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SURFEANDO AUSTRALIA

LLegamos al Aeropuerto de Melburne bastante cansados, algo confundidos por el jet lag, y … ya sabéis lo que pasó: perdimos el equipo de fotos. No quiero volver a contar la historia, ni revivirla, ni menear más la mierda, pero es que la tragedia condicionó muy mucho nuestras primeras semanas en Australia. Parecía que todo salía mal o peor. No teníamos respuesta de HelpX, las guesthouses carísimas, perdiendo torneos de póker, experiencias couchsurfing desastrosas… y tristes, llenos de ira, de nostalgia y de esperanza, recorrimos las calles de Melburne intentando no pensar ni hablar de lo mal que nos iban las cosas. Se sintió y se supo que Melburne es una ciudad especial, pero no se disfrutó  en absoluto.

Entonces obtuvimos nuestra primera experiencia HelpX, y luego otra y otra. Y así pasamos casi todo el tiempo en Australia, exceptuando unos días de viaje que compartimos con Sebastian y Carolina en su autocaravana, y unos días que gastamos en Sidney, donde nos encontramos con Stef, que estuviera en casa años atrás.

Warren y Sheryl nos abrieron su casa y sus corazones, y nos dieron una primera experiencia HelpX alucinante. Con ellos nos dimos cuenta de que la vida continúa, de que el viaje continúa, y nos quedaban experiencias maravillosas y no tan maravillosas por venir. Poco trabajo tuvimos que hacer en su casa: weeding, un poquito de pintura, un poquito de esto y otro poquito de aquello. Luego a disfrutar de la compañía, de las conversaciones llevadas por el vino, de las clases de póker a Harry, de las siestas… ¡Beautiful!

Y surfeamos Tess y Grahan’s place. Esta pareja vive en mitad de la nada, en una especie de resort. Es un sitio muy chulo, con clientes estupendos y trabajos gratos. El desayuno, el tea time de por la mañana, el almuerzo, el tea time de por la tarde y las cenas, además de para degustar las comidas más exquisitas, eran una excusa para divagar en conversaciones filosóficas, metafóricas, y muy muy divertidas. Apenas recién llegados el primo hermano de Cocodrilo Dundee ya nos decía:
No restrictions. There is no restriction here, you can go wherever you want, you can take whatever you want. No restrictions.
Una semana después, ellos se tenían que marchar a una reunión  familiar en Melbourne. Nos ofrecieron quedarnos en Payne’s Hut. La idea nos tentó, estábamos realmente bien allí, pero nos dió miedo quedarnos a cargo de lo que era el sueño de aquella beautiful pareja.

Tomamos la decisión de irnos a Buchan, a la backpacker de Dick. Y como fué una decisión tomada a partir del miedo, el resultado fué nada más que regular. Nos tocó limpiar lo que no se había limpiado en años. Dormíamos en literas, en habitaciones de 20 literas, aunque siempre solos, la clientela brillaba por su ausencia. Nos vimos obligados a comer la misma pasta con la misma salsa cinco días seguidos para almorzar y cenar. Deseábamos irnos, pero como era un pueblucho de tan solo 150 habitantes no había autobuses en una semana, así que nos preparábamos para hacer dedo. Gracias al facebook contactamos con Sebastian & family (nuestros couchsurfers en Varsovia) y vinieron a rescatarnos. Pero no todo fué malo allí, entre otras cosas, tuvimos nuestro primer contacto de cerca con canguros. ¡Beautiful!

Cuando llegamos a casa de Wiky no sabíamos que íbamos a surfear todo el valle de Webbscreek y todo el valle de McDonald, y es que por aquí nos han utilizado a su antojo, llevándonos de aquí para allá, de casa de uno a casa de otro.  Ha sido casi un mes y medio en el que hemos profundizado en el bush australiano, conociendo gentes alucinantes, bebiendo agua de lluvia, cagando en báteres de compost, recogiendo sobre la marcha las verduras que íbamos a comer, montando a caballo, conviviendo con arañas, serpientes, lagartos, possums, wallabies, antechinus y todo tipo de fauna salvaje. Hemos talado árboles, arreglado tejados y caminos, reparado jaulas de pollos y toda clase de curros que os podáis imaginar. Hemos reído muchísimo, hemos conversado sobre los temas más profundos y sobre los más banales, hemos ido a fiestas y nos han echado, hemos conducido por la izquierda, fumado marihuna… y todo eso nos ha hecho muy muy felices. Pero…

…Pero el fantasma de la cámara continuaba levitando por nuestras mentes.

¿Por qué la perdimos? … y ¿para qué ?.

El porqué está clarísimo: aquí, mi compañera y yo tuvimos exactamente el mismo despiste, exactamente en el mismo instante, el que bastó para «perderlo todo».

Y…¿para qué?

Estuvimos más de dos meses viviendo sin vivir en nosotros porque no éramos capaces de encontrar la respuesta. En cada lugar al que llegábamos, a cada persona que conocíamos le contábamos la misma película, un poco para desahogarnos, y otro poco con la esperanza de encontrar a alguien que nos diese una razón que justificara el desastre.

Llegábamos al final de nuestro paso por Australia y nos marchamos a casa de René. Él estaba interesado en la realización de un vídeo y nosotros nos interesamos mucho por su trabajo como terapeuta. El trato era que él mediría las energías de nuestros cuerpos y yo le daría algunos tips para la producción de un vídeo. Al final le hice el vídeo al estilo compradre. Nunca jamás, en catorce años de profesión, he visto a nadie tan contento por un trabajo. Lo podeis ver aquí.

Pero, sin avisar y de improviso, nuestra última noche en Australia resultó mágica. Conocimos a Sylviane. ¡Qué mujer más increíble!. Ella fué capaz de darnos la respuesta que tanto habíamos buscado, pero ésa nos la reservamos para nosotros. Nos abrió los ojos, y ahora lo veíamos todo desde una nueva perspectiva. Ahora estábamos preparados para aceptar el ofrecimiento que nos habían hecho anteriormente para comprar la cámara y habíamos rechazado. A veces resulta increíble como pueden cambiar las cosas en un sólo instante: lo ves todo envuelto en tinieblas, parpadeas y… ¡plaf!. Todo es ahora luz.

Amigos, nos vemos en las Américas.

SURFEANDO MALASIA Y SINGAPUR

Hablar de nuestro paso por Malasia y Singapur, sabiendo que no tenemos fotos para ilustrarlo, se me hace muy, pero que muy cuesta arriba. Pero no podemos abandonar este proyecto, no podemos dejar de contar nuestro viaje ahora, de modo que trataremos de describir aquellas fotografías que guardamos en nuestra retina, y que allí estarán para siempre.

Entramos a Malasia caminando. Nadie cruzaba la frontera en esos momentos, de modo que todo resultó muy rápido y sencillo. En apenas unos metros, pasamos de un país budista a uno musulmán; otra vez cambiabamos el idioma, la moneda, la cultura. Después de más de dos meses en nuestra amada Tailandia recuperamos el espíritu viajero, la emoción por descubrir nuevas cosas, nuevas comidas,  nuevas gentes.

