otros billetes para el día siguiente. Cuando escribo estas líneas, ya nos han devuelto una buena parte del importe de los tickets del tren perdido, aunque el despiste nos ha costado 60 eurazos. Pero no hay mal que por bien no venga, y el día extra pudimos asistir a la «procesión» del Domingo de Resurrección.
El tercer golpe de Transiberiano ya era más serio, tres noches y dos días y pico dentro del vagón. Puede parecer bastante claustrofóbico, pero bien aprovisionados como estábamos de té, comida, libros y alguna peli, lo llevamos bastante bien.
Y llegamos a Irkutsk, esta vez, sobre todo, con ganas de ducha. Nos esperaba en la estación Irina.
Nuestro paso por la ciudad fue un poco de locos: arreglar la visa a Mongolia, mucho turismo culinario, ya sea en casa o en el exterior, y paso por quirófano para extracción de uña. Mi compañera traía una infección en una herida causada hace tiempo, y como aquello empezaba a oler malamente acudimos a urgencias. Por cierto, no nos ha costado ni una perra, bendita seguridad social universal y gratuita, me invaden recuerdos tristes de España…
Hicimos una visita al lago Baikal, el tiempo suficiente para degustar la gastronomía típica y darme un chapuzón en sus requetefriísimas aguas (no digo congeladas porque no lo estaban, aunque aún se podían ver bloques de hielo); la cosa es que el mal rato, según la tradición, me ha supuesto diez años más de vida.
Por la noche hicimos una mini-fiesta en casa: bebimos cerveza artesana y nos acostamos tarde, de modo que al día siguiente descansamos, o dormimos la mona.
Nos esperaba un loco y largo viaje a Ulan Bator, pero eso será otra entrada.
En ésta sólo me queda dar las gracias a Irina, a Kirill y a Sacha por todo lo que nos dieron, con ellos se quedó un trocito de nuestro corazón.
Hablar de Moscú después de haber visitado San Petersburgo es como hablar de Telepizza después de haber cenado en el Bully…
Veníamos con sólo tres objetivos turísticos: el metro, la Plaza Roja y la catedral de San Basilio. Por lo demás, Moscú era sólo el punto de partida del Transiberiano.
El metro está muy bien, si lo comparamos con el de San Petersburgo empatan. Aunque en Moscú es bastante más confuso, más caro y, lo peor de todo, no hay una sola palabra en cristiano.
La Plaza Roja es muy bonita, como su propio nombre indica, porque lo de roja no son tintes comunistas, ni sangre derramada en ninguna batalla ni nada por el estilo, es un juego de palabras en ruso, de modo que su significado literal es Plaza Bonita.
Museo Nacional de Historia de Moscú.
Centro Comercial GUM.
Muralla del Kremlin.
Interior del Centro Comercial GUM.
Museo Nacional de Historia de Moscú de noche.
Pared del Kremlin donde están sepultados grandes figuras de la URSS y otros países (Iósif Stalin en la foto).
Torre Spasskaya del Kremlin.
Catedral de San Basilio de noche.
La Catedral de San Basilio está allí, al fondo de la Plaza Roja, sólo es comparable con la Catedral del Salvador de la Sangre Derramada en San Petersburgo. Por fuera, pudiéramos darle un empate, pero el entorno de San Basilio es mucho más bonito, aunque por dentro pierde. La catedral está conformada por nueve iglesias distintas, son como pequeñas capillitas unidas por estrechos pasillos y recovecos. Muy recomendable, pero menos espectacular que la de la Sangre Derramada.
Lo más interesante de Moscú está en la Plaza Roja y sus alrededores: iglesias, catedrales, monumentos, teatros, museos, bibliotecas y, por supuesto, el Kremlim, que no es el Kremlim de Rusia, es el de Mocú, y es que «Kremlines» hay muchos a lo largo de las repúblicas que conforman Rusia.
Teatro Bolshói.