La primera parada era Kota Barhu. No es una ciudad especialmente interesante, pero nos enamoramos de sus mercados. Apenas te aproximas te invaden mil y un olores: frutas, verduras, carnes, especias, comidas…; todos se mezclan en un intenso cóctel que cambia de matiz a cada momento. En el centro, el mercado se abre en una hermosa plaza interior de forma octogonal y las paredes están pintadas de intensos colores desde la planta baja hasta el cuarto piso. Los puestos están perfectamente organizados en hileras, son tarimas de un metro de alto donde exponen verduras, especias, carnes, pescados, dulces… Las mujeres, con sus pañuelos en la cabeza, se sientan en medio del género, ordenando o preparando constantemente bolsitas y frascos que previamente alguien les ha encargado.

Como en casi todos los mercados del Sudeste Asiático, en éste también se puede comer, en el primer piso se encuentran todos los restaurantes. Normalmente, la comida está ya preparada y la exponen en bandejas para que tu elijas entre lo que mejor pinta tenga. El laksa (sopa de pescado picante) es uno de los más famosos platos de por allí, y siempre hay bandejas con pollo y pescado cocinado de diferentes formas, y con diferentes salsas, que se sirven con un buen puñado de arroz blanco. Si pides más pagas más, si pides menos pagas menos.

También pasamos por Kuala Terengganu. Es una ciudad ya más grande, con más cositas. Lo más es la Mezquita de Cristal; es una construcción moderna, las paredes son de cristales o espejos y los techos son negros. Está edificada casi sobre el agua en una pequeña isla en la bahía, y aunque no es especialmente grande, resulta espectacular y de una belleza bastante intensa. En la misma isla está el “Taman Tamandu Islam”; es un parque en el que se encuentran reproducidos a escala, los veintitantos edificios más importantes del Islam en el mundo, como la Mezquita de la Roca, el Taj Mahal o la Alhambra. Entramos por eso, por ver la reproducción de la Alhambra, y porque todo el mundo lo pone como imprescindible. A nosotros, la verdad, nos gustó poco o nada; y la Alhambra… bueno… sí… se parecía un poco, pero lo más llamativo era el Palacio de Carlos V,  que no es precisamente musulmán.

Pasear por el barrio chino de Terengganu está muy bien; es básicamente una calle principal llena de comercios y restaurantes, atravesada por numerosos callejones de metro y medio de ancho. Todos ellos son especiales por algo: uno por estar pintado de graffitis, otro por tener un “techo” de paraguas de colores, otro por tener una valla con candados y mensajes de amor en las paredes (nosotros dejamos el nuestro), otro dedicado a las tortugas, con baldosines formando cuentos… Por las noches, en el paseo de la desembocadura del río se montan miles de puestos de todo lo imaginable, desde comida a ropa de segunda mano, los árboles lucen con diferentes colores y es bastante mágico.

No fuimos a las playas de Terengganu por dos razones: una es que estaban esperando el monzón y, por lo tanto, todo estaba cerrado, la otra es que veníamos de pasar unos días en las Perhentians.

Estuvimos en «Kecil», o lo que es igual, la pequeña, la de los mochileros, la barata, porque la grande está llena de resorts. Perhentian Kecil es brutalmente hermosa, las aguas son cálidas y cristalinas, absolutamente transparentes y llenas de pececillos, las arenas blancas y finas, el interior es salvaje, selva donde, como diría mi suegro, no cabe más verde. No llega la red eléctrica, de modo que los sitios tienen sus propios generadores; en las guesthouses no hay luz durante el día, sólo por la noche, y eso está bien, es mágico, y le suma puntos a la isla en su carácter paradisíaco, porque la verdad es que aquello es un auténtico paraíso. El problema es que llegamos fuera de tiempo, apenas quedaba nada abierto. Nosotros queríamos hacer un poquito de buceo porque es baratísimo, pero nos tuvimos que contentar con hacer snorkeling. ¿Contentar?… ¡Qué pasada!… ¡Qué experiencia!. Buceamos junto a tortugas, mil peces de mil colores, tiburones… y además, de eso sí tenemos fotos.

Nos fuímos de Terengganu a toda prisa para llegar a tiempo a la fiesta de cumpleaños de Patrick en Singapur. Una fuerte insolación me llevó todo el viaje con fiebre, y al mismo tiempo asustado, por si no me dejaban entrar al país pensando que fuese un infectado de Ébola.

Muy cansados, fiebrosos y con diarrea nos encontramos con problemas en la frontera. Primero, nos llevaron a las oficinas de inmigración porque es la segunda vez que visitábamos Singapur y en el pasaporte, al ser nuevo, no constaba el sello de entrada o salida, de modo que ‘pa dentro’, ‘pa la oficina’ a ser interrogados.

«¿Por qué habéis venido?. ¿Cuánto tiempo vais a estar aquí?. ¿ A qué te dedicas?. ¿Teneis problemas con el dinero?….»

Pasado el trance, llegamos al control de equipaje, donde me descubrieron el montón de tabaco que había comprado en Tailandia. Otra vez ‘pa dentro’: registro en profundidad de mochilas, charla del policía de turno explicando que para entrar con MI tabaco tenía que pagar unas tasas de mas de 100$. La fiebre no me dejaba pensar, el cansancio me tenía muerto, con todo fuí capaz de decir que tiraran el tabaco delante de mí a la papelera porque no se lo iba a fumar nadie a mi costa. No me dieron ni el paquete que llevaba abierto.

Llegamos a casa de Pat a tiempo para la fiesta, pero la fiebre no bajaba, me la pasé durmiendo en el sofá, mientras, a ratos, oía como se lo pasaban pipa.

Durante nuestra estancia en Singapur salíamos de la casa sólo para comer. No nos gusta Singapur.

Decidimos irnos para Australia en avión, lo de los barcos es demasiado difícil y requiere demasiado tiempo: o gastar el dinero en comer y dormir durante días (o semanas) para viajar gratis, o gastar el dinero en un billete de avión y llegar yá.

Nos fuimos a Melbourne.

SURFEANDO TAILANDIA (Primera ola)

No sé si he venido a este país tres veces porque me gusta mucho, o si me gusta mucho porque he venido tres veces, la cuestión es que soy un enamorado de Tailandia.

En esta ocasión tocó entrar por el noreste, cruzando la frontera con Laos. El destino era Kanchanaburi, pero disponíamos de tiempo suficiente para explorar un poquito la Tailandia menos turisteada y disfrutar unos diítas en alguna de sus increíbles playas antes de recluirnos en el Templo del Tigre.