La iglesia más antigua de Moscú.
Entrada al Kremlin.
Cañon del zar Ivan el Terrible en el Kremlin.
Catedral de la Dormición.
La Catedral de San Miguel Arcángel.
Memorial a los caídos en la Segunda Guerra Mundial.
Y así pasamos cuatro días paseando por Moscú; a veces solicos, a veces con Alexander, nuestro anfitrión, a veces por el día y a veces por la noche, por la parte antigua y por la postmoderna, a pie y en coche. Un día, incluso, nos subimos en una noria. Si alguna vez vais a Moscú, que merece la pena, hacedlo antes que a San Petersburgo, y no dejéis de probar los «Chebureki» en un bar al estilo soviet (no fotos).
Una de las «siete hermanas» de Stalin.
Monumento a los conquistadores del Espacio.
Entrada el Parque Gorky.
Fuente de la Hermandad en el Parque Gorky.
Monumento al Obrero y Mujer de Kolkhoz.
Centro financiero.
Nos despedimos de la ciudad a bordo del Transiberiano, pero eso será otra entrada…
Esta ciudad es probablemente el primer destino soñado de nuestra aventura, donde poner en práctica el poquísimo ruso que fui capaz de aprender antes de la partida. ¡Y menos mal que lo aprendí!. Leer cirílico lleva su tiempo, pero soy capaz de descifrar los nombres de las estaciones de metro, los precios de un café con leche o un capuchino; tengo capacidad para elegir entre un shawarma o una ensalada, puedo pedir los tickets de metro en la ventanilla, y lo más importante, puedo decir «No le entiendo, no hablo ruso» a todas horas; es bastante divertido.
Quisiera encontrar un calificativo para esta ciudad, llevo un rato delante del ordenador sin encontrar la palabra adecuada, y mira por donde, me viene una en ruso: «вкусный» (se dice Kusna), y viene a ser algo así como «delicioso». ¡San Petersburgo es deliciosa!. Nos encanta.
Nos encantan los edificios del centro. Son todos antiguos palacios de la aristocracia rusa, hoy, casi todos, convertidos en museos o administraciones, según el caso.
Palacio de Invierno (forma parte del Museo del Hermitage).Plaza del Palacio.Ribera del río Neva.Palacio de Petergoff.Interior del Palacio de Petergoff.Interior del Palacio de los príncipes Yusupov.
Nos encantan los barrios periféricos, con modernos edificios occidentales o antiguos de los «Soviet times», según el caso.
Nos encantan los ríos que la cruzan, los grandes como mares o los pequeños como canales, según el caso. También nos encantan los puentes que los cruzan.
Nos encantan las iglesias, ortodoxas, luteranas o católicas, según el caso. Y por supuesto, las catedrales.
Catedral de la Virgen de Kazán.Interior de la Catedral de la Virgen de Kazán. (Foto prohibida)Catedral de el Salvador sobre la Sangre Derramada.Nosotros frente a la Catedral de el Salvador sobre la Sangre Derramada.Interior de la Catedral de el Salvador sobre la Sangre Derramada.La Iglesia Luterana de San Pedro. (aunque no lo parezca, en los «soviet times» los comunistas tenían aquí montada una piscina)Preparando un pícnic frente a la Catedral de Peterhof.Interior de la Catedral de San Pedro y San Pablo.Panteón del zar Nicolás II, su familia y sus fieles criados en la Catedral de San Pedro y San Pablo.
Nos encantan los parques, grandes como bosques o pequeños como jardines, según el caso.
Nos encantan los monumentos que hay salpicados por toda la ciudad, de los que sabemos el significado y a quién representan o de los que no tenemos ni idea, según el caso.
La columna de Alejandro.Columna rostral en el Cabo de la Isla Vasilievsky.Pedro el Grande.El Caballero de Bronce (estatua ecuestre dedicada a Pedro el Grande).