Hemos parado en Ubon Ratchatani, Buriram, Phi Mai, Bangkok y Hua Hin antes de llegar a nuestro destino. Hemos conocido funcionarios, granjeros, masajistas, prostitutas y empresarios, que nos han ayudado a conocer mucho más profundamente la cultura de este país que, por cierto, ahora está tomado por los militares. Las diferencias entre la derecha y la izquierda políticas son brutales, los altercados se venían sucediendo cada vez con más frecuencia en una incansable lucha por el poder. La corrupción es de proporciones magnas y el ejército tomó el poder, por un periodo no superior a un año, dicen ellos, pero nadie les cree. Nadie habla del asunto, ahora nadie quiere tomar partido en política, pero todos quieren que vuelva la democracia.

Pero no os creáis que esto está muy cambiado, apenas se nota, no se ven militares por la calle, ni la presencia policial es «sospechosa», aunque, para mi desgracia, sí han puesto límites a los horarios nocturnos, los bares cierran antes y el ajetreo que antes había de madrugada ya no existe. De hecho, he tenido que salir corriendo en un par de ocasiones para no tener problemas con la policía, nada grave, pero impensable antes del golpe de estado.

A pesar de todo, las gentes de este país son extraordinarias, quizá es por su condición de budistas, o simplemente por su cultura milenaria, porque nunca han sido colonizados, y eso se nota. Siempre tratan de ayudarnos cuando nos ven perdidos, siempre se interesan por nosotros y tratan de hacernos sentir bien. Hay gilipollas, como en todas partes, pero os aseguro que por aquí están menos generalizados que en España. Nadie se mete en la vida de nadie, no les importa demasiado a qué te dediques, o con quién folles, les da igual que adores a un dios o a otro, o a ninguno, si tienes más o menos dinero les es indiferente, y mucho más en qué te lo gastes. Cuando miran a una persona ven a una persona, y todo lo que acabo de decir es secundario para ellos, por eso nos gustan. Ojo, muchos son pobres, muy pobres, y nosotros, los occidentales, somos su única esperanza de obtener algunas pelas para comer, es fácil entender que eleven los precios para («timar» ) a los turistas tanto como puedan.

En Ubon no hicimos nada interesante, no es una ciudad muy atractiva, y aprovechamos casi todo el tiempo para buscar couchsurfers en el camino a nuestro destino, playas interesantes que no se desviasen demasiado del trayecto, aprender cuatro palabrejas de Thai, y buscarnos la vida para viajar barato. Hay trenes gratis para los locales y con precios casi simbólicos para los turistas (a veces unos cuantos céntimos); son viejos, lentos, paran en cada estación y no tienen aire acondicionado, sin embargo para nosotros tienen un saborcito muy especial. Apenas encuentras extranjeros y los locales que viajan en ellos son gente humilde y muy auténtica: los niños se acercan a jugar con nosotros, y un vecino de asiento nos sorprende cuando compra galletas de piña y nos las regala, nos avisan cuando hay algo interesante al otro lado de las ventanas (monos por ejemplo), nos cuentan a dónde van y nos preguntan a dónde vamos.

En el tren
En el tren.
¡Que peste!...
¡Qué peste!…

En Buriram estuvimos unos días con Mary y su madre. Fuímos a clase de yoga, al funeral de un pariente (toda una experiencia), a comer a los mejores sitios, al nuevo mercado y al de toda la vida, paseamos por la ciudad y visitamos las ruinas de Phanom Rung National Park.

A casa de Supaporn llegamos después de un tren, dos autobuses y la pickup de un granjero; y es que esta mujer de 70 años nos dió alojamiento en mitad de ninguna parte. Con ella cocinamos, charlamos largo y tendido, y fuímos de compras a la ciudad, lo que implicaba ocho kilómetros en bici hasta la parada del autobús, para ello hicimos acopio de bicis entre sus familiares. Y allí estaban las bicis a la vuelta, sin un sólo candado, y es que en Tailandia no parece que el personal sea amigo de lo ajeno.

Y en tren llegamos a Bangkok. Una extraña sensación nos invadió cuando llegamos a una estación de tren conocida y llena de recuerdos felices. Además nos alojamos en la misma guesthouse de Khao San en la que estuviéramos dos años atrás.
Había llegado el momento de deshacerse, ¡por fin!, de la ropa de invierno que cargamos desde los inicios del viaje. Dejamos algo en las mochilas, por si las moscas, pero enviamos un paquete de ocho kilos a España. ¡Ocho kilos!.
En Bangkok asistiríamos a nuestra primera fiesta de couchsurfers, convocada por un polaco, en la super terraza de un hotel de lujo, donde no pudimos beber ni agua porque los precios eran también de lujo. Nos acompañaron nuestros amigos de Cap Pressa, una parejita de Barna que andan viajando por Asia en bici. Allí conocimos a Bay, un tailandés con quien pasaríamos la velada y cuyas recomendaciones nos llevaron a nuestro siguiente destino: Hua Hin.

Hua Hin es una ciudad costera, no masificada por turistas, pequeña, barata y con una playa bastante aceptable. Nos esperaban unos días de completo relax, comiendo, durmiendo y… comiendo y durmiendo. La guesthouse estaba casi a pie de playa, en el centro del meollo, por lo que al caer la noche yo podía ir caminando a tomar una cerveza sin miedo a perderme. Tuve la suerte de conocer a Tian, una masajista thai con la que forjé una estrecha amistad en muy poco tiempo. No penséis mal, entre nosotros no hubo sexo, ni dinero, sólo unas cuantas partidas de billar, unos cuantos bailes, y unas cuantas horas de conversación que han servido para que vea a las «chicas» de Tailandia desde un prisma mucho más cercano a la realidad.

Ahora estamos en Kanchanaburi, a pocas horas de enclaustrarnos en el Templo del Tigre, a pocas horas de pasar un mes completo sin fumar, sin berber, sin follar y sin cenar. Y es que me he propuesto pasar este mes como un auténtico monje budista, a fin de cuentas es sólo un mes, y no hay mejor manera de entender algo que experimentándolo de lleno.

SURFEANDO LAOS

Pensábamos que cualquier cosa sería mejor que China, pero a Laos llegamos con un poquito de miedo por aquello de poder encontrarnos más de lo mismo. Pero no, en absoluto. Laos es un país auténtico. Hemos encontrado bastante turismo, pero de ése que no chirría los dientes, en su mayoría mochileros, respetuosos con las costumbres, las gentes y la naturaleza del país. No es el mejor destino si lo que buscas es desparrame, fiesta y locura. Aquí se viene a mezclar uno con las gentes de los pueblos, con la jungla, los animales… La vida nocturna es casi inexistente, teniendo en cuenta que vida nocturna se puede considerar de siete de la tarde a doce de la noche. A partir de las diez ya es difícil encontrar nada abierto, pero a las cinco de la mañana empieza la vida.

Hemos visitado Luang Namtha, Oudomxay, Luang Prabhang, Vang Vieng , Vientiane, Champasak y Pakse. Las dos primeras semanas nos acompañaron las lluvias monzónicas, no es que nos importe demasiado que nos llueva, más bien nada, a estas alturas, pero hay que reconocer que se desluce un poquito el viaje. Por otro lado, cuando no llueve hace un calor del copón, y al final no sabe uno si prefiere acabar empapado en agua o empapado en sudor.

Lo ideal por estos lares es hacer trekking, pero a Alma, eso de caminar durante horas por la jungla como que no. Así que lo que hicimos fué explorar pequeñas aldeas, a las que llegábamos por caminos intransitables, comer, o tratar de comer, en lugares inhóspitos donde seguramente ningún guiri había ido a parar jamás.

El couchsurfing en Laos apenas funciona, y los pocos que hay están en la capital, de modo que decidimos intentar nuestra primera experiencia en Helpx, y en Luan Prabhang nos contestaron. Buscamos «La pistoche», una piscina con bar regentada por Nathalie. Pero para nuestra desgracia no tenía nada interesante que ofrecernos, bueno, algo sí que tenía, el contacto de un tipo canadiense que tenía un resort a media hora de la ciudad.
– ¿Os interesa?
– Síííííí
Dos días después estábamos en Zen Namkhan Boutique Resort, fantástico lugar en mitad de la jungla, para reparar la instalación eléctrica del complejo, traducir su web al castellano, inventariar la lencería del hotel y  hacer todo aquello de lo que fuésemos capaces, eso sí, a ritmo de Laos, tranquilamente, sin prisa pero sin pausa. Era nuestra primera experiencia en Helpx, y también para Luc y para Moon, por lo que al final casi resultó una experiencia de amistad más que de intercambio de «intereses». Yo, concretamente, encontré en Luc a uno de los míos, y cada tarde nos juntábamos en la mejor cabaña para charlar, «fumar» y beber gintonics. Podíamos haber estado un mes, o un año, o dos…, pero el propósito de este viaje es darle la vuelta al mundo, y cada país tiene su tiempo limitado (por las visas). A la semana nos fuimos. No echaremos de menos a los mosquitos, las hormigas carnívoras, las  superarañas y todo tipo de insectos king size con los que convivimos y compartimos dormitorio. Nunca olvidaremos a San, a Meng, a Monk y todo el staff con el que compartimos momentos deliciosos.

Por el camino, hemos visitado cascadas, templos, junglas, ruinas milenarias, mercados nocturnos y diurnos, y, por supuesto, el rey de Laos, el río Mekong, que lo atraviesa de norte a sur y  resulta impresionante en cada rincón que lo descubres. Hemos pasado un montón de horas en autobuses locales, aunque no hayamos hecho demasiados kilómetros. Hemos dormido en habitaciones de ensueño y en otras frías y tristes, pero en ninguna parte nos hemos encontrado un Meliá, Hilton, Mcdonalds, Starbucks, KFC, Zara, Louis Vuitton o cualquier tipo de corporación transnacional chupasangres. No los tienen y no los necesitan, quizá los conozcan,  incluso álguien los pueda desear, pero he podido ver como consumen sus propios alimentos, manufacturan sus vestidos y son la mar de felices. De la Cocacola no nos libramos.

Y como siempre, hemos conocido gentes alucinantes. Unos pocos españoles se nos han cruzado en el camino y, la verdad, es que todos han sido de lujo. Quizá es porque ya llevamos seis meses viajando, y han sido tantos los «hola y adiós», que hemos aprendido a vivir intensamente los encuentros, máxime cuando nos une el idioma.

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Me voy de Laos enamorado de Vientiane, la capital, no porque tenga mucho que ver, porque la verdad es que ofrece muy poco en lo que se refiere a interés monumental, museístico, arquitectónico y esas cosas que hacen de las ciudades destinos ineludibles. Me enamoré de su calma, del tráfico lento, de la amabilidad de la gente y de sus noches mágicas. (No tiré ni una sola foto)

Es momento de que os vengais pa Laos, no porque nosotros nos vayamos, sino porque sobre toda su pureza planea la sombra de un imperio capitalista llamado China, porque ya se pueden adivinar vestigios de una industria turística que , ojalá me equivoque, convertirán este bello país en otro prostíbulo del Sudeste Asiático.

SURFEANDO CHINA (Primera ola)

Cuando las cosas salen mal, salen mal, y a nosotros nos pillaron en Mongolia. ¿Os acordáis?.

Lo primero que hicimos en Herenhot, China, fue esperar el tren con destino a Hohhot para encontrarnos con Daniel, el gaditano, y surfear una ola que nos llevaría hacia el oeste, a la China recóndita y al Kirguistán. China (Ola1)-1 China (Ola1)-2Y esperando en la estación nos comimos unos noodles que compramos en Ulán Bator para el viaje. ¡ERROR!. ¿Noodles de Mongolia?. Si os estáis imaginando lo peor estáis acertando de pleno. Esos fideos malditos provocaron una reacción intestinal en cadena, una serie de catastróficas desdichas que nos han jodido, o casi, los primeros veinte días de viaje por China. Pero éste no es un blog de lamentos y quejas, de modo que podéis y debéis reíros con nuestras desgracias, al fin y al cabo nosotros también lo hacemos.

Hemos pasado por Hohhot, Yinchuan, Lanzhou, Chengdú, Guiyang y Yangshuo, y en todas ellas hemos visto nada o casi nada que podamos mencionar a modo de interés turístico, en cuanto a experiencias vamos sobraos.

En Hohhot  paramos en un hostal «ilegal» esperando a que Alma se repusiera. Hay que saber que no todos los hostels de China tienen licencia para albergar extranjeros (es el caso). Lo negoció Dani y nos permitieron hospedarnos con la condición de que no nos dejasemos ver por los vecinos y clientes. Así pasamos nuestros primeros tres días en China, cuasi escondidos, cagando deprisita (todos menos Alma), antes de que alguien pudiese venir al baño compartido, y saliendo y entrando furtivamente por las noches.

Aunque el estado de salud de mi compañera no mejoraba, decidimos partir rumbo a Urumqi; de modo que nos fuimos con nuestros pasaportes a comprar el billete. China (Ola1)-19No había para hoy, ni para mañana, ni para pasado… ¡Así se pierden las olas, amigos!. Hay que saber que conseguir billetes para el tren en China sobre la marcha es poco más o menos imposible. ¡Son 1.400 millones de chinos!, a poco que unos cuantos decidan moverse llenan los trenes para varias semanas. China (Ola1)-21Si algo aprendes al surfear, es que cuando pierdes una ola tienes que mirar para atrás, porque luego vienen otras que, al final, te llevan a la misma orilla, o a una orilla mejor. En este caso vinieron en forma de trenes provinciales de corto recorrido (Travel China Guide) .

Primera parada: Yinchuan. Varias cosas que ver en los alrededores, a priori un lugar bastante apetecible. Nos las averiguábamos para hacer el tour de los sitios de interés sin tener que pagar los 300 yuanes que nos pedían los buscavidas de la estación. La fórmula pasaba por tomar un bus al centro del pueblo y allí buscarnos las habichuelas. Así lo hicimos, tomamos el bus 301 con la esperanza de otear algo interesante por la ventanilla, quizá un Starbucks con wifi (no es nada fácil encontrar wifi en este país), una calle comercial o algo así.