Nos encanta la gente por la calle, jóvenes, viejitas o borrachos, según el caso.
Rusos al sol en el embarcadero del Fuerte de San Pedro y San Pablo.
Nos encantan las estaciones de metro, las de la línea 1 o las de otras líneas, según el caso.
Y por supuesto, y como siempre, lo que más nos ha encantado ha sido las personas con las que hemos convivido, sean familias completas con modernos apartamentos o solteros compartiendo pisos antiguos, según el caso.
Tatyana haciendo pancakes para desayunar.Surfeando el sofá de Serge y familia.
No nos gustan los escupitajos en la calle, en ningún caso.
En Riga, Letonia, paramos en casa de Edmunds, tanto es así, que casi no salimos. Un poco porque estábamos resfriados, otro poco porque estábamos realmente a gusto, y otro poco, por qué no decirlo, porque somos bastante perros y nos encanta perrear.
Edmunds es artista, en toda la extensión de la palabra, aunque lo que más hace es pintar. Desciende de familia de titiriteros, fabrica sus propios títeres y viaja ganándose la vida con performances callejeros. Hablando con él sobre nuestro proyecto de viaje, nos sugirió hacer pompas gigantes de jabón, a él no le salió del todo mal en su época de Berlín, y estuvimos practicando. Cool!
Haciendo pompas de jabón en la oscuridad.Vive en una antigua casa verde de madera del siglo XIX, la misma en la que vivieron su madre y su abuela, pero como no le gusta estar solo tiene alquiladas las habitaciones, así que vive con Maija, Andris y Roberts. Los cuatro son como una familia, se llevan de maravilla, hacen vida común en la cocina (el salón lo teníamos nosotros ocupado), y estando con ellos no sentimos en ningún momento la necesidad de salir a conocer la ciudad, a fin de cuentas, lo que más nos gusta de los lugares que surfeamos son sus gentes, y estos cuatro personajes tenían tanto que aportar…
Edmunds. Andris. Roberts. Maija. (desenfocada por respeto a su «please, don’t take me photos»)A pesar de las pocas ganas, del cansancio, el frío y las calenturas, el domingo salimos a dar una vueltecita por la Old Town. Lo hicimos con Edmunds y Adris; un lujo. Es mucho más interesante cuando te cuentan curiosidades, anécdotas e historias, que cuando sólo ves edificios más o menos bonitos.
Entramos al museo de la guerra, y aunque el tema viene siendo un poco repetitivo, no dejamos escapar la oportunidad. Cuenta la historia de Letonia a través de todas las conquistas y liberaciones vividas a lo largo de los tiempos, y no son pocas. Son cinco pisos de armas, uniformes, manuscritos, mapas…, todo transmite miedo, violencia, venganza, pobreza, tristeza, destrucción…, excepto una foto, la única que transmitía amor, esperanza, libertad…
Durante nuestra estancia en la casa verde, nos hablaron en varias ocasiones de que en la casa de los vecinos, «la blanca», había unas palabras en español (creían) y querían saber que decían. La noche antes de partir me acerqué con Edmunds para traducirles lo que yo esperaba sería un mensaje del tipo: «David y Belén estuvieron aquí en mil novecientos y pico»; imaginaros mi sorpresa cuando me encontré con esto:
Por la mañana temprano nos marchamos con Roberts a Tartu, Estonia. Este chico se gana la vida desarrollando una app, «WomanLog», mientras estudia, por gusto, en la universidad. Nos ofreció, además del transporte, su sofá. Tartu es realmente pequeña y en un día da tiempo de sobra para pasearla. Esta vez fui yo el que entró en el museo de las celdas de la KGB. Bastante más pequeño que el de Vilna, pero aún así resulta muy sobrecogedor.
A las 2:30 de la madrugada tomamos el bus a San Petersburgo. Rusia nos espera.