China (Ola1)-22A media mañana estábamos perdidos, en un internet café de una ciudad desconocida, intentando averiguar dónde carajo estábamos y como volver. Por suerte, nos ayudó Chun Li, una couchsurfer China (Ola1)-27con la que quedaríamos para comer y nos daría algunos «tips» para movernos por la ciudad el tiempo que nos quedaba. Cuando digo movernos, me refiero a Dani y el que os escribe, porque mi compañera de aventuras pasó la tarde dormitando en el banco de un parque,  con una tremenda crisis hemorroidal, China (Ola1)-37China (Ola1)-34custodiada por los viejos del lugar (en China los viejos se reúnen en los parques a bailar, cantar, jugar a las cartas y cosas así, de hecho, es una de las cosas que más me han gustado de este inmenso país).

Por supuesto, no hubo tiempo para conocer los sitios de interés de los alrededores.

En Lanzhou los planes volvieron a cambiar. Necesitábamos tiempo para que Alma se repusiera y no queríamos seguir «amargando» el viaje de Dani. Buscamos un couchsurfer para poder estar un par de días relajadamente, tumbados boca abajo, y con niveles de higiene que estuviesen dentro del rango de lo normal.

China (Ola1)-196Pasamos varios días en casa de Dong y su familia; les estamos tremendamente agradecidos por el fabuloso trato, el cariño y los esfuerzos que hicieron por ayudarnos con nuestro problemilla de salud. Aunque por unas razones u otras no nos pudo visitar ningún médico, acudimos a varias farmacias a por medicamentos propios para las hemorroides, para entonces ya habíamos hecho uso de un mix de remedios caseros españoles, China (Ola1)-74chinos y medicinas tradicionales y nuevas, pero aquello no mejoraba. Apenas pudimos dar dos paseos por Lanzhou antes de irnos a Chengdú a molestar a otra familia.

Llegamos a Chengdú con la intención de ver pandas, un parque nacional chulísimo y un mega buda en una roca. Un día para cada cosa, siempre intentando arribar a los nuevos lugares como si no tuviésemos «un grano en el culo» jodiéndonos la vida, pero lo teníamos. China (Ola1)-101 China (Ola1)-105Pasar ocho horas sentados en un autobús para caminar por montañas empinadas no era la mejor de las ideas, así que, finalmente, sólo pudimos ver los pandas y, para colmo, salimos decepcionadetes de allí, creíamos que íbamos a una reserva natural con animales en estado salvaje, o casi salvaje, y el Panda Park no es más que un zoológico monográfico, mu limpio, mu bonico, mu bien organizao, pero no resultó atractivo para nosotros. Por cierto, los pandas preciosos.

China (Ola1)-119Apenas un paseo por Chengdú y el apartamento de Mike y Cindy (hay que saber que los chinos se ponen nombres ingleses porque los suyos no hay dios que los pronuncie), completó nuestro apasionante paso por esta ciudad.

Nuevamente, el siguiente destino, Guiyang, lo marcó la disponibilidad de los trenes . Allí el objetivo era parar tan sólo un día para ver las cascadas de Huangguoshu, China (Ola1)-156las más grandes de China, y seguir con nuestro camino. Contra todo pronóstico todo salió de maravilla. Llegamos por la mañana a casa de Paul, quien además de darnos tickets de entrada nos acompañó a la excursión. Al pricipio parecía que se nos torcía la cosa porque las entradas estaban caducadas, pero nos las ingeniamos para colarnos por la puerta de atrás, así que visitamos las waterfalls gratis. (No hemos hecho un sólo viaje en nuestra vida sin visitar waterfalls).

China (Ola1)-159 China (Ola1)-160Por la noche un amigo de Paul nos invitó a una de las más suculentas cenas que hemos tenido desde que saliéramos, y lo hizo porque estamos haciendo lo que queremos hacer, por cumplir nuestro sueño; es asombroso como la gente en lugar de sentir envidia siente empatía y trata de ayudarnos, o recompensarnos por hacer lo que hacemos. Si visitáis alguna vez Guiyang, no dejéis de cenar en este restaurante:

China (Ola1)-162

Última parada: Yangshuo. Una ciudad pequeñita y muy turística, llena de cosas que ver y hacer. No obtuvimos respuesta de couchsurfing y tocó guesthouse.  China (Ola1)-197En Yangshuo es común alquilarse bicis y pasear por los alrededores, pero, dadas las circunstancias, preferimos pillarnos una scooter cómoda de asientos acolchados. Pasamos un día de fábula dando motazos,China (Ola1)-185 perdiéndonos por las aldeas de los alrededores y visitando campos de té. Pero al final del día sobrevino la catástrofe y nos pasamos los dos días siguientes metidos en la habitación, tumbados boca abajo y saliendo apenas para comer.

Y nos fuimos para Shenzen, en la frontera con Hon Kong; no sin antes «pelear» con la chica de la agencia, porque compramos billetes para el bus cama y nos quería meter en asientos. En condiciones normales quizá me hubiese callado la boca y hubiese aceptado el descuento, pero no estaba dispuesto a renunciar a que Alma viajase tumbada, así que lie el pollo, más bien el chicken, porque lo hice en inglés; por cierto, no se me da nada mal discutir en inglés, me sorprendió lo clarito, fluidito y convincente que puedo llegar a ser. Nos fuimos en bus cama.

Ya veis que calamitosos han resultado ser estos primeros 20 días en China. Volveremos, y esperemos que en mejores condiciones porque en Hong Kong nos espera una cita con el proctólogo.

SURFEANDO MONGOLIA

¡Mongolia!. Escribo esta entrada, como es habitual, a toro pasado; lo hago desde un tren en China, apenas unas horas después de haber dejado atrás el que era una de los más soñados destinos del viaje. Es hora de ordenar recuerdos, de resumir todas las experiencias vividas y plasmar en pocas líneas el revoltijo de sentimientos que nos llevamos de allí. (Pido disculpas por anticipado porque creo que la extensión de este post se me va de las manos).

Quedaban apenas diez minutos para que el tren arrancase y dejásemos atrás el país de las gers. Estaba detenido en la comisaría de la estación acusado de fumar un cigarrillo (en Mongolia está prohibido fumar tabaco). Trataba de explicarle al policía que habíamos gastado hasta el último tugrik porque nos íbamos del país, y que me parecía un poco exagerado que me enchironaran por fumar un cigarro, pero él sólo me daba dos opciones: o pagar 5.000 tugriks o pasar la noche en el calabozo. Alma sollozaba en la puerta de la comisaría tratando de comprender mi adicción al tabaco. El tren estaba a punto de salir, pero mi ángel de la guarda no me defraudó, se presentó en forma de abogado. No sé de qué forma este buen samaritano se dió cuenta de mi problemón, entró en la comisaría y se puso a discutir «a grito pelao» con el poli, yo sólo podía pedir perdón en todos los idiomas que sabía y alguno que me inventaba para la ocasión. Salimos juntos de la comisaría dando efusivamente las gracias y corriendo para no perder el tren que ya estaba saliendo. Y es que cuando las cosas salen mal, salen mal, y en Mongolia todo se nos vino del revés.

La aventura empezó en Ulán Udé (Rusia). El autobús a Ulán Bator salía a las 7:30 de la mañana de la plaza del teatro. Nosotros confirmamos y reconfirmamos el sitio y la hora de partida, incluso una chica nos llevó a la misma plaza cuando llegamos a las 4 de la madrugada desde Irkutsk. A las 10  estábamos en un hotel de cinco estrellas escuchando al recepcionista explicarnos que habían cambiado el lugar de partida varios meses atrás, pero habían olvidado actualizarlo en la web. Perdimos el autobús, no había trenes ese día a Ulán Bator y nosotros teníamos que salir de Rusia sí o sí. Por suerte, el universo está de nuestro lado y ese día nos puso a disposición un autobús aunque estuviera fuera de servicio. Allí íbamos: la familia propietaria del bus y estos dos pasajeros.

Por primera vez desde que salimos de Granada nos vimos obligados a pagar por pasar la noche, y aunque el chico del autobús nos ayudó muchísimo para encontrar una guesthouse en condiciones, ya podíamos intuir que las cosas no venían de cara. Nos fuimos a dormir, positivos como siempre, felices, y por supuesto, con el firme convencimiento de que un contratiempo no podría arruinarnos esta etapa del viaje.

La palabra clave es contratiempo, porque si hablamos de clima, nos nevó, nos llovió, «nos vientó» y nos hizo calor, pero nunca en su justa medida o en el momento adecuado. Y si hablamos de plazos, todo eran contras para poder ajustar los papeleos de la visa a China, las excursiones a los sitios de interés y el tiempo necesario para desarrollar las actividades: o nos sobraban días o nos faltaban horas. Cuando las cosas salen mal, salen mal… y a nosotros nos pillaron en Mongolia.

El asunto de la visa a China merece su entrada propia, pero cabe decir que es una auténtica pesadilla, huele a comisiones por cada papel tramitado, y cuando la deniegan, que parece lo más normal del mundo, toca esperar un mínimo de dos días para volver a pasar el calvario, y luego otros cuatro para que te devuelvan el pasaporte con el sello. A nosotros nos la denegaron la primera vez, pero en la cola conocimos a Daniel, gaditano afincado en Mongolia, que nos ayudó muchísimo para superar el segundo round con éxito. Aún no sabemos por qué razón nos han dado 40 días cuando pedimos y pagamos 60 días, quizá sea por mis pelos, como dice Daniel. En cualquier caso, nos ha jodido bastante. Cuando las cosas salen mal, salen mal…, y a nosotros nos pillaron en Mongolia.

La primera mañana en Ulán Bator teníamos respuesta en el buzón de couchsurfing de Masha. Nos quedaríamos en su apartamento «soviético», conviviendo con ella, su madre, su hermano y la novia de éste durante una semana, y depués nos trasladaríamos a casa de Otgon y su familia, que incluía a Daniel, el gaditano. En ambas familias nos acogieron y nos trataron de maravilla, pero para nosotros tuvo un significado especial la segunda, porque no eran couchsurfers, sólo gente buena con ganas de ayudar a buena gente como nosotros, y aunque no tuviesen agua corriente, el baño fuese un agujero en el patio, hubiese que hacer una «excursión» para ir a las duchas públicas, y tuviésemos que atravesar las casas de varios vecinos, porque el camino era intransitable incluso a pie, nos dieron todo lo que tenían, y os aseguro que cuando la gente sólo puede ofrecer amor te hace sentir muy bien.

La primera escapada que pudimos hacer fue al Parque Nacional de Terelj, donde se puede montar caballos mongoles y visitar el templo budista Ariyabal . Pero caían copos de nieve como melones y el coche no podía circular sin que lo empujáramos, el templo estaba cerrado y los caballos en la cuadra por el frío. El único paisano que disponía de bestias para alquilarnos nos quiso timar y por poco acabamos «a hostias». Volvimos a casa como habíamos salido. Cuando las cosas salen mal, salen mal…, y a nosotros nos pillaron en Mongolia.

La segunda escapada la hicimos con el hermano de Masha (de nombre inescribible). Las siete horas de viaje de ida las pasamos tiritando; hacía un frío del copón y el coche tenía la calefacción rota, y por si fuera poco, por los bajos entraba el aire gélido de las estepas mongolas; ni los lingotazos de vodka eran capaces de quitarnos el frío del cuerpo. Con los huesos entumecidos apenas teníamos fuerzas para quitarnos de encima a la perra en celo con la que compartíamos el coche. De modo que llegamos a Tsetserleg con los dientes gastados de la tiritera, sabañones en las orejas y los vaqueros llenos de manchas. Por la mañana nos encontramos con algo más de medio metro de nieve en la puerta de casa. ¡Estábamos incomunicados en un pueblo sin internet, sin agua corriente y sin nadie que hablase cristiano!. (No os cuento la situación de tener que limpiarse con nieve cuando sobreviene un apretrón de madrugada porque resulta demasiado escatológico). Cuando las cosas salen mal, salen mal…, y a nosotros nos pillaron en Mongolia.

Está claro que en Mongolia se nos torcieron las cosas, todas las cosas. A pesar de ello, hemos conocido gente maravillosa. Hemos disfrutado de la gastronomía comiendo «Khuushuur» y «buuz» en su versión frita y al vapor,  que son empanadillas de carne; «Byaslag», que son una especie de snacks de queso; además de los archiasiáticos noodles de siempre; y bebiendo «Süütei Tsai», que es té de leche salado que viene incluido con la comida.

Hemos experimentado la vida al más puro estilo Mongol, incluyendo los atestados autobuses urbanos, donde los viejetes nos ceden el asiento, y la conducción por la derecha y el volante a la derecha, cosa que acojona un poco, por aquello de la visibilidad.

Si os da por visitar este país, hacedlo en verano, por favor, y traeros pasta para pagar excursiones oficiales; disfrutaréis de un país encantador, donde los animales viven en libertad, las gentes son sencillas y amables y los paisajes maravillosos.

TRANSIBERIANO MOSCÚ-IRKUTSK

«Aprovechad los viajes en tren por la noche, así se gana un día» es lo que se dice siempre, pero no es del todo verdad, porque llegas reventado y sin ganas de nada, sólo de ducha, de comer y de dormir, porque en el tren, lo que se dice dormir, se duerme poco y malamente, especialmente cuando apenas estás tomando contacto con el mismísimo Transiberiano y la excitación del momento te puede.

Así llegamos a Kazán, cansados, hambrientos y sin apenas dormir. De modo que nos fuimos a casa de nuestros anfitriones “to take a rest”. La hospitalidad con la que nos trataron Masha y Dmitry superó todas nuestras expectativas, si vamos a visitar a algún familiar, no nos podrá tratar mejor de lo que esta pareja lo hizo con nosotros. Mención especial a Dmitry, que sin hablar inglés conseguía comunicarse con nosotros de maravilla; es increíble, pero incluso consiguió que mi abstemia y casi vegetariana compañera bebiese licores y comiese carne de caballo. ¡Grandes de verdad!.