Dejamos Varsovia a las 23:00h con destino a Vilna, Lituania. El autobús estaba petado de españoles, creo que Erasmus, pero no entablamos conversación con ninguno de ellos, es demasiado pronto para añorar el idioma o la cultura que nos une, de modo que tratamos de dormir… sin éxito.
Salimos del autobús a la carrera, porque Robertas y Sigita salían de casa a las nueve de la mañana y a nosotros no nos apetecía nada quedarnos en la calle hasta las siete de la tarde que volvieran. Necesitábamos descansar, dormir unas horas en condiciones antes de surfear la ciudad. No fué fácil, pero lo conseguimos. El piso tenía unas vistas sensacionales y estábamos a dos pasos del centro histórico.
Vilna tiene un saborcito muy chulo; es pequeñita, tranquila y acogedora. El centro tiene más iglesias que Jerusalén, ¡es increíble!, y a pesar de disfrutar de un tiempo primaveral, en el interior hace un frío que pela; y no sabemos por qué razón algunas de ellas están dejadas de la mano de Dios; en otras, por supuesto, hay vírgenes milagrosas…
Hay un castillito coronando una loma que resulta bastante coqueto, y aunque como castillo dice bastante poco, es muy agradable pasear alrededor, y las vistas son espectaculares.
Pasear la Calle de la Literatura fue fascinante, ¡es tan hermoso disfrutar de la cultura en la calle!… ¡y es tan triste acordarse de algún ministro de nombre impronunciable en este blog!… Nos dejamos caer en el barrio de Uzupi, ¡qué maravilla!. El barrio está tomado por artistas que exponen en las calles, se consideran una república independiente e incluso proclamaron su propia constitución. Es de esos sitios en los que no te importaría quedarte para siempre.
Al fondo, calle de la Literatura.Calle de la Literatura.
Sabía que quería mi tattoo de rigor de cada país visitado, pero en esta ocasión buscaba algún nexo de unión que simbolizase el concepto del viaje. Esta vez no me conformaba con el nombre de mi eterna y amada compañera en el idioma de turno. Tampoco me apetecía demasiado parchearme de simbolismo de todas las clases, formas y colores. Entonces lo vi claro: este es un viaje «espiritual», la búsqueda de mi propia alma, y continuamente resuena en mi cabeza una afirmación de Yogananda: «Nada temo, soy espíritu».Andthat’s it… ésa es la «frase tattoo», y en Drakono Zenklas hicieron un bonito trabajo. Ahora puedo decirlo (sin miedo) en varios idiomas.
(Pretendo conocerme a mí mismo, y espero poder comprender la verdad de quién soy y para qué he venido a este mundo. Cada vez que reflexiono sobre este asunto, más convencido estoy de que «yo» soy mucho más que el cuerpo en el que habito, y siempre, siempre, resuena en mi cabeza esta afirmación.)
Mientras yo me tatuaba, mi eterna y amada compañera disfrutó, si se puede calificar así, del Museo del Genocidio; un edificio utilizado por los Nazis primero y por la KGB después, para torturar y aniquilar «al enemigo». No hay fotos.
Cogimos un bus a Trakai, un pueblito a treinta y pico kilómetros de la capital. Un acierto. Es una pasada: las casitas de madera, los lagos que la rodean, el castillo… resulta muy tentador y apetece quedarse unos días por allí, pero aún es pronto para dejarse llevar por el romanticismo, estamos solo de paso.
Vivimos en casa del jefe de prensa del Parlamento Europeo en Lituania, cosa que carece de importancia, pero quiero que quede constancia de que en Couchsurfing hay gente increíble, y este cargo me pareció bastante anecdótico. Además, resulta ser un autoestopista «de pro», forma parte de un club de autostop en el que hacen competiciones, y nos ayudaría muchísimo en nuestro viaje a Riga.
Surfeando el sofá de Robertas.