Kazán es la capital de la república de Tartariztán, hablan ruso y tártaro, y como ciudad no tiene mucho que ofrecer: su Kremlim, sus iglesias, su calle peatonal y algún parque, nada que no se pueda encontrar en cualquier ciudad rusa. Destacar la visita que hicimos a un edificio inacabado que construía un viejo “no tan loco” con la ayuda de toxicómanos y alcohólicos a los que ayudaba a rehabilitarse, un proyecto digno de anuncio de Aquarius; pero el viejo murió, la obra está parada y el proyecto muerto. Ojalá y álguien continúe este maravilloso sueño.

Pero la magia llegó cuando veinte minutos después, contra todo pronóstico y de la mano de nuestros anfitriones, vimos cumplido uno de nuestros sueños:

A Ekaterinburgo llegamos, al igual que a Kazán, cansados, hambrientos y con sueño, después de una noche de Transiberiano; y de esta guisa nos fuimos al que era nuestro único objetivo: pisar la frontera entre Europa y Asia.

Tuvimos que recorrer media Rusia para que bebiera mis primeros vodkas, y es que ya no soy el que era… Nuestras conversaciones con Iván sirvieron para que escribiese un artículo para su periódico, el internacionalmente conocido METRO.

La noche de nuestra partida, de nuevo en tren, se convirtió en una auténtica pesadilla, después de haber revisado una y mil veces el ticket llegamos con dos horas de retraso a la estación,  ¡porque lo que miramos una y mil veces no era la hora de partida sino el día de llegada a Irkutsk!, ¡el 22 del 4! Perdimos el tren, FUCK!. No sé lo que hubiese pasado si Iván no nos hubiese acompañado, porque yo solo no hubiera podido controlar a Alma y al mismo tiempo desarrollar un lenguaje de signos en ruso. Volvimos a comprar otros billetes para el día siguiente. Cuando escribo estas líneas, ya nos han devuelto una buena parte del importe de los tickets del tren perdido, aunque el despiste nos ha costado 60 eurazos. Pero no hay mal que por bien no venga, y el día extra pudimos asistir a la «procesión» del Domingo de Resurrección.

El tercer golpe de Transiberiano ya era más serio, tres noches y dos días y pico dentro del vagón. Puede parecer bastante claustrofóbico, pero bien aprovisionados como estábamos de té, comida, libros y alguna peli, lo llevamos bastante bien.

Y llegamos a Irkutsk, esta vez, sobre todo, con ganas de ducha. Nos esperaba en la estación Irina.

Nuestro paso por la ciudad fue un poco de locos:  arreglar la visa a Mongolia, mucho turismo culinario, ya sea en casa o en el exterior, y paso por quirófano para extracción de uña.  Mi compañera traía una infección en una herida causada hace tiempo, y como aquello empezaba a oler malamente acudimos a urgencias. Por cierto, no nos ha costado ni una perra, bendita seguridad social universal y gratuita, me invaden recuerdos tristes de España…

Hicimos una visita al lago Baikal, el tiempo suficiente para degustar la gastronomía típica y darme un chapuzón en sus requetefriísimas aguas (no digo congeladas porque no lo estaban, aunque aún se podían ver bloques de hielo); la cosa es que el mal rato, según la tradición, me ha supuesto diez años más de vida.

Por la noche hicimos una mini-fiesta en casa: bebimos cerveza artesana y nos acostamos tarde, de modo que al día siguiente descansamos, o dormimos la mona.

Nos esperaba un loco y largo viaje a Ulan Bator, pero eso será otra entrada.

En ésta sólo me queda dar las gracias a Irina, a Kirill y a Sacha por todo lo que nos dieron, con ellos se quedó un trocito de nuestro corazón.

SURFEANDO MOSCÚ

Hablar de Moscú después de haber visitado San Petersburgo es como hablar de Telepizza después de haber cenado en el Bully…

Veníamos con sólo tres objetivos turísticos: el metro, la Plaza Roja y la catedral de San Basilio. Por lo demás, Moscú era sólo el punto de partida del Transiberiano.

El metro está muy bien, si lo comparamos con el de San Petersburgo empatan. Aunque en Moscú es bastante más confuso, más caro y, lo peor de todo, no hay una sola palabra en cristiano.

La Plaza Roja es muy bonita, como su propio nombre indica, porque lo de roja no son tintes comunistas, ni sangre derramada en ninguna batalla ni nada por el estilo, es un juego de palabras en ruso, de modo que su significado literal es Plaza Bonita.

La Catedral de San Basilio está allí, al fondo de la Plaza Roja, sólo es comparable con la Catedral del Salvador de la Sangre Derramada en San Petersburgo. Por fuera, pudiéramos darle un empate, pero el entorno de San Basilio es mucho más bonito, aunque por dentro pierde. La catedral está conformada por nueve iglesias distintas, son como pequeñas capillitas unidas por estrechos pasillos y recovecos. Muy recomendable, pero menos espectacular que la de la Sangre Derramada.

Lo más interesante de Moscú está en la Plaza Roja y sus alrededores: iglesias, catedrales, monumentos, teatros, museos, bibliotecas y, por supuesto, el Kremlim, que no es el Kremlim de Rusia, es el de Mocú, y es que «Kremlines» hay muchos a lo largo de las repúblicas que conforman Rusia.

Y así pasamos cuatro días paseando por Moscú; a veces solicos, a veces con Alexander, nuestro anfitrión, a veces por el día y a veces por la noche, por la parte antigua y por la postmoderna, a pie y en coche. Un día, incluso, nos subimos en una noria. Si alguna vez vais a Moscú, que merece la pena, hacedlo antes que a San Petersburgo, y no dejéis de probar los «Chebureki» en un bar al estilo soviet (no fotos).

Nos despedimos de la ciudad a bordo del Transiberiano, pero eso será otra entrada…

SURFEANDO SAN PETERSBURGO

¡Y llegamos a San Petersburgo!.

Esta ciudad es probablemente el primer destino soñado de nuestra aventura, donde poner en práctica el poquísimo ruso que fui capaz de aprender antes de la partida. ¡Y menos mal que lo aprendí!. Leer cirílico lleva su tiempo, pero soy capaz de descifrar los nombres de las estaciones de metro, los precios de un café con leche o un capuchino; tengo capacidad para elegir entre un shawarma o una ensalada, puedo pedir los tickets de metro en la ventanilla, y lo más importante, puedo decir «No le entiendo, no hablo ruso» a todas horas; es bastante divertido.

Quisiera encontrar un calificativo para esta ciudad, llevo un rato delante del ordenador sin encontrar la palabra adecuada, y mira por donde, me viene una en ruso: «вкусный» (se dice Kusna), y viene a ser algo así como «delicioso». ¡San Petersburgo es deliciosa!. Nos encanta.