Y a Riga nos fuimos en autostop. Allí nos esperaba Edmunds, nuestro anfitrión, un personaje del que hablaremos cuando os contemos como surfeamos Letonia…
Es difícil hablar sobre Varsovia, especialmente cuando se escribe desde la distancia y el tiempo (ha pasado una semana y estamos en Letonia).
La primera impresión fue bastante grata; es una ciudad tranquila, limpia y muy bien cuidada. Cuando la paseamos nos dimos cuenta de que hay como tres Varsovias:
La moderna: con rascacielos de cristal, business centres, buenos hoteles y cosas así…
La comunista: fría y gris, con edificios cuadrados y ventanucos, sin ornamento, diseño o cualquier atisbo de alegría.
La Old Town: hermosa y sosegada, como sacada de un cuento de los hermanos Grimm.
Old Town.Plaza de Zamkowy.Aquí se conserva el corazón de Chopin.Tumba del soldado desconocido.Monumeto al Pequeño Insurgente.
Resulta un poco decepcionante saber que toda la ciudad fue reconstruida después de la Segunda Guerra Mundial; no es que le reste belleza, pero es como visitar una réplica de lo que una vez fue una bonita ciudad.
Viejo dando de comer a las palomas.Paseando la Old Town.
Todavía existen restos de lo que fue el gueto de los judíos durante la guerra, se pueden encontrar salpicados por la ciudad y resultan bastante impactantes.
Puerta original del Gueto.Cementerio judío.Edificio del Gueto.Monumento a las víctimas de la invasión soviética.
El Palacio sobre al Agua merece bastante la pena; no fue destruido en la guerra y se conserva tal y como fue construido, incluso el mobiliario de su interior es original. El Palacio está rodeado de un inmenso parque y se pueden encontrar un teatro real, el Palacio del príncipe, la casa de invitados… y, lo más importante e impactante de todo, ¡ardillas!; las hay por decenas, y se acercaban a nosotros con una naturalidad pasmosa… y es que los bichos nos ponen…
Poco más que contaros de Varsovia, salvo, por supuesto, que nos alojó una encantadora familia de viajeros.
Berlín está bastante bien. Aunque no la hemos «estrujado» mucho podemos recomendarla, no tanto por el paisaje urbano o la arquitectura, para eso nos quedamos con Leipzig, pero, sí es cierto, que es una ciudad llena de vida y posibilidades.
Paseando barrios. Boca de incendios.
Vista desde el puente de Oberbaum.
Estación de tren.
Nos ha sorprendido un poco la actitud de los berlineses, no son tan cabezas cuadradas como nos dicen en España, cosas como: las pirulas con los coches, las calles llenas de caquitas de perro y botellas de cerveza vacías o rotas, el coladero en el metro… son cosas que no hubiésemos creído posibles por aquí; quizá es porque se ha convertido en una ciudad tan cosmopolita que resulta difícil definir el carácter de sus gentes, quizá es porque lo que nos cuentan de los alemanes tiene tanto de cierto como lo que les cuentan a ellos de los españoles…
Turismo, propiamente dicho, hemos hecho un par de días. Primero hicimos un «Free Berlin Tours» en el que conocimos lo imprescindible. Hay que tener en cuenta que prácticamente todo el reclamo turístico gira en torno a las guerras mundiales, y los diferentes tours se especializan en estos periodos históricos. Nosotros nos quedamos con el más «general».
Puente de Oberbaum.
Check Point Charlie.
Catedral.
Plaza Gendermenmarkt. Estatua de Friedrich Schiller y Konzerthaus.
Bundestag.
Monumento al Holocausto.
Altes Museum.
Barnderburg Tor.
El segundo día «Vive Berlín» nos llevó a una visita guiada al campo de concentración de Sachsenhausen que, aunque es muy recomendable, nos decepcionó un poquito, porque del campo, propiamente dicho, queda muy poco, y lo que han hecho es convertirlo en museo; finalmente es un mix que, aunque no nos dejó indiferentes, tampoco nos sobrecogió como esperábamos de un campo de concentración.