Nos encantan los edificios del centro. Son todos antiguos palacios de la aristocracia rusa, hoy, casi todos, convertidos en museos o administraciones, según el caso.

Palacio de Invierno (forma parte del Museo del Hermitage).
Palacio de Invierno (forma parte del Museo del Hermitage).
Plaza del Palacio.
Plaza del Palacio.
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Ribera del río Neva.
Palacio de Petergoh.
Palacio de Petergoff.
Interior del Palacio de Peterhog.
Interior del Palacio de Petergoff.
Interior del Palacio de los principes Yusupov.
Interior del Palacio de los príncipes Yusupov.

Nos encantan los barrios periféricos, con modernos edificios occidentales o antiguos de los «Soviet times», según el caso.

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Nos encantan los ríos que la cruzan, los grandes como mares o los pequeños como canales, según el caso. También nos encantan los puentes que los cruzan.

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Nos encantan las iglesias, ortodoxas, luteranas o católicas, según el caso. Y por supuesto, las catedrales.

Catedral de la Virgen de Kazán.
Catedral de la Virgen de Kazán.
Interior de la Catedral de la Virgen de Kazán. (Foto prohibida)
Interior de la Catedral de la Virgen de Kazán. (Foto prohibida)
Catedral de el Salvador sobre la Sangre Derramada.
Catedral de el Salvador sobre la Sangre Derramada.
Nosotros frente a la  Catedral de el Salvador sobre la Sangre Derramada.
Nosotros frente a la Catedral de el Salvador sobre la Sangre Derramada.
Interior de la Catedral de el Salvador sobre la Sangre Derramada.
Interior de la Catedral de el Salvador sobre la Sangre Derramada.
La Iglesia Luterana de San Pedro. (aunque no lo parezca, en los "soviet times" los comunistas tenían aquí montada una piscina)
La Iglesia Luterana de San Pedro. (aunque no lo parezca, en los «soviet times» los comunistas tenían aquí montada una piscina)
Catedral de Peterhof.
Preparando un pícnic frente a la Catedral de Peterhof.
Interior de la Catedral de San Pedro y San Pablo.
Interior de la Catedral de San Pedro y San Pablo.
Panteón del zar Nicolás II, su familia y sus fieles criados.
Panteón del zar Nicolás II, su familia y sus fieles criados en la Catedral de San Pedro y San Pablo.

Nos encantan los parques, grandes como bosques o pequeños como jardines, según el caso.

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Nos encantan los monumentos que hay salpicados por toda la ciudad, de los que sabemos el significado y a quién representan o de los que no tenemos ni idea, según el caso.

La columna de Alejandro.
La columna de Alejandro.
Columna rostral en el Cabo de la Isla Vasilievsky.
Columna rostral en el Cabo de la Isla Vasilievsky.
Pedro el Grande.
Pedro el Grande.
El Caballero de Bronce (estatua ecuestre dedicada a Pedro el Grande).
El Caballero de Bronce (estatua ecuestre dedicada a Pedro el Grande).

Nos encanta la gente por la calle, jóvenes, viejitas o borrachos, según el caso.

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Rusos al sol en el embarcadero del Fuerte de San Pedro y San Pablo.

Nos encantan las estaciones de metro, las de la línea 1 o las de otras líneas, según el caso.

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Y por supuesto, y como siempre, lo que más nos ha encantado ha sido las personas con las que hemos convivido, sean familias completas con modernos apartamentos o solteros compartiendo pisos antiguos, según el caso.

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Tatyana haciendo pancakes para desayunar.
Surfeando el sofá de Serge y familia.
Surfeando el sofá de Serge y familia.

No nos gustan los escupitajos en la calle, en ningún caso.

SURFEANDO LETONIA Y ESTONIA

En Riga, Letonia, paramos en casa de Edmunds, tanto es así, que casi no salimos. Un poco porque estábamos resfriados, otro poco porque estábamos realmente a gusto, y otro poco, por qué no decirlo, porque somos bastante perros y nos encanta perrear.

Edmunds es artista, en toda la extensión de la palabra, aunque lo que más hace es pintar. Desciende de familia de titiriteros, fabrica sus propios títeres y viaja ganándose la vida con performances callejeros. Hablando con él sobre nuestro proyecto de viaje, nos sugirió hacer pompas gigantes de jabón, a él no le salió del todo mal en su época de Berlín, y estuvimos practicando. Cool!

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Haciendo pompas de jabón en la oscuridad.
Vive en una antigua casa verde de madera del siglo XIX, la misma en la que vivieron su madre y su abuela,  pero como no le gusta estar solo tiene alquiladas las habitaciones, así que vive con Maija, Andris y Roberts. Los cuatro son como una familia, se llevan de maravilla, hacen vida común en la cocina (el salón lo teníamos nosotros ocupado), y estando con ellos no sentimos en ningún momento la necesidad de salir a conocer la ciudad, a fin de cuentas, lo que más nos gusta de los lugares que surfeamos son sus gentes, y estos cuatro personajes tenían tanto que aportar…

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Edmunds.

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Andris.

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Roberts.

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Maija. (desenfocada por respeto a su «please, don’t take me photos»)
A pesar de las pocas ganas, del cansancio, el frío y las calenturas, el domingo salimos a dar una vueltecita por la Old Town. Lo hicimos con Edmunds y Adris; un lujo. Es mucho más interesante cuando te cuentan curiosidades, anécdotas e historias, que cuando sólo ves edificios más o menos bonitos.

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Entramos al museo de la guerra, y aunque el tema viene siendo un poco repetitivo, no dejamos escapar la oportunidad.  Cuenta la historia de Letonia a través de todas las conquistas y liberaciones vividas a lo largo de los tiempos, y no son pocas. Son cinco pisos de armas, uniformes, manuscritos, mapas…,  todo transmite miedo, violencia, venganza, pobreza, tristeza, destrucción…, excepto una foto, la única que transmitía amor, esperanza, libertad…

DGM_9591 [Resolucion de Escritorio]Durante nuestra estancia en la casa verde, nos hablaron en varias ocasiones de que en la casa de los vecinos, «la blanca», había unas palabras en español (creían) y querían saber que decían. La noche antes de partir me acerqué con Edmunds para traducirles lo que yo esperaba sería un mensaje del tipo: «David y Belén estuvieron aquí en mil novecientos y pico»; imaginaros mi sorpresa cuando me encontré con esto:

DGM_9639 [Resolucion de Escritorio] DGM_9640 [Resolucion de Escritorio]Por la mañana temprano nos marchamos con Roberts a Tartu, Estonia. Este chico se gana la vida desarrollando una app, «WomanLog», mientras estudia, por gusto, en la universidad. Nos ofreció, además del transporte, su sofá. Tartu es realmente pequeña y en un día da tiempo de sobra para pasearla. Esta vez fui yo el que entró en el museo de las celdas de la KGB. Bastante más pequeño que el de Vilna,  pero aún así resulta muy sobrecogedor.

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A las 2:30 de la madrugada tomamos el bus a San Petersburgo. Rusia nos espera.