El trabajo os hace libres.
Los baños del barracón.
Entrada al crematorio.
Crematorio.
Sin escapatoria.
No entramos en ningún museo, por aquello de ahorrarnos los cuartos, pero paseamos algunos barrios y visitamos una de las famosas casas okupas de Berlín, la Yaam concretamente. Está bastante bien el ambiente y la filosofía que las mueve.
La Yaam. Kasa Okupa.Del muro hemos visto un par de trozos, incluyendo el East Side Gallery; 1300m. decorados con el trabajo de 118 artistas provenientes de 21 países.
Una ola nos llevó a pasar la primera noche en Berlín en casa de «Dr Guzmán». El muchacho no tenía sofá que ofrecernos, de modo que estaba dispuesto a cedernos su cama y domir él en el suelo, naturalmente no lo permitimos, y así pasamos la noche en uno de los mejores suelos de Berlín.
Surfeando el sofá de Gustavo.
En pocos minutos de conversación quedamos embriagados por el acento simpático, el equilibrio emocional, la racionalidad de sus argumentos y, por supuesto, su generosidad…
Dr Guzmán
Con él y con su amiga Victoria, también chapina, también fenomenal, nos tomamos unas chelas en una de las muchísimas tiendas turcas que hay por Berlín. Pasamos un rato de lo mejor. Pintaba ser una velada mágica, pero esta vez no agarramos la ola, no nos dejamos confundir por la noche y volvimos relativamente temprano a casa. ¡Mil gracias, Gusito!
Chelas…
Surfeamos el sofá de Katharina y Paul. Enseguida nos enamoramos de ellos y de su piso. Conectamos de maravilla y compartimos un par de deliciosas cenas. ¡Lástima no haber tenido algo más de tiempo para disfrutar de su compañía!.
Surfeando el sofá de Katharina y Paul.
Nos vamos de Berlín. Tal vez otro par de días hubiesen estado bien, pero, a fin de cuentas, lo que estamos haciendo es surfear el mundo, y vino una ola que nos llevó a Varsovia…
Berlin is pretty good.Although we have not «squeezed» it so much, we can highly recommend it, not so much for the urban landscape or the architecture, in that case we prefer Leipzig, but it is true that it is a city full of life and possibilities.
View from the Oberbaum bridge.
Railway station.
We have been a little surprised by the attitude of Berliners, they are not as infeliexible as they tell us in Spain, things like: the capers with cars, the streets full of dog poop and empty or broken beer bottles, slipping in the subway … these are things that we would not have thought possible around here;maybe it is because it has become such a cosmopolitan city that it is difficult to define the character of its people, maybe it is because what they tell us about German people is as true as what they tell them about Spanish people …
As torurists, in the strict sense, we have gone out only a couple of days.First we did a «Free Berlin Tour» where we met the essentials.You must bear in mind that almost all tourist attractions centre on the world wars, and the different tours specialize in these historical periods.We prefer the most «general» one.
Oberbaum Bridge.
Check Point Charlie.
Cathedral.
Gendermenmarkt Square. Friedrich Schiller and Konzerthaus Statues.
Bundestag.
Holocaust Memorial.
Altes Museum.
Barnderburg Tor.
The second day, «Vive Berlin» took us on a guided tour of the Sachsenhausen concentration camp, which, although highly recommended, disappointed us a little, because there is very little left of the camp itself, and they have turned it into a museum; finally, it is a mix that, although it didn’t leave us indifferent, it didn’t overwhelm us as we expected.
Work make you free.
Baths.
Enter to the crematorium.
Crematorium.
We didn’t go into any museum to save money, but we walked some neighborhoods and visited one of the most famous squatter houses in Berlin, «Yaam«. Its atmosphere and philosophy are quite good.
We have seen a couple of pieces of the WALL, including the East Side Gallery, 1300 metres decorated with the work by 118 artists from 21 countries